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martes, 12 de noviembre de 2024

Este estado no es una ilusión o engaño- Hno. Lorenzo

Extracto del libro: La Práctica de la Presencia de Dios

Segunda Carta 

Diferencia entre él y aquellos que siguen otros métodos.

Perseverancia en la fe.


No tengo ninguna dificultad con mi método para vivir la vida espiritual; pero como no encontré nada de esto en ningún libro, para tener una seguridad mayor me agradaría conocer tus pensamientos acerca de esto. En una conversación que tuve hace algunos días con una persona piadosa, me dijo que la vida espiritual era una vida de gracia, que comienza con un temor servil, que es incrementada por la esperanza de la vida eterna y que es consumada por puro amor; que cada uno de estos estados tenía diferentes etapas, a través de las cuales uno llega a aquella bendita consumación.

Yo no he seguido esos métodos. Por lo contrario, no sé exactamente por cual reacción natural, los encontré desalentadores. Ésta fue la razón por qué, cuando entré en la religión, tomé la resolución de entregarme a Dios, tratando de hacer lo mejor que podía para dar ofrecer una satisfacción por mis pecados; y, por amor a Él, renunciar a todos ellos.

Durante los primeros años, en el tiempo que dedicaba a las devociones, por lo general mi mente estaba llena con pensamientos de muerte, de juicio, del infierno, del cielo, y de mis pecados. Y así continué durante algunos años, pero durante el resto del día, aún estando en medio de mi trabajo, aplicaba cuidadosamente mi mente a la presencia de Dios, a quien consideraba siempre como que estaba conmigo, y frecuentemente en mí.

Con el paso del tiempo, y casi sin darme cuenta, comencé a hacer lo mismo durante mi tiempo de oración, lo que me causaba gran deleite y consolación. Esta práctica produjo en mí un amor tan grande por Dios, que la fe sola era suficiente para satisfacerme. 

Así fueron mis principios; aunque debo decirte que durante los primeros diez años sufrí mucho: el temor de no estar consagrado a Dios como anhelaba estarlo, mis pecados pasados siempre presentes en mi mente, y los grandes e inmerecidos favores que Dios me daba, eran el objeto y el origen de mis sufrimientos. 

Durante este tiempo tenía frecuentes caídas, pero pronto me levantaba de nuevo. Me parecía que todas las criaturas, la razón, y Dios mismo estaban en mi contra, y que solamente la fe estaba a mi favor. A veces me preocupaba con pensamientos como estos: creer que era un presuntuoso por haber recibido tales favores, pensar que pretendía llegar muy pronto adónde otros llegan con dificultad. Otras veces que era un engaño intencionado, y que no había salvación para mí. 

Cuando no pensaba en otra cosa sino en estar lleno de estas preocupaciones hasta el fin de mis días (aunque la confianza que tenía en Dios no había disminuido y tales pensamientos servían solamente para aumentar mi fe), me encontré que en un momento había cambiado totalmente, y mi alma, que hasta ese momento estaba sumergida en estas preocupaciones, sintió una profunda paz interior, como si hubiera llegado en el centro mismo del lugar de reposo.

Desde aquel tiempo, simplemente camino siempre delante de Dios, en fe, con humildad y amor; y me dedico diligentemente a no hacer ni pensar nada que pueda desagradarle. Cuando he hecho lo que puedo, espero confiadamente que Él hará conmigo lo que sea de su agrado. En cuanto a lo que me pasa en el presente, no puedo casi expresarlo. No experimento ningún dolor o dificultad, porque no tengo otra voluntad fuera de la voluntad de Dios, la cual me esfuerzo por cumplir en todo, y a la cual estoy tan rendido que no levanto una pajita del suelo si esto contradice sus órdenes, y no hago nada que no sea puramente por amor a Él.

He dejado de lado toda forma de devoción y de oración excepto aquellas a las que me obliga mi estado. Lo hago solamente para perseverar en su santa presencia, lo que mantengo prestando una simple atención a Dios y dándole mi afecto en su totalidad; o sea, manteniendo lo que puedo llamar una real presencia de Dios o, por decirlo mejor, una conversación habitual, silenciosa y secreta del alma con Dios, conversación que frecuentemente me llena de gozo y me captura interiormente y a veces exteriormente, de manera tal que me veo obligado a moderar mis sentimientos y a evitar que los demás los perciban.

En resumen, estoy totalmente seguro que mi alma ha estado con Dios durante estos treinta años. Para no resultar tedioso omito muchas cosas, aunque pienso que es adecuado informarte de qué manera me considero delante de Dios, a quien veo como mi Rey.

Me considero como el peor de los hombres, lleno de llagas y corrupción, y que ha cometido toda clase de crímenes contra su Rey. Con un verdadero arrepentimiento le confieso todas mis maldades, le pido perdón, me abandono en sus manos, para que Él haga conmigo lo que quiera. Este Rey, lleno de misericordia y bondad, muy lejos de castigarme, me abraza con amor, me sienta a comer en su mesa, me sirve con sus propias manos, me da la llave de sus tesoros; conversa y se deleita conmigo incesantemente en miles y miles de maneras distintas, y me trata en todo sentido como su favorito. Así es como me considero de vez en cuando en su santa presencia.

Mi método más usual es esta simple atención, una contemplación totalmente apasionada de Dios; a quien me encuentro frecuentemente unido con una dulzura y deleite más grande que aquellos que experimenta un bebé en el pecho de su madre. Si me atrevo a usar esta expresión, también debería llamar a este estado el seno de Dios, por la inexpresable dulzura que disfruto y experimento allí. Si a veces por necesidad o enfermedad mis pensamientos se distraen de ese estado de dulzura, en ese momento mis emociones interiores lo trae a mi mente, tan encantador y delicioso que no puedo describirlo. 

Deseo que con reverencia reflexiones más bien sobre mis grandes desdichas, de las cuales estás perfectamente informado, que sobre los grandes favores que Dios me hace, tan indigno y desagradecido como soy. Con respecto a mis horas de oración, son nada más que una continuación del mismo ejercicio. A veces me considero como una piedra delante de un escultor, con la cual está por hacer una estatua: así, presentándome a mí mismo delante de Dios, deseo que Él esculpa su perfecta imagen en mi alma, y me transforme por completo a su imagen.

En otras ocasiones, cuando me dedico a la oración, siento que todo mi espíritu y toda mi alma se elevan sin ningún esfuerzo de mi parte; y continúan como si estuvieran suspendidos y fijados firmemente en Dios, que es como su centro y lugar de reposo. Yo sé que algunos califican a este estado de inactividad, engaño y egoísmo.

Confieso que es una santa inactividad, y que podría ser un feliz egoísmo, si el alma en ese estado fuera capaz de eso; porque en efecto, mientras está en este reposo, no puede ser turbada por aquellos actos a los que estaba anteriormente acostumbrada, y los que se apoyaba, pero que ahora más bien son un obstáculo que una ayuda.

Sin embargo, no puedo aguantar que a esto se lo llame engaño, porque el alma que así se deleita en Dios no desea nada aparte de Él. Si esto es un engaño en mí, está en Dios remediarlo. Que Él haga conmigo lo que quiera hacer: Él es lo único que deseo; mi deseo es estar totalmente entregado a Él. Sin embargo, hazme el favor de darme tu opinión, a la que siempre presto mucha atención, porque tengo una singular estima por tu respeto hacia mí, y te pertenezco.

viernes, 12 de abril de 2024

El Quebrantamiento

 Extracto del libro: El quebrantamiento del hombre exterior y la liberación del espíritu

Autor: Watchman Nee

LA IMPORTANCIA DEL QUEBRANTAMIENTO

Lectura bíblica: Jn. 12:24; He. 4:12-13; 1 Co. 2:11-14; 2 Co. 3:6; Ro. 1:9; 7:6; 8:4-8; Gá. 5:16, 22-23, 25

Tarde o temprano todo siervo de Dios descubre que el obstáculo más grande para su labor es él mismo y se da cuenta que su hombre exterior no está en armonía con su hombre interior. El hombre interior va en una dirección, y el hombre exterior, en otra. El hombre exterior no se sujeta al gobierno del espíritu ni anda conforme a los elevados requisitos de Dios; además, constituye

el obstáculo más grande para la labor del siervo de Dios y le impide usar su espíritu. Todo siervo de Dios debe ejercitar su espíritu para mantenerse en la presencia de Dios, conocer Su palabra, percatarse de la condición del hombre, transmitir la palabra de Dios, y percibir y recibir la revelación divina; todo esto lo hace con su espíritu. Sin embargo, el hombre exterior lo incapacita y le impide utilizar su espíritu. Muchos siervos del Señor no son aptos para Su obra, debido a que nunca han sido quebrantados por el Señor de una manera completa. Sin el quebrantamiento, prácticamente no son aptos para realizar ninguna tarea. Todo entusiasmo, celo y clamor son vanos. Este quebrantamiento es fundamental y es la única manera en que uno llega a ser un vaso útil para el Señor.

EL HOMBRE INTERIOR Y EL HOMBRE EXTERIOR

En Romanos 7:22 dice: “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios”. Nuestro hombre interior se deleita en la ley de Dios. Efesios 3:16 dice: “Fortalecidos con poder en el hombre interior por Su Espíritu”. Y en 2 Corintios 4:16 Pablo dijo: “Aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día”. La Biblia divide nuestro ser en el hombre interior y el hombre exterior. Dios habita en el hombre interior, y lo que está fuera del hombre interior, en donde Dios habita, es el hombre exterior. En otras palabras, el hombre interior es nuestro espíritu, mientras que la persona con la que los demás tienen contacto es el hombre exterior. Nuestro hombre interior utiliza nuestro hombre exterior como vestidura. Dios depositó en nosotros, esto es, en nuestro hombre interior, Su Espíritu, Su vida, Su poder y Su misma persona. Fuera de nuestro hombre interior se encuentran nuestra mente, nuestra voluntad y el asiento de nuestras emociones; exterior a todo esto tenemos nuestro cuerpo, nuestra carne.

Para poder servir a Dios, el hombre debe liberar su hombre interior. El problema básico de muchos siervos de Dios radica en que su hombre interior no encuentra salida a través de su hombre exterior. El hombre interior debe abrirse paso por el hombre exterior a fin de ser liberado. Tenemos que ver claramente que el principal obstáculo en la obra somos nosotros mismos. Si nuestro hombre interior se encuentra aprisionado, nuestro espíritu se halla confinado y no puede salir fácilmente. Si no hemos aprendido a abrirnos paso por nuestro hombre exterior con nuestro espíritu, no podremos servir al Señor. Nada nos estorba tanto como nuestro hombre exterior. La eficacia de nuestra labor depende de cuánto haya quebrantado el Señor nuestro hombre exterior, y de que el hombre interior se libere por medio del hombre exterior quebrantado. Este es un asunto fundamental. El Señor tiene que deshacer nuestro hombre exterior para abrirle paso a nuestro hombre interior. Tan pronto como nuestro

hombre interior se libera, muchos pecadores recibirán bendición y muchos creyentes recibirán gracia.

MORIR PARA LLEVAR FRUTO

En Juan 12:24 el Señor dice: “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”. La vida está en la semilla. No obstante, la semilla está rodeada de una cáscara, una corteza dura. Mientras esta cáscara no se quiebre, la semilla no podrá crecer. “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere...” ¿A qué se refiere esta muerte? Es la acción del calor y la humedad de la tierra sobre la semilla, lo cual ocasiona que la cáscara se rompa. Cuando la cáscara se rompe la semilla brota. Por lo tanto, no depende de si la semilla tiene vida o no, sino de que la cáscara exterior se rompa. El siguiente versículo añade: “El que ama la vida de su alma la perderá; y el que la aborrece en este mundo, para vida eterna la guardará” (v. 25). De acuerdo con la Palabra del Señor, la cáscara exterior es nuestra vida, y la vida interior es la vida eterna que El nos imparte. Para que la vida interior pueda brotar, la vida exterior debe sufrir pérdida. Si lo exterior no es quebrantado, lo interior no puede ser liberado.

Entre toda la gente del mundo, hay algunos que tienen la vida del Señor. Y entre éstos, encontramos dos condiciones de vida. En unos la vida se encuentra atada, circunscrita y aprisionada; pero en otros, el Señor ha abierto una brecha y la vida puede brotar. El problema de nosotros hoy no radica en cómo obtener vida, sino en cómo permitir que esta vida emane de nuestro interior. Cuando decimos que el Señor tiene que quebrantarnos, no es sólo una figura retórica ni una doctrina; el quebrantamiento tiene que llevarse a cabo. La vida del Señor puede propagarse por toda la tierra, pero está encerrada en nosotros. El Señor puede bendecir a la iglesia, pero Su vida se encuentra aprisionada, restringida y bloqueada por nuestro hombre exterior. Si el hombre exterior no es quebrantado, no traeremos bendición a la iglesia, ni podemos esperar que el mundo reciba la gracia de Dios por medio de nosotros.

ES NECESARIO QUE EL FRASCO DE ALABASTRO SEA QUEBRADO

La Biblia habla del ungüento de nardo puro (Jn. 12:3). La Palabra de Dios usa intencionalmente el adjetivo puro. Este es un ungüento de nardo puro, algo verdaderamente espiritual. No obstante, a menos que el frasco de alabastro fuera quebrado, el ungüento de nardo puro no podía ser liberado. Es extraño que mucha gente valore más el frasco de alabastro que el ungüento. De la misma manera, muchos piensan que su hombre exterior es más valioso que su hombre interior. Este es el problema que enfrenta la iglesia en la actualidad. Es posible que valoremos demasiado nuestra propia sabiduría y pensemos que somos

superiores. Otros pueden estimar sus emociones y creer que son personas excepcionales. Muchos otros se valoran exageradamente a sí mismos y creen que son mejores que los demás. Piensan que su elocuencia, sus capacidades, su discernimiento y juicio, son mejores que los de otros. Pero debemos saber que no somos coleccionistas de antigüedades, ni admiradores de frascos de alabastro, sino que buscamos el aroma del ungüento. Si la parte exterior no se quiebra, el contenido no puede salir. Ni nosotros ni la iglesia podremos seguir adelante. No debemos seguir protegiéndonos tanto a nosotros mismos.

El Espíritu Santo nunca ha dejado de obrar en los creyentes. Muchos pueden dar testimonio de la manera en que la obra de Dios nunca se ha detenido en ellos. Ellos enfrentan una prueba tras otra, un incidente tras otro. El Espíritu Santo tiene una sola meta en toda Su obra de disciplina: quebrantar y deshacer al hombre exterior, para que el hombre interior encuentre salida. Pero nuestro problema es que tan pronto enfrentamos una pequeña dificultad, murmuramos, y cuando sufrimos alguna pequeña derrota nos quejamos. El Señor ha preparado un camino para nosotros y está dispuesto a usarnos. Pero tan pronto como Su mano nos toca, nos sentimos tristes. Alegamos con El o nos quejamos ante El por todo. Desde el día en que fuimos salvos, el Señor ha estado obrando en nosotros de muchas formas, con el propósito de quebrantar nuestro yo. Lo sepamos o no, la meta del Señor siempre es la misma: quebrantar nuestro hombre exterior.

El tesoro está en vasos de barro. ¿A quién le interesa admirar vasos de barro? Lo que la iglesia necesita es el tesoro, no los vasos de barro. También el mundo necesita el tesoro, no los vasos que lo contienen. Si el vaso no se quiebra, ¿quién podrá encontrar el tesoro que está en él? El Señor obra en nosotros de muchas maneras con el propósito de quebrar el vaso de barro, o sea el frasco de alabastro, la cáscara exterior. El Señor busca la manera de brindar Su bendición al mundo por medio de aquellos que le pertenecen. Este es un sendero de bendición, pero también es un sendero manchado de sangre. La sangre debe ser derramada y las heridas son inevitables. ¡Cuán crucial es el quebrantamiento de este hombre exterior! A menos que el hombre exterior sea quebrantado, no puede llevarse a cabo ninguna labor espiritual. Si nos consagramos al servicio del Señor, debemos prepararnos para ser quebrantados por El. No podemos excusar ni preservar nuestro yo. Tenemos que permitir que el Señor quebrante nuestro hombre exterior completamente para que El fluya libremente a través de nosotros.

Ya hemos visto cuál es el propósito de Dios para con nosotros. Es triste que muchos no sepan lo que el Señor está haciendo en ellos, ni cuál es Su intención para con ellos. Todos debemos saber cuál es el propósito de Dios para con nosotros. Cuando el Señor abra nuestros ojos, veremos que todo lo que nos

sucede tiene mucho sentido. El Señor nunca hace nada en vano. Cuando entendamos que la meta del Señor es quebrantar nuestro hombre exterior, comprenderemos que todo lo que nos sucede es importante. El Señor está tratando de alcanzar una meta: quebrantar y deshacer nuestro hombre exterior.

El problema de muchos es que antes de que el Señor mueva un dedo, ya están mostrando disgusto. Debemos entender que todas las experiencias, dificultades y pruebas que envía el Señor, redundan para nuestro beneficio. No nos puede pasar nada mejor. Si acudimos al Señor y le decimos: “Señor, por favor permite que yo escoja lo mejor”, yo creo que El nos respondería: “Ya te lo he concedido. Lo que te sucede cada día es lo que más te beneficiará”. El Señor dispone todas las circunstancias con el único fin de quebrantar nuestro hombre exterior. Nuestro espíritu puede servir al máximo sólo cuando nuestro hombre exterior es quebrantado y nuestro espíritu es liberado.

Fuente: https://tesoroscristianos.co/wp-content/uploads/2020/07/El-Quebrantamiento-y-la-Liberacion-del-Espiritu.pdf

viernes, 17 de marzo de 2023

¿Es una Palabra Dura?

Extracto del Libro: Tesoro devocional para 30 días - El Poder Espiritual - Charles Finney


“No se alejen de Jerusalén, sino esperen la promesa del padre, 
De la cual les he hablado.”

HECHOS 1:4

Yo he dicho que la carencia del revestimiento del poder de lo alto debe considerarse como un motivo de descalificación para un pastor, un diácono o un anciano, un maestro de escuela dominical, un profesor en una institución de educación cristiana, y especialmente para un profesor de un seminario teológico.

¿Es esta una palabra dura? ¿Es algo injusto, irrazonable, no bíblico? Suponga que uno de los apóstolos o de los presentes el día de pentecostés, por apatía, egoísmo, incredulidad, indolencia, o por ignorancia, no hubiera recibido este revestimiento espiritual, ¿Hubiera sido injusto o irrazonable considerarlo descalificado para la tarea a la cual Cristo lo llamó? Para la iglesia de los primeros días fue una cuestión de Fe en una promesa, y es lo mismo para nosotros hoy.

Jesús les había informado expresamente que sin esta capacitación o revestimiento no podrían hacer nada. No debían procurar hacer el trabajo por sus propias fuerzas, sino permanecer en Jerusalén hasta recibirlo. Evidentemente ellos comprendieron lo que quiso decir, que debían esperar la bendición en constante oración y súplica. Ahora bien, suponga que uno de ellos estaba a fuera atendiendo sus asuntos personales ordinarios, prefiriendo creer que Dios en su soberanía le conferiría este poder, aunque no estuviera esperando. Por su puesto que el tal hubiera sido descalificado para la obra que Cristo les había encargado.

¿Y no ocurrirá lo mismo a quien se le ha dado este divino encargo de hacer discípulos en todas las naciones, y a quien se le ha hecho esta promesa, si por culpa suya no obtiene este don? ¿No será descalificado para el liderazgo en la iglesia? ¿Está calificado para enseñar a otros a hacer la obra de Cristo? ¿Tendrá que soportar la iglesia la carga de maestros y líderes que carecen de este don básico? La evidente apatía, indolencia, ignorancia e incredulidad que existe sobre este tema, son ciertamente inexcusables. 

Con este mandamiento resonando en nuestros oídos, con el mandato de esperar en constante oración hasta que recibamos el poder; con tal promesa hecha por nuestro Salvador de darnos Él mismo toda la ayuda que necesitemos, ¿Qué excusa podemos dar para estar sin poder en esta gran tarea? Para la iglesia de los primeros días fue una cuestión de Fe en una promesa, y es lo mismo para nosotros hoy. Existe la necesidad de una gran reforma en la Iglesia en cuanto a este punto en particular.

Señor Jesús, tu promesa de poder espiritual es absolutamente clara. Entonces, ¿Por qué mi fe es tan insegura? Escudríñame y conoce mi corazón hasta que en él brote Fe para recibir tu plenitud. Amén.

domingo, 8 de enero de 2023

Poder de lo Alto

Extracto del Libro: Tesoro devocional para 30 días - El Poder Espiritual - Charles Finney


“Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar 
En diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.”

HECHOS 2:4

Los apóstoles y los hermanos recibieron un poderoso bautismo del Espíritu Santo el día de pentecostés, un inmenso aumento de la iluminación divina. Este bautismo impartió una gran diversidad de Dones que ellos utilizaron para concluir su labor. Estos dones se manifestaron en la siguiente forma: el poder para vivir una vida santa; el poder para vivir una vida de auto-sacrificio; el poder para vivir su vida llevando la cruz; el poder de una gran mansedumbre con el que el Espíritu los capacito para demostrarlo en todo lugar. El poder de un amor entusiasta para proclamar el evangelio; el poder y la capacidad para enseñar; el poder de una Fe viva y llena de amor; el don de lenguas; un incremento de poder para obrar milagros; el don de la inspiración o la revelación de muchas verdades antes desconocidas por ellos. El poder del valor moral para proclamar el evangelio y hacer la obra de Cristo, sin importar el costo.

Bajo las circunstancias que los rodeaban, toda esa dotación fue esencial para su éxito; pero ni separados ni unidos constituían ellos ese poder de lo alto prometido por Cristo y recibido manifiestamente por ellos. Lo cual recibieron como la corona suprema y la más importante clave para el éxito, fue el poder de prevalecer juntos, Dios y el hombre, el poder de fijar impresiones salvadoras en las mentes de los hombres. 

Ofreciéndose a sí mismos y todo lo que tenían, en el altar divino, sitiaron el trono de la gracia. Esto último fue indudablemente lo que ellos entendieron, como la promesa de Cristo. Él había comisionado a la iglesia a convertir el mundo hacia Él. Todo lo que enuncie anteriormente eran solo medios, que nunca podían asegurar el logro del fin, a menos que fueran vitalizados y hechos eficaces por el poder de Dios. Los apóstoles entendieron esto, y ofreciéndose a sí mismos y todo lo que tenían, en el altar divino, sitiaron el trono de la gracia en el espíritu de una completa consagración a su labor.

De hecho, ellos recibieron los dones mencionados anteriormente; pero principal y esencialmente recibieron este poder de impresionar para salvación, a los hombres y mujeres de su época. Esto se manifestó de inmediato tan pronto ellos comenzaron a dirigirse a la multitud, y tres mil personas se convirtieron. Fue evidente que Dios estaba hablando en y a través de ellos. Este era un poder de lo alto para producir una impresión salvadora en la gente.

Señor Jesús, los discípulos comprendieron el significado de tu promesa divina del Espíritu. Abre mis ojos para entenderla hoy. Deseo el mismo bautismo que ellos recibieron el día de pentecostés, y ninguna otra cosa que sea inferior, conforme a tu palabra. Amén.


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