Imagínate a David en un momento de crisis total. Ya
fuera por Saúl o por su propio hijo Absalón, el hombre estaba en un peligro
constante. Si lo mirabas desde afuera, lo más lógico era pensar: "Este no vuelve a poner un pie en Jerusalén ni de chiste". Parecía
imposible que volviera a vivir en paz y a disfrutar de sus momentos
espirituales en el templo.
Pero a pesar de todo ese caos, David se puso a orar
y lanzó la que, por así decirlo, fue la petición más importante de su vida.
Todos tenemos "esa gran cosa" que le pedimos a Dios, algo que sobresale
por encima de todo lo demás, igual que todos tenemos algún talento o don que
nos define más que otros. Además de pedir por nuestra salvación, todos tenemos
peticiones específicas, quizás sobre nuestro trabajo o propósito de vida.
Por eso David dice en el Salmo 27:4: "Una cosa
he pedido". Y como esa era su gran prioridad, Dios le dio una dosis de fe
extra, por encima de lo normal, solo para ese tema. Por eso en el verso 3 dice:
"En esto confío". Es como si dijera: "Miren, aunque me rodee un
ejército entero una y otra vez, de esto estoy seguro: voy a escapar, voy a
volver a Jerusalén y voy a vivir en paz".
Es curioso porque a David la fe le falló varias
veces (como cuando pensó que Saúl lo mataría tarde o temprano), pero en esta
petición específica, su confianza fue blindada por Dios de forma maravillosa.
No solía estar tan seguro de otras cosas, pero en "esto" sí.
Esto funciona como cuando el Espíritu Santo
te hace sentir en el fondo de tu corazón que eres hijo de Dios; a veces,
también te da esa misma seguridad sobre algo muy importante que has pedido. Es
una fe que tenían los antiguos para hacer milagros: una
certeza total de que Dios va a intervenir a tu favor. Es algo raro y extraordinario; no nos pasa todos los días y, de hecho, hay mucha gente que muere sin haber sentido nunca esa seguridad tan específica sobre algo material o terrenal.
Pero, ¡ojo!, aquí viene la advertencia:
No pienses que porque sentiste esa seguridad, ya es
un hecho absoluto sin importar lo que hagas. Muchas veces, esas promesas que Dios
nos pone en el corazón son condicionales. Es decir, dependen de cómo
respondamos nosotros.
Incluso con los profetas pasaba. Dios podía anunciar
un juicio o una bendición súper clara, pero si la gente cambiaba su actitud, el
resultado cambiaba. Mira a Jonás: anunció que Nínive sería destruida, pero no
pasó porque la gente se arrepintió. O el caso de la familia de Elí: Dios les
había dicho que siempre estarían a su servicio, pero como le faltaron al pacto de Leví, Dios les dijo: "Hasta aquí llegamos, porque yo
honro a los que me honran, pero a los que me desprecian les daré el pago".
En resumen: Dios puede darte una seguridad brutal
sobre algo que le pediste, pero no te confíes de forma arrogante; esa promesa
sigue conectada a una condición implícita: cómo desarrolles tu relación con Él desde ese punto en adelante.
Mira, lo mismo pasa con esas corazonadas o
seguridades que sentimos al orar. A veces Dios nos da la certeza de que algo
bueno va a pasar, pero bajo condición: "Te voy a dar esto, pero tú solamente cree (obedece)". El problema es que a veces hacemos promesas en la
oración para "convencer" a Dios de que nos ayude, pero luego, si
dejamos de creer o nos relajamos, las cosas salen al revés. Ahí es cuando
dudamos y decimos: "¿Será que Dios de verdad me habló o me lo inventé
yo?".
La realidad es que, aunque esa seguridad viniera del
Espíritu Santo, no siempre era un "sí" absoluto. Fue un error nuestro
pensar que era un cheque en blanco sin condiciones. En estas peticiones grandes
del alma, solemos armar contratos mutuos con Dios: "Señor, si me das esto,
yo prometo hacer aquello". Dios acepta el trato y nos da esa paz interior
de que lo hará. Pero si en el camino nos volvemos desleales y no cumplimos
nuestra parte, Dios simplemente cancela el pedido, aunque la promesa original
sí fuera suya. Es como si te dijera: "Yo te iba a dar mucho más porque tú
prometiste esto, pero como no cumpliste tu palabra, yo tampoco tengo por qué
cumplir la mía". No fue el diablo ni tu imaginación; fue Dios retirando el
trato por falta de cumplimiento.
A veces, Dios pone en tu corazón una especie de
"terquedad positiva": esas ganas de no rendirse aunque todo pinte
mal. Es lo que decía David: "Una sola cosa he pedido y esa voy a seguir
buscando". O sea, no voy a soltar a Dios hasta que me responda. Cuando
sientes esa fuerza para seguir insistiendo, es una señal de que Dios te está
escuchando. Acuérdate de la historia del juez injusto que terminó ayudando a la
viuda solo porque ella no dejaba de molestar; bueno, si Dios pone esa insistencia
en ti, es porque planea responderte.
Eso sí, hay dos tipos de insistencia:
La caprichosa: es cuando quieres obtener algo a la fuerza
porque se te antojó y no sabes vivir sin eso. Pides por puro deseo personal y,
como dice la Biblia, "pides mal y por eso no recibes".
La que confía es esa insistencia que, aunque pide
con ganas, se rinde a la voluntad de Dios. Si tienes esta y además coincide con
lo que Dios quiere, prepárate porque algo grande va a pasar. Si no fuera así,
serías como esa gente que busca a Dios todos los días por pura rutina, pero a
la que Él ni siquiera presta atención.
Una vez que terminas de orar, lo más importante es
observar qué pasa con tus pasos. No te quedes solo con lo que dijiste; mira
cómo te comportas después. Si ese "fervor" que tenías al pedir se
convierte luego en ganas de hacer las cosas bien y ser obediente, vas por buen
camino. Esa dependencia de Dios para conseguir esa petición tan importante debería ser tu
motivación para creer (obedecer) y cuidar tus acciones.
David lo tenía clarísimo: "Si yo me guardo un
pecado en el corazón y me gusta, Dios ni me va a escuchar" (Salmo 66:18).
Si después de orar retrocedes, básicamente estás perdiendo todo
el terreno que ganaste mientras hablabas con Dios.
Por eso, en el Salmo 143, cuando David sentía que la
vida se le iba en la petición, no solo pedía: "¡Rápido, respóndeme!" También decía: "Enséñame por dónde caminar y cómo hacer tu voluntad".
Él sabía que si pecaba, echaba a perder sus oraciones. Para él, era más
importante que Dios lo guiara a actuar bien que la liberación misma, porque sin
obediencia no hay respuesta.
Si después de orar Dios te ayuda a perseverar en la comunión con Él y a través de su espíritu, te fortalece para amar su Palabra (obedeciendo por su gracia), ¡esa es la señal! Significa que planea responderte y que te está
cuidando los pasos. Lo que empieza en uno como espíritu de oración termina más tarde como espíritu de obediencia.
Mira el ejemplo de David: cuando Dios decidió que él
sería el próximo rey, le dio un corazón tan sensible que se sintió mal solo por
cortarle un pedacito del manto de Saúl (su enemigo). Esa "ternura" de
no querer fallar es la prueba. Por eso, cuando finalmente fue libre de todos
sus enemigos, pudo decir con alegría que Dios le pagó según su justicia,
porque se había mantenido alejado del mal. ¿Quieres que el mal no esclavice tu vida? Fortalece tu espíritu humano en oración constante y sumérgete en la Palabra de Dios y ora: "Señor, no nos metas en tentación, mas libranos del mal ". Por último, vigila siempre tu camino; humíllate si pecas, confiésalo y apártate.
Lo segundo que debes notar es esto: ¿Sientes que,
después de orar, tu corazón tiene más fuerza para aguantar y esperar la respuesta?
En el Salmo 27:14, David se hablaba a sí mismo y decía: "Tranquilo, espera
al Señor, cobra ánimo y aguanta".
Piénsalo así: si una persona honesta ve que alguien
depende de ella, que le sirve con ganas y que tiene puestas todas sus
esperanzas en un favor que le pidió, sería muy falto de integridad dejarlo plantado y
frustrarlo después de hacerlo esperar tanto. Bueno, ¡con Dios es igual! Si
después de orar, Él mantiene tu alma en esa actitud de confianza y dependencia,
puedes estar seguro de que viene una buena respuesta en camino.
Por tanto, si Dios, después de que has orado, mantiene tu alma en esta disposición de dependencia, espera de Él una buena respuesta.
Ciertamente, cuando uno ha orado largo tiempo, al fin empieza a esperar más que a orar, por decirlo así (aunque siga orando); porque ahora espera que Dios actúe. Al principio, decía a Dios lo que deseaba, pero ahora puede decirle con cierta confianza que lo espera y cuenta con ello. Dios cumple sus promesas y no desecha la esperanza y expectación de un hombre piadoso.
Como dice el Salmo 37:34, hay dos cosas que van de la mano: "Espera en el Señor Y SIGUE SU CAMINO". Si haces ambas, ten por seguro que Él te va a levantar.
Fuente: basado en el libro de John Buyan, La Oración, páginas 46-48

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