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lunes, 16 de diciembre de 2019

El Salmo 119 - Bet

Bet significa "casa o templo". Es la segunda letra del alfabeto hebreo y es bastante significativo que los siguientes 8 versos se desprendan de esta segunda letra. Leamos qué dice el salmista a los jóvenes que anhelen ser una casa para Dios y morar con Él eternamente:

Salmo 119:9-16 
"¿Cómo puede el joven guardar puro su camino? Guardando tu palabra.
 Con todo mi corazón te he buscado; no dejes que me desvíe de tus mandamientos.
 En mi corazón he atesorado tu palabra, para no pecar contra ti.
 Bendito tú, oh SEÑOR; enséñame tus estatutos.
 He contado con mis labios de todas las ordenanzas de tu boca.
 Me he gozado en el camino de tus testimonios, más que en todas las riquezas.
 Meditaré en tus preceptos, y consideraré tus caminos.
 Me deleitaré en tus estatutos, y no olvidaré tu palabra".

Hubo un joven admirable que en verdad guardó su camino, con todo su corazón. Él ilustra perfectamente el gozo que se obtiene al sumergirse en la Ley de Dios,y cómo el Señor se deleita en usar a jóvenes que se enamoran perdidamente de su Salvador. Este joven valiente se llamó, Samuel Morris:
"Esteban Merritt era un hombre pudiente que vivía en un verdadero palacio en Hoboken Heights, un sector aristocrático en esos días. Era la una de la mañana cuando
llegaron a su residencia. Su fiel esposa lo había estado esperando. Cuando abrió la puerta preguntó:
—Pero... ¿qué traes allí, Esteban?
—Oh, Dolly, —respondió Merritt— esto es un ángel de ébano.
La señora Merritt todavía asombrada, preguntó entrecortadamente:
—¿Y qué harás con él?
—Lo pondré en la cama del obispo —respondió Merritt.
—¡Oh, no! ¡No hagas eso! —objetó ella.
Sin embargo, él lo hizo. Y subió a Sammy al dormitorio designado para las visitas que el obispo Guillermo  Taylor hacía a Nueva York. Allí Merritt enseñó a Sammy, quien nunca había dormido en una cama verdadera, cómo debía abrirla y meterse en ella; cómo encender la luz y cómo apagarla. Hasta sacó un camisón del obispo y se lo dio. El obispo era un hombre robusto y aquel amplio camisón hacía parecer a Sammy de lo más cómico, de modo que Merritt no pudo evitar reírse a carcajadas.
Sin embargo, su risa pronto fue cambiada en profunda emoción. Sammy se arremangó las largas mangas del camisón y, extendiendo la mano a su hospedador, le pidió que se arrodillara con él para orar. El alma de Samuel Morris estaba encendida.
La Luz que le había guiado tan lejos de su casa debía ser compartida con su hospedador aquella noche.
Este hombre que había estado predicando el Evangelio por tantos años, recibió una nueva visitación del Espíritu Santo. En esos pocos momentos de oración pronunciados por un negro inculto, el hombre a quien el obispo Taylor había escogido como su secretario, tuvo una revelación de la realidad y poder del Consolador como nunca antes había conocido.
A la mañana siguiente, al despertar, Sammy rápidamente hizo su cama, ordenó su cuarto y buscó el camino hasta llegar a las caballerizas. Allí inmediatamente comenzó a trabajar ayudando al mozo a cuidar los caballos. Esteban Merritt se levantó tarde. Fue al cuarto del obispo, pero su "ángel de ébano" no estaba allí. Cuando por fin lo encontró trabajando en la caballeriza, lo llevó a la casa y lo presentó a su familia. El desayuno estaba listo.
Era la primera vez que Esteban Merritt y los miembros de su familia se sentaban a comer con un negro. Cómo llegaron a esto era un misterio para ellos. Esta experiencia también era nueva para Sammy, quien nunca había comido en una mesa con gente blanca. Era su primera comida en América. Hubo que enseñarle cómo comer aquellos alimentos extraños para él. Bajo la amable dirección del señor Merritt hizo los honores debidos a la buena comida. Tenía hambre, pues no había comido desde el jueves por la noche hasta ese sábado por la mañana.

Un entierro se transforma en un avivamiento

Esteban Merritt era un hombre muy ocupado. Su trabajo pastoral le llevaba todo su tiempo. Ese día tenía que dirigir el entierro de un hombre distinguido del barrio de Harlem. Llevó a Sammy consigo en el carruaje.
Durante el trayecto se detuvo para recoger a dos eminentes teólogos quienes iban a asistirle en la ceremonia. Cuando el primero de estos doctores en teología miró hacia el carruaje y vio a un muchacho negro allí sentado, retrocedió unos pasos. Esperó unos momentos, suponiendo que este joven andrajoso se retiraría. Cuando por fin, alentados por el señor Merritt entraron, era evidente su desazón por verse obligados a viajar con ese tosco africano. Nada dijeron pero su mirar de soslayo hablaba claramente de su disgusto.
Fue un momento de apuro para el reverendo Esteban Merritt quien, a fin de desviar la situación, trató de entretener a Sammy señalándole todos los lugares interesantes por los cuales estaban pasando: el Parque Central, la Gran Casa de la Ópera y otros lugares destacados. Pero Sammy estaba interesado en algo aún más importante que las maravillas de esta gran ciudad. Poniendo su negra mano sobre la rodilla de Merritt, le dijo:
—¿Alguna vez oró mientras viajaba en carruaje?
Merritt respondió que con frecuencia había tenido momentos muy bendecidos mientras viajaba, pero que nunca se había dedicado allí a la oración profunda.
Sammy dijo:
—Vamos a orar.
Y eso fue lo que hicieron. Era la primera vez que Esteban Merritt se arrodillaba en un carruaje para orar.
Sammy comenzó:
—Padre, he viajado durante meses para ver a Esteban Merritt y para poder hablar con él acerca del Espíritu Santo. Ahora que estoy aquí me muestra el puerto, las iglesias, los bancos y otros edificios, pero no me dice ni una sola palabra acerca de este Espíritu del cual estoy tan ansioso de saber más. Llénalo de ti mismo de tal manera que él no piense, hable, escriba o predique de ninguna otra cosa que no sea de ti y de tu Santo Espíritu.
Lo que sucedió en el carruaje no fue una manifestación común del favor divino.
Esteban Merritt había tomado parte en la consagración de muchos misioneros, en la ordenación de muchos pastores y obispos, y en la imposición de manos con hombres santos. Pero nunca había experimentado la ardiente presencia del Espíritu Santo como en ese momento, arrodillado junto a un andrajoso miembro de una raza despreciada.
Toda la vida de Merritt sufrió en ese momento un cambio sorprendente. Cuando comenzaron su viaje estos reverendos caballeros se sintieron un poco avergonzados por verse junto a un negro harapiento. Después del culto de oración de Sammy, se sintieron avergonzados de sí mismos, de su mezquindad espiritual. Luego de esto, consideraron que la apariencia exterior de Sammy debería estar más en
armonía con su gracia interior. De modo que, a sugerencia de Merritt pararon frente a una tienda para comprar un traje nuevo para su invitado.
Esteban Merritt dijo al dueño de la tienda que "nada era demasiado caro" para vestir a aquel muchacho. Luego se alejó para enviar un mensaje, mientras el dueño, ayudado
por los dos ministros metodistas, comenzaba a sacar la mejor ropa del comercio.
Cuando volvió, se encontró con un Sammy tratando de reconocerse en el espejo que reflejaba al África más oscura trajeada a la moda de la Quinta Avenida. Merritt pagó con todo gusto la considerable cuenta. La vieja y estrafalaria ropa descartada por Samuel pareció preciosa a sus ojos y la guardó en su oficina, exhibiéndola allí durante muchos años.
Una vez que terminaron en la tienda se dirigieron directamente al sepelio. Mucha gente había llegado a honrar por última vez al extinto. Esteban Merritt anticipando una
reunión numerosa había preparado su sermón con sumo cuidado. Pero la oración hecha en el carruaje le había dado una nueva unción y su mensaje tocó hondamente el corazón de la concurrencia.
Los mismos cielos parecían abrirse cuando, dejando de lado su pulida alocución, comenzó a hablar lleno de tierna simpatía inspirado por el Espíritu Santo. Los otros dos ministros sintieron la misma inspiración divina. En sus exposiciones, más breves, hablaron con un poder tal (así lo señalaron luego) que ellos mismos se sorprendieron.
La gente escuchaba embelesada. Ni siquiera soñaron que Dios estaba usando estos predicadores tan dotados como canales para difundir entre los asistentes la fe y el gozo de un pobre muchacho negro, cambiando así un evento de tristeza por uno de gozo.
A pesar de que había sido la fe de Samuel la que trajo la unción de lo alto, él nada dijo durante el culto. Sin embargo, sentado simplemente allí tan lleno del
Espíritu, pudo contemplar en visión todo el camino hasta el mismo umbral del cielo y sentir el toque de alas angélicas.
Sintió la belleza de esta ceremonia cristiana solemne a diferencia de las antiguas escenas de brutalidad salvaje. Había visto a su propio pueblo ser matado como ganado, y dejado allí sin sepultar. Recordó los ritos depravados de los adoradores del leopardo. Había visto a otros peones y esclavos torturados y asesinados sin siquiera una palabra de consuelo a los parientes cuando enterraban a sus muertos. 
Había visto a marineros morir con violencia, y ser echados por la borda como si fueran piedras.
¡Cuán diferente era este funeral cristiano! En su alma, exclamó que en este país cristiano aun la muerte era el cielo.
Sucedió entonces una de esas manifestaciones poco comunes que con tanta frecuencia probaban que Samuel Morris tenía un poder conferido por el Espíritu de Dios. Mientras el culto continuaba, y sin que se hubiera hecho invitación alguna, uno tras otro pasaban al frente y se arrodillaban al lado del ataúd. No se acercaron como afligidos por el muerto sino como penitentes, atraídos por la Luz divina que irradiaba del alma de aquel muchacho negro".

martes, 19 de noviembre de 2019

El Salmo 119 - Alef

Meditemos hoy sobre sobre el Salmo 119, el capítulo más largo de la Biblia. Muchos se desaniman cuando de leerlo se trata y ¡ni hablar de memorizarlo! parece una misión imposible, pero ¡cuán equivocados estamos! 
Si dejamos que la Palabra de Dios se abra frente a nosotros, por la asistencia del Espíritu Santo, encontraremos unas verdaderas joyas escondidas aquí para enriquecer nuestras pobres almas. Tiene 176 versículos y fue escrito de una manera muy peculiar, en forma de acróstico usando las 22 letras del alfabeto hebreo. Bajo cada letra hay 8 versículos y así se desarrolla este hermoso salmo hasta el final. Los eruditos no se ponen de acuerdo sobre quién escribió el salmo, aunque los antiguos se lo asignan al rey David. Nosotros no entraremos en ese debate, pues el autor legítimo es el Espíritu Santo quien inspiró a los escritores de la Biblia y eso es lo más importante.  
Comencemos con la letra Alef  que, según los estudiosos, significa: Buey También nos habla del número 1, del principio de todo. No es de locos meditar en el significado de cada letra, pues el Señor Jesús siempre usó parábolas, y la misma Biblia está llena de tipos y símbolos.
¿Por qué un buey? pensemos qué es un buey: un toro castrado que se usa como animal de tiro y también se aprovecha su carne. Antes era un fuerte y rudo toro, pero le inutilizaron su órgano reproductor. Parece que podemos deducir lo que el Señor comienza a mostrarnos, el principio para deleitarnos en esta ley de Dios: que sea extirpada de nosotros la habilidad de dar fruto en nuestras fuerzas humanas, ya que 'la carne para nada aprovecha' pero 'el Espíritu es el que da vida' (Juan 6:63)
Tiene sentido, porque todo aquel que pretenda andar en la Ley de Jehová, debe tomar su cruz cada día y seguir a Cristo, ¿a dónde? al calvario, la muerte del Yo.
Si fue David el escritor, éste sí que había experimentado la cruz en el transcurso de su vida. Él es llamado un hombre conforme al corazón de Dios, pero sus muchos errores y pecados quedaron escritos en el antiguo testamento, a mi modo de ver, como monumento a lo que la misericordia y la gracia divina puede hacer con un hombre rendido a Sus pies. Claro que recibió hasta el final de su vida cada triste consecuencia por sus pecados, si bien, Dios no le desamparó respaldando su reino y consolando su corazón adolorido en extremo. Imaginemos a un hombre experimentado en la presencia de Dios y en quebrantos, escribiendo estos primeros versos: 
  
Bienaventurados los perfectos de camino, Los que andan en la ley de Jehová. 
Bienaventurados los que guardan sus testimonios, Y con todo el corazón le buscan;
Pues no hacen iniquidad Los que andan en sus caminos.
Tú encargaste Que sean muy guardados tus mandamientos.
!!Ojalá fuesen ordenados mis caminos Para guardar tus estatutos! Entonces no sería yo avergonzado, Cuando atendiese a todos tus mandamientos.
Te alabaré con rectitud de corazón Cuando aprendiere tus justos juicios. Tus estatutos guardaré; No me dejes enteramente. (Sal.119:1-8)

Quizá David reflexionó: Señor, ya he vivido lo suficiente para reconocer que sólo dependo de tu amor. Hazme como un buey, dispuesto a doblegar mi cerviz por amor de ti y de este pueblo que tengo bajo mi responsabilidad, así mi alma hallará el descanso, porque Tu Yugo es fácil y ligera tu carga (Mateo 11:29-30). Ya he tropezado lo suficiente en mi propia sabiduría, ¡enséñame tus estatutos, ordena mis pasos!
Fueron muchos los enemigos del Rey David, hasta sus propios hijos le traicionaron, ese sí que debió ser un dolor muy difícil de llevar, pero él se apoyó en la Roca Eterna, tomó día tras día su cruz venciendo a TODOS sus adversarios y ganando un Reino que nunca tendrá fin (Samuel 7:12-16).

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