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martes, 7 de enero de 2025

El Hombre del Hoyo

¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques; porque he aquí que yo traigo mal sobre toda carne, ha dicho  Jehová; pero a ti te daré tu vida por botín en todos los lugares adonde fueres. (Jer. 45:5)

Hubo un hombre muy triste y quejumbroso que vivía suspirando porque no pudo lograr lo que tanto había anhelado tener en su vida. Él había invertido mucho dinero, tiempo y esfuerzo para "ser alguien" sin embargo, por más que luchó por sus ambiciones terrenales, al final se encontró en el mismo lugar que había comenzado, triste y vacío. 
Entonces el hombre decidió que ya nada valía la pena: ni el hogar, el trabajo, o buscar la ayuda de Dios, entonces dejó de asistir, como era su costumbre, a su iglesia local. Así que pensó que lo mejor sería enterrarse vivo y comenzó, con mucho enojo y frustración, a cavar un hoyo en la tierra. 
El hombre se dijo así mismo: ahora verán todos esos que me han herido y decepcionado, cuando me vean aquí enterrado, sentirán tanta culpa que morirán de mortificación. ¡Sí, me vengaré de todo y de todos! 
El hombre dejó su cabeza al aire, pero todo el resto de su cuerpo estaba bajo tierra, los que pasaban por allí perplejos le preguntaban: Señor, ¿qué le ha sucedido podemos ayudarle? 
Pero el hombre les gruñía- me estoy vengando de la vida y de la gente que me ha herido, sigan su camino, ¡déjenme en paz que aquí me muero! 
Al cabo de un tiempo, el hambre, los insectos, el inclemente sol y el frío de la noche hicieron mella en el pobre hombre quien reflexionó para sí mismo- ya ha pasado mucho tiempo y nada parece cambiar. Yo estoy pudriéndome en este hoyo y todo sigue su curso. Los arboles florecen, el día y la noche se suceden, la gente ríe, llora y vive la vida, y los que me hirieron ¡parecen más robustos y alegres! 
¡Esta venganza al final, ha venido a ser para mi propia destrucción!

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¿Qué consejo le darías a este hombre del hoyo? Quizá todos nosotros, alguna vez, hemos estado en una situación semejante a la de este hombre, pero escuchemos el consejo del Señor para Baruc, un hombre que estaba abrumado por las pruebas y frustrado por no alcanzar sus deseos:

Palabra que habló el profeta Jeremías a Baruc hijo de Nerías, cuando escribía en el libro estas palabras de boca de Jeremías, en el año cuarto de Joacim hijo de Josías rey de Judá, diciendo: Así ha dicho Jehová Dios de Israel a ti, oh Baruc: Tú dijiste: ¡Ay de mí ahora!, porque ha añadido Jehová tristeza a mi dolor; fatigado estoy de gemir, y no he hallado descanso. Así le dirás: Ha dicho Jehová: He aquí que yo destruyo a los que edifiqué, y arranco a los que planté, y a toda esta tierra. ¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques; porque he aquí que yo traigo mal sobre toda carne, ha dicho Jehová; pero a ti te daré tu vida por botín en todos los lugares adonde fueres.

Cuando los deseos de Dios son nuestros deseos, la visión espiritual se recupera y el gozo del Señor regresa a nuestra vida. Rindamos nuestra cerviz ante el trono de nuestro amado Señor quien tiene los verdaderos planes de bien y no de mal, para darnos un futuro y una esperanza. Jer. 29:11 

Se trata de confiar...Puedes volver tus ojos a Cristo hoy, como dijo el salmista:

Bendeciré a Jehová en todo tiempo;
Su alabanza estará de continuo en mi boca.
En Jehová se gloriará mi alma;
Lo oirán los mansos, y se alegrarán.

Engrandeced a Jehová conmigo,
Y exaltemos a una su nombre.
Busqué a Jehová, y él me oyó,
Y me libró de todos mis temores.

Los que miraron a él fueron alumbrados,
Y sus rostros no fueron avergonzados.
Este pobre clamó, y le oyó Jehová,
Y lo libró de todas sus angustias.

El ángel de Jehová acampa alrededor
de los que le temen, y los defiende.
Gustad, y ved que es bueno Jehová;
Dichoso el hombre que confía en él.

Temed a Jehová, vosotros sus santos,
Pues nada falta a los que le temen.
Los leoncillos necesitan, y tienen hambre;
Pero los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien.

Salmos 34: 1-10

lunes, 18 de marzo de 2024

Un Mar Tempestuoso

Compartimos un extracto del diario de David Brainerd, que escribiera el célebre predicador Jonathan Edwards. 


Las muchas decepciones, las grandes aflicciones y perplejidades que experimenté, me dejaban en una horrenda disposición de conflicto con el Todopoderoso; y con vehemencia y hostilidad interiores hallaba fallas en sus maneras de tratar con la humanidad. Mi corazón inicuo, por muchas veces, deseaba algún otro camino de salvación que no fuera por Jesucristo. Al igual que un mar tempestuoso, con mis pensamientos confusos, solía planear maneras de escapar de la ira de Dios por algunos otros medios. Yo trazaba proyectos extraños, repletos de ateísmo, planeando decepcionar los designios y decretos divinos a mi respecto; o de escapar de su atención y ocultarme de Él.

Pero al reflexionar, vi que estos proyectos eran vanos y no me servirían; y que yo no podía crear nada para mi propio alivio. A eso jugaba mi mente en la más horrenda actitud, deseando que Dios no existiera; o deseando que hubiera algún otro dios que pudiera controlarlo. Tales pensamientos y deseos eran las inclinaciones secretas de mi corazón; muchas veces actuando antes de que pudiera darme cuenta de ellas. Desgraciadamente, sin embargo, eran mías; aunque quedara aterrorizado cuando meditaba acerca de ellas. Y cuando reflexionaba, me afligía pensar que mi corazón estaba tan lleno de enemistad contra Dios, y temblaba; temiendo que su venganza de repente cayera sobre mí.

Antes, solía imaginar que mi corazón no era tan malo como las Escrituras, y algunos otros libros, lo describían. A veces me esforzaba dolorosamente para moldear una buena disposición, una disposición humilde y sumisa; y esperaba que hubiera alguna bondad en mí. Pero, de repente, la idea de la rigidez de la ley o de la soberanía de Dios irritaba tanto la corrupción de mi corazón, el cual yo tanto vigilaba y esperaba haber traído a una buena disposición; que tal corrupción rompía todas las ataduras y explotaba por todos lados, como diluvios de aguas cuando desmoronan una represa.

Sensible a la necesidad de profunda humillación, a fin de tener una aproximación salvadora, me empeñaba en producir en mi propio corazón las convicciones exigidas por tal humillación, como por ejemplo, la convicción de que Dios sería justo si me rechazara para siempre; y que si Él me concediera misericordia a mí, sería por pura gracia, aunque primero tuviera que estar afligido por muchos años y muy atareado en mi deber, y que Dios de ninguna manera estaba obligado a tener piedad de mí por todas mis obras, clamores y lágrimas pasadas.

Me esforzaba al máximo para traerme a una firme creencia en esas cosas, y a un asentimiento de ellas de todo corazón. Y esperaba que ahora yo estuviera libre de mí mismo, verdaderamente humillado, y postrado ante la soberanía divina. Estaba inclinado a decir a Dios, en mis oraciones, que ahora tenía exactamente esas disposiciones de alma que Él requería, sobre la base de las cuales Él había mostrado misericordia hacia otros; y fundado en esto implorar y abogar misericordia para mí. Pero cuando no encontraba alivio y seguía oprimido por el pecado y los temores de la ira, mi alma entraba en tumulto, y mi corazón se rebelaba contra Dios; como si Él me tratara duramente.

Entonces mi conciencia se rebelaba, recordándome mi última confesión a Dios de que Él era justo al condenarme. Y eso, dándome una buena visión de la maldad de mi corazón, me echaba de nuevo en aflicción. Deseaba haber vigilado más de cerca mi corazón, impidiéndole rebelarse contra la manera como Dios me estaba tratando. E incluso llegaba a desear no haber pedido misericordia sobre la base de mi humillación; porque de ese modo había perdido toda mi aparente bondad. Así, a menudo, inútilmente imaginaba que estaba humillado y preparado para la misericordia salvadora.

[...] Así pues, aplazaba el entregarme a las manos de Dios, y buscaba mejores circunstancias para hacerlo, tales como: si yo leyese uno o dos pasajes bíblicos, u orase primero, o hiciera algo de esa naturaleza; o después aplazar mi sumisión a Dios con una objeción, diciendo que no sabía cómo someterme a Él. Pero la verdad era que no percibía ninguna seguridad en arrojarme en las manos de Dios, ni podía reclamar nada mejor que la condena.

Después de un tiempo considerable, pasado en ejercicios y aflicciones similares, una mañana mientras caminaba en un lugar solitario, de repente vi que todas mis artimañas y proyectos para realizar o buscar liberación y salvación por mí mismo eran cosas enteramente inútiles. Y fui traído a una posición en la que me hallaba totalmente perdido. Muchas veces, antes, había pensado que las dificultades en mi camino eran muy grandes; pero ahora percibía, bajo otra y muy distinta luz, que para siempre me sería imposible hacer cualquier cosa que me ayudara o liberase. Entonces pensé en acusarme a mí mismo, en el sentido de que no había hecho más, no haberme comprometido más mientras tuve oportunidad -pues ahora me parecía como si la oportunidad de hacer algo hubiera terminado e ido para siempre- pero de pronto percibí que haber hecho más de lo que yo ya había hecho, en nada me habría ayudado. Porque había hecho todas las súplicas que jamás podría haber hecho por toda la eternidad, y todas fueron vanas.

Mientras permanecí en ese estado, mis nociones sobre mis deberes eran muy diferentes de lo que me había imaginado en tiempos pasados. Antes, cuanto más cumplía mis deberes, más difícil creía que sería para Dios rechazarme; aunque al mismo tiempo, confesara y pensara el no haber ninguna bondad o mérito en mis deberes. Ahora, sin embargo, cuanto más oraba o hacía cualquier deber, más bien sentía que estaba endeudado con Dios; por permitirme pedir por misericordia. Porque observaba que el egocentrismo me había llevado a orar, y que nunca había orado una vez ni siquiera motivado por cualquier respeto hacia la gloria de Dios.

Ahora percibía que no había ninguna conexión necesaria entre mis oraciones y la concesión de la misericordia divina; que no ponían sobre Dios la mínima obligación de conferirme su gracia; y que no había más virtud o bondad en ellas que en intentar remar con las manos (la comparación que en aquel momento tenía en mente). Y eso, porque no se hacían motivadas por cualquier amor o consideración hacia Dios. Me di cuenta de que venía acumulando mis devociones ante Dios, ayunando, orando, etc., fingiendo, o algunas veces realmente pensando que apuntaba hacia la gloria de Dios; cuando de hecho yo no la buscaba, sino sólo mi propia felicidad.

Vi que como nunca había hecho nada por Dios, no tenía reivindicación alguna en cualquier cosa de Él; sino la perdición por cuenta de mi hipocresía y escarnio. ¡Oh, cuán diferentes parecían ahora mis deberes de lo que solían parecer! Mas cuando vi claramente que nada consideraba, a no ser mis propios intereses, entonces mis deberes me parecieron un vil escarnio de Dios, una auto-adoración; y un camino revestido de mentiras. He notado que algo peor que meras distracciones había acompañado mis deberes; porque todo no pasaba de auto-adoración, y un horrendo abuso de Dios.

Continué en ese estado mental desde el viernes por la mañana hasta la noche del sábado siguiente, 12 de julio de 1739, cuando yo de nuevo caminaba en aquel mismo lugar solitario donde fui llevado a verme como perdido y desamparado. Allí, en un lamentable estado melancólico, estaba tratando de orar, pero descubrí que mi corazón no quería involucrarse en oración o cumplir cualquier otro deber. Ahora había desaparecido mi preocupación anterior, mis ejercicios y afectos religiosos. Pensé que el Espíritu de Dios me había dejado totalmente. Pero yo no me sentía angustiado, sino desconsolado, como si nada en el cielo y en la tierra me pudiera hacer feliz.

Estando en ese estado me esforcé a orar por casi media hora, aunque como pensé, eso era muy estúpido e insensato. Entonces, cuando caminaba en un bosque espeso y oscuro, una gloria indecible pareció abrirse a los ojos y a la comprensión de mi alma. No estoy hablando de ningún esplendor externo, porque no he visto tal cosa, ni ninguna imaginación de un cuerpo de luz, o cualquier cosa de esa naturaleza; pero era una nueva percepción interior o visión que yo tenía de Dios, tal como nunca tuve antes.

Me quedé quieto y admirado. Sabía que nunca antes había visto algo comparable a ello por excelencia y belleza; era muy diferente de todas las concepciones que alguna vez tuve de Dios, o de las cosas divinas.

No recibí comprensión particular de cualquiera de las personas de la Trinidad, tanto del Padre, el Hijo o el Espíritu Santo; pero me parecía estar contemplando la gloria divina. Mi alma se regocijó con una alegría indecible, por contemplar tal Dios, un tal divino y glorioso Ser. E interiormente me sentía deleitado y satisfecho, por el hecho de que Él sería Dios sobre todo y para todo, siempre. Mi alma estaba tan cautivada y deleitada con la excelencia, la amabilidad, la grandeza y otras perfecciones de Dios; y estaba tan absorto en Él que yo no pensaba, como recuerdo, acerca de mi propia salvación; que al principio me asusté que hubiese una criatura como yo.

Fue así como Dios me trajo a una disposición de todo corazón de exaltarlo, de entronizarlo y de, suprema y finalmente, apuntar a su honor y gloria como Rey del universo.

Continué en ese estado de alegría, paz y admiración hasta casi oscurecerse, sin ningún sensible abatimiento. Entonces empecé a pensar y a examinar lo que yo había percibido; me sentí dulcemente sereno toda la noche siguiente. Me sentía en un mundo nuevo y todo a mi alrededor aparecía con un aspecto diferente de lo que había aparecido antes. 

Fue en ese tiempo que se abrió para mí el camino de la salvación, con tal sabiduría, conveniencia y excelencia infinitas, que llegué a admirarme de haber pensado de cualquier otra manera acerca de la salvación. Y me sorprendió que no hubiera desistido más temprano de mis propias astucias, y hubiese accedido antes a ese bendito y excelente camino. Si yo hubiera podido ser salvo a través de mis propios deberes, o por cualquier otro medio que hubiera inventado antes, ahora toda mi alma habría rechazado tales medios. Me preguntaba por qué el mundo entero no percibía ni accedía al verdadero camino de la salvación totalmente basado en los méritos de Cristo.

Fuente:https://diariosdeavivamientos.files.wordpress.com/2018/10/el-diario-de-david-brainerd-la-vida-de-david-brainerd-diarios-de-avivamientos-2018.pdf

martes, 6 de diciembre de 2022

El Verdadero Arrepentimiento

Extracto del libro: El Verdadero Arrepentimiento
Autor: Charles G. Finney

Ya es hora de que los que profesan ser religiosos aprendan a discriminar mucho más de lo que hacen con respecto a la naturaleza y carácter de varios aspectos de la religión. Si fuera así, la Iglesia no estaría llena de profetas falsos y sin provecho. Últimamente me he dedicado a examinar, una y otra vez, la razón por la que hay tanta religión espuria, y he procurado averiguar la causa de este problema. Es notorio que hay multitudes de personas que se consideran religiosas y que no lo son, a menos que la Biblia sea falsa. ¿Por qué hay tantos que se engañan? ¿Por qué hay tantos que tienen la idea de que se han arrepentido cuando todavía son pecadores impenitentes? La causa está, sin duda, en la falta de la instrucción que le permitiría discriminar los fundamentos de la religión, y especialmente lo que es arrepentimiento verdadero y arrepentimiento falso. 

I. Voy a mostrar ahora qué es verdadero arrepentimiento

Implica un cambio de opinión respecto a la naturaleza del pecado, y este cambio de opinión va seguido de un cambio correspondiente de los sentimientos respecto al pecado. El sentimiento es el resultado del pensamiento. Y cuando este cambio de opinión es tal que produce un cambio correspondiente de sentimiento, si la opinión es recta y hay el sentimiento correspondiente, esto es verdadero arrepentimiento. Hay que tener la opinión recta. La opinión adoptada ahora ha de ser una opinión semejante a la que Dios tiene respecto al pecado. La tristeza según Dios, tal como Dios requiere, debe proceder de un punto de vista del pecado como el que tiene Dios. 

Primero: Tiene que haber un cambio de opinión respecto al pecado. 

1. Un cambio de opinión respecto a la naturaleza del pecado. Al que se ha arrepentido verdaderamente, el pecado le parece algo muy diferente que a aquel que no se ha arrepentido. En vez de mirarlo como una cosa deseable o fascinante, le parece algo aborrecible, detestable, y se asombra de que él hubiera deseado algo así. Los pecadores impenitentes pueden mirar al pecado y ver que está destruyéndoles, porque Dios va a castigarles por este pecado; pero, después de todo, parece tan deseable en sí, lo aman tanto, que no quieren separarse de él. 

Si el pecado pudiera terminar en la felicidad, ésta sería su porción definitiva. Pero, para el otro, el que se arrepiente, es diferente; este mira su propia conducta como algo aborrecible. Mira hacia atrás y exclama: «¡Qué detestable, qué odioso, cuán digno del infierno; y esto estaba antes en mí!». 

2. Un cambio de opinión del carácter del pecado con respecto a su relación con DiosLos pecadores no ven por qué razón Dios amenaza al pecado con castigos tan terribles. Lo aman tanto que no pueden ver por qué Dios tiene que considerarlo merecedor de un terrible castigo. Cuando han sido redargüidos de pecado lo ven bajo la misma opinión que un cristiano, y solo desean el cambio de sentimiento correspondiente para llegar a ser cristianos. 

Muchos pecadores ven su relación con Dios como merecedora de la muerte eterna, pero su corazón no va con su opinión. Este es el caso de los demonios y los malos espíritus en el infierno. Nótese, sin embargo, que es necesario un cambio de opinión para el verdadero arrepentimiento y siempre le precede. El corazón nunca va a Dios con un verdadero arrepentimiento a menos que haya un cambio previo de opinión. Puede haber un cambio de opinión sin arrepentimiento, pero no hay arrepentimiento genuino sin un cambio de opinión. 

3. Un cambio de opinión con relación a las tendencias del pecado. Antes el pecador piensa que es increíble que el pecado pueda ser merecedor, por sí solo, de un castigo eterno. Es posible que cambie de punto de vista en cuanto a esta opinión sin que se arrepienta, pero es imposible que alguien se arrepienta verdaderamente sin un cambio de opinión. El hombre ve el pecado en su tendencia, como destructor para él y para los demás, para el alma y el cuerpo, para el tiempo y la eternidad, y discrepando con todo lo que es bueno y feliz en el universo. Ve que el pecado es apropiado en sus tendencias para causar daño a todo y causárselo a él mismo, y que no hay remedio para él mismo excepto el abstenerse de modo universal a este. El diablo lo sabe también. Y es posible que lo sepan algunos pecadores que se hallan ahora en esta congregación. 

4. Un cambio de opinión con respecto al merecimiento del pecado. La palabra traducida como arrepentimiento implica todo esto. El pecador descuidado carece casi de ideas rectas, incluso en cuanto se refiera a esta vida, respecto al merecimiento del pecado. Aun suponiendo que admite en teoría que el pecado merece la muerte eterna, no lo cree. Si lo creyera le sería imposible seguir siendo un pecador descuidado. Está engañado si supone que él, de modo sincero, acepta la opinión de que el pecado merece la ira de Dios para siempre. Pero el pecador que ha sido despertado y redargüido ya no tiene más dudas de esto que de la existencia de Dios. Ve claramente que el pecado merece el mayor castigo de parte de Dios. Sabe que esto es un simple hecho. 

Segundo: En el verdadero arrepentimiento tiene que existir el cambio de sentimiento correspondiente. 

El cambio de sentimiento se refiere al pecado en todos estos puntos: su naturaleza, sus relaciones, sus tendencias y su merecimiento. El individuo que se arrepiente verdaderamente no solo ve el pecado como detestable y ruin, merecedor de aborrecimiento, sino que realmente lo aborrece, lo odia en su corazón. Una persona puede ver el pecado como perjudicial y abominable; con todo su corazón lo ama, lo desea, se adhiere a él. Pero cuando se arrepiente verdaderamente lo aborrece de todo su corazón y renuncia al mismo. 

En relación con Dios, su sentimiento respecto al pecado es tal como este merece. Y aquí está la fuente de este torrente de tristeza en el cual los cristianos irrumpen cuando contemplan el pecado. El cristiano lo ve en cuanto a su naturaleza y, simplemente, siente aborrecimiento. Pero cuando lo ve en relación con Dios, entonces llora; las fuentes de su tristeza siguen manando, y quiere librarse de él, postrarse y dejar correr un torrente de lágrimas por sus pecados. Luego, en cuanto a las tendencias del pecado, el individuo que se arrepiente verdaderamente lo ve tal cual es. 

Cuando mira al pecado en sus tendencias, se despierta en él un deseo vehemente de pararlo, de salvar a la gente de sus pecados, de hacer volver hacia atrás el arrollador avance de la muerte. Se enciende su corazón, se pone a orar, a trabajar, a arrancar a los pecadores del fuego con toda su fuerza, a salvarlos de las terribles tendencias del pecado. Cuando el cristiano pone su mente en esto, va a moverse para que los hombres renuncien a sus pecados. Es como si viera a los hombres beber veneno, que sabe que los destruirá, y levanta la voz, advirtiéndoles que vigilen. 

II. Voy a mostrar cuáles son los frutos o efectos del arrepentimiento genuino. 

Quiero mostrar que vosotros sois la obra del verdadero arrepentimiento y dejar claro en vuestra mente que podéis saber de modo infalible si os habéis arrepentido o no. 

1. Si tu arrepentimiento es genuino hay en tu mente un cambio consciente en los puntos de mira y los sentimientos respecto al pecado. De esto serás tan consciente como lo has sido antes a un cambio de miras y de sentimientos con respecto a cualquier otro tema en la vida. ¿Cómo puede saberse? Porque en este punto ha habido un cambio en ti, las cosas viejas han sido abandonadas y todas las cosas han sido hechas nuevas. 

2. Cuando el arrepentimiento es genuino, la disposición para volver a pecar desaparece. Si te has arrepentido de veras ya no amas el pecado; no te abstienes de él por miedo, no lo evitas por el castigo, sino que lo odias. ¿Qué dices tú a esto? ¿Tienes la seguridad de que tu disposición a cometer el pecado ha desaparecido? Mira a los pecados que acostumbrabas practicar cuando eras impenitente, ¿qué tal te parecen ahora? ¿Te parecen agradables? ¿Te gustaría volver a practicarlos si te atrevieras? Si es así, si te queda la disposición para pecar, es que solo has sido redargüido de pecado. Tus opiniones sobre el pecado pueden haber cambiado, pero si permanece el amor al pecado, ten la absoluta certeza de que eres todavía un pecador impenitente. 

3. El arrepentimiento genuino obra una reforma de la conducta. Entiendo que esta idea está principalmente indicada en el texto donde dice: «La tristeza que es según Dios produce un arrepentimiento para salvación». El arrepentimiento según Dios produce una reforma de la conducta. De otro modo, es una repetición de la misma idea; es decir, que el arrepentimiento produce arrepentimiento. Por ello supongo que el apóstol está hablando de un cambio en la mente que produce un cambio de conducta que termina en salvación. 

Permíteme ahora preguntarte si estás realmente reformado. ¿Has abandonado tus pecados? ¿O los estás practicando todavía? Si es así, todavía eres un pecador. No importa cuánto haya cambiado tu mente, si no ha traído un cambio de conducta, tu reforma real no es arrepentimiento según Dios, o sea, el que Dios aprueba. 

4. El arrepentimiento, cuando es verdadero y genuino, conduce a la confesión y a la restitución. El ladrón no se ha arrepentido en tanto que guarda el dinero que ha robado. Puede tener convicción de pecado pero no arrepentimiento. Si se ha arrepentido, ha devuelto el dinero. Si tú me has estafado y no me devuelves lo que me has quitado injustamente, o si has injuriado o perjudicado a alguien y no has rectificado el daño que causaste, por lo que a ti te afecta, no te has arrepentido verdaderamente. 

5. El verdadero arrepentimiento es un cambio permanente de carácter y de conducta. El texto dice que es arrepentimiento para salvación, del que «no hay que tener pesar». ¿Qué quiere decir el apóstol con esta expresión sino que el verdadero arrepentimiento es un cambio tan profundo y fundamental que el hombre no se vuelve atrás otra vez? La gente lo lee a veces como diciendo: un arrepentimiento del que uno no tiene por qué arrepentirse. Pero esto no es lo que dice. 

Repito: es un arrepentimiento del que, el que lo hace, ya no se vuelve atrás. El amor al pecado es verdaderamente abandonado. El individuo que se ha arrepentido verdaderamente, que ha cambiado sus opiniones y sus sentimientos, ya no cambiará otra vez, no volverá a amar el pecado. Recuerda esto bien, que el pecador penitente verdadero experimenta sentimientos de los que no volverá a arrepentirse. 

El texto dice que son «para salvación». Va directo al mismo descanso del cielo. La misma razón por la que termina en salvación es que no vuelve a arrepentirse de haberlo hecho. Y aquí no puedo por menor que hacer resaltar que se ve por qué la doctrina de la Perseverancia de los Santos es verdadera, y lo que significa. El verdadero arrepentimiento es un cambio de sentimientos tan completo y el individuo que lo experimenta llega a aborrecer de tal modo el pecado, que perseverará en él, y no se volverá atrás de su arrepentimiento para volver al pecado otra vez.

viernes, 8 de julio de 2022

UN DIÁLOGO

Autor: John Newton

(Este Diálogo puede ser el que Newton escribió para su publicación en 1760/61, mencionado en su diario el miércoles 14 de enero de 1761: “En la Watch House terminé una carta que comencé ayer para el Sr. Romaine, y estoy transcribiendo un diálogo (que escribió recientemente) para enviárselo, para que, si lo aprueba, se imprima”. El Diálogo anterior ha sido transcrito de la versión que se encuentra en la Biblioteca Bodleian, catalogada como 'Un Diálogo [sobre Matt. 11:28]', y dada una fecha estimada de c. 1785).


Hombre A- ¡Qué! ¿Estás llorando de nuevo?

Hombre B- ¡Ay! Las lágrimas se han convertido en mi alimento.

Hombre A- ¿Cuál es la causa de tu dolor constante?

Hombre B¡Ay! Soy un pecador.

Hombre A- Entonces no puedo reprochar tus lágrimas: porque el pecado y el dolor se llevan muy bien; pero ¿quién te ha dicho que eres un pecador?

Hombre BEl Señor ha puesto en orden mis pecados delante de mis ojos.

Hombre A- ¿Cuánto tiempo has sido pecador?

Hombre B- ¡Ay! Nací en pecado y he vivido en pecado hasta esta misma hora; soy un gran pecador en verdad.

Hombre A- ¿Y qué piensas hacer?

Hombre B- Realmente no sé qué hacer.

Hombre A- ¿Has pensado qué será de ti?

Hombre B- Temo estar perdido para siempre.

Hombre A- ¿Cómo para siempre? ¡Qué! ¿No puedes arrepentirte?

Hombre B- No, mi corazón es tan duro como una piedra.

Hombre A- ¿No puedes enmendar?

Hombre B- ¿Quién puede sacar lo limpio de lo inmundo? Ni uno.

Hombre A- ¿No puedes creer?

Hombre B- No puedo creer. La incredulidad es el peor de todos mis pecados y me produce la mayor inquietud.

Hombre A- Todo esto está muy bien.

Hombre B- Qué bien: ¿qué quiere decir señor? Te digo que soy un pecador y que no puedo ni arrepentirme, ni enmendarme, ni creer y entonces me respondes: "Está muy bien". ¿Muestras aquí la amistad que siempre me has profesado?

Hombre A- De hecho, soy tu amigo y tengo muchos queridos amigos en el mundo, a quienes me alegraría ver en tu caso. ¿No oras a veces?

Hombre B- No puedo orar ni vivir sin oración. Me arrodillo y lloro y pronuncio algunas palabras entrecortadas, pero temo que no sé lo que es orar.

Hombre A- Usted lee la Escritura, supongo.

Hombre B- Lo hago. Pero lo encuentro como un libro sellado: tengo poca luz en él y obtengo poco consuelo de él.

Hombre A- ¿Alguna vez has leído Mateo 11:28?

Hombre B- Sí, muy a menudo.

Hombre A- ¿Puedes repetir las palabras?

Hombre B- Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

Hombre A- ¿Nunca pudo encontrar consuelo en estas palabras?

Hombre B- Muy poco.

Hombre A- ¿Has considerado de quién son las palabras?

Hombre B- Sí, son las palabras de Jesucristo.

Hombre A- ¿Y crees que quiso decir lo que dijo cuando usó estas palabras?

Hombre B- ¡Esa es una pregunta extraña! Sé que Él es el testigo fiel y todas Sus palabras son verdad.

Hombre A- ¿Crees que Él es capaz de hacerlos buenos?

Hombre B- Sí: por todo el cielo y la tierra.

Hombre A- ¿Crees que es deseable el descanso que Jesús ha prometido darnos?

Hombre B- Bienaventurados en verdad los que la hallan.

Hombre A- ¿Y quiénes son, pues, los cansados ​​y cargados, los invitados a recibirla?

Hombre B- Me alegraría saber su opinión. ¿En qué difieren estas palabras?

Hombre A- Son partes diferentes de un mismo personaje; cansado implica el sentido y sentimiento del problema, muy cargado especifica su causa y continuación.

Hombre B- ¿No puedes expresar tu significado más claramente?

Hombre A- Un hombre que está cansado del trabajo puede descansar cuando su trabajo ha terminado y levantarse con nuevas fuerzas para repetir su trabajo; pero un hombre cansado con una carga pesada no puede descansar hasta que su carga sea quitada. Si lo pones en una cama, no puede encontrar refrigerio. Todavía siente el peso de su carga y se vuelve más y más débil. Puede disfrutar poco de su comida o de sus amigos; no tiene fuerza para los negocios, ni espíritu para la diversión. Ya sea sentado, de pie o caminando, su carga lo agobia, hasta que su propia vida se convierte también en una carga. Si pudieras ver a una persona en tal caso, tendrías una ilustración vívida de las palabras cansado y muy cargado.

Hombre B- Seguramente he visto más de uno así. Yo mismo soy la persona que describes. Mis pecados son una carga pesada que me oprime continuamente; llenan mis pensamientos de día y apresuran mis sueños de noche. Por la mañana digo: ¿Cuándo será la tarde? Y por la tarde, ¿cuándo será la mañana? Mis amigos, mis libros, mi negocio, todo es tedioso. Estoy cansado de vivir y tengo miedo de morir.

Hombre A- Ya ves, lo que me hizo decir, todo esto está muy bien. Te reconoces como una persona a la que nuestro Señor invita a venir a Él, para que tengan descanso; crees que el descanso que Él promete es más deseable en sí mismo y adecuado a tu caso y no podrías soportar que pareciera cuestionar su poder o inclinación para cumplir Su propia palabra. Junta esas cosas y luego ve si no tienes razón para enjugarte las lágrimas y dejar de ser incrédulo.

Hombre B- Nuestro Salvador dice: Venid a mí , pero me doy cuenta de que no puedo ir; la culpa y la incredulidad me retienen.

Hombre A- ¿Cómo entiendes, pues, la expresión Venid a mí ?

Hombre B- Te he dicho que tengo poco entendimiento.

Hombre A- Después de que nuestro Salvador resucitó de entre los muertos, les nombró a sus discípulos cierto monte en Galilea, el lugar que designó para reunirse con ellos. Si hubieras estado presente cuando lo nombró y conocieras el país, ¿crees que deberías haberlo entendido?

Hombre B- Ciertamente debería.

Hombre A- ¿Y si los discípulos se hubieran negado o no hubieran ido al lugar?

Hombre B No podrían - amaban a su Salvador y no podrían soportar ni descuidar Su mandato ni perder la oportunidad de verlo.

Hombre A- ¿Y si ellos hubieran venido primero al lugar y se negaran a esperarlo?

Hombre B- No podían hacerlo. Recordarían que Él había prometido, sabían que Él era fiel a Su palabra y pensarían que valía la pena esperar Su compañía.

Hombre A- Nuestro Salvador está ahora retirado de la tierra; sin embargo, todavía dice como en la antigüedad: Venid a mí . Él no quiere decir que debamos subir a las nubes, sino que debemos encontrarnos con Él en los caminos que Él mismo ha designado.

Hombre B- ¿Cuáles son?

Hombre A- Principalmente estos, Su palabra, Su propiciatorio y Sus asambleas: Él conversa con Su pueblo en Su palabra, Él se acerca a ellos en oración y cuando dos o tres de ellos se reúnen en Su nombre Él está presente en medio de ellos.

Hombre B- Cierto, Él se encuentra con Su pueblo, pero no conmigo. Lo he buscado de esta manera muchas veces. Lo busqué pero no lo encontré. Estoy cansado y a punto de desmayarme. Creo que lo dejaré todo. Él no me mirará en absoluto: Lejos de eso, eso es lo peor para mí.

Hombre A- Sólo necesito referirme a tus propias palabras. Él ha prometido encontrarte, es fiel a sus compromisos y vale la pena esperar su compañía. ¿Por qué no puedes juzgar por ti mismo, como lo hiciste con los discípulos hace un momento?

Hombre B- Si estuviera seguro de que por fin vendría, debería estar dispuesto a esperar, pero tengo miedo de que nunca me encontrará, nunca me aceptará, no, nunca.

Hombre A- Él no se ha reunido contigo, por lo tanto, nunca lo hará. - Este no es un buen argumento a menos que pueda probar que Cristo prometió encontrarse contigo la primera vez, o al menos dentro de tal número de días, semanas o meses. ¿Has encontrado algún texto en la Biblia para probar esto?

Hombre B- De hecho, Él no ha fijado ningún tiempo.

Hombre A- ¡Cuán inconsistente es tu incredulidad! No creerás lo que el Señor ha prometido y, sin embargo, esperas lo que Él no te ha dado motivos para esperar. ¿No os ha dicho más bien antes, que tendréis necesidad de paciencia? ¿Y no os ha dejado una parábola de gracia para animaros a no desmayar?

Hombre B- Es muy cierto.

Hombre A- Te olvidas de ese pasaje, supongo, cuando piensas en dejarlo todo.

Hombre B- Confieso que he sido demasiado impaciente.

Hombre A- Además, ¿estás seguro de que el Señor nunca te ha encontrado según esta promesa? ¿No te ha iluminado en cierta medida para que entiendas las Escrituras y no has probado la buena palabra de Dios? ¿No has encontrado a veces que tus afectos atraen la fe hacia Jesús en la oración? ¿Nunca has recibido instrucción o consuelo, cuando escuchabas a sus ministros predicar la salvación de Jesús, o cuando conversabas con su pueblo del amor de Jesús?

Hombre B- No puedo decir que nunca haya probado estas cosas, pero ha sido tan poco.

Hombre A- Tan poco - entonces, ¿limitarías al Señor, no sólo en cuanto al tiempo de Su venida, sino también al grado de Sus consolaciones? Él dice, que no desprecia el día de las cosas pequeñas, y seguramente tú no deberías? ¿No deberías estar agradecido por eso que llamas pequeño? ¿No deberías aprovechar todas las oportunidades para reconocer Su bondad por lo poco que ha hecho por ti? Oh, no ahogues Sus misericordias con un silencio ingrato, sino llama a tus amigos para que te ayuden a alabarlo.

Hombre B- En verdad he sido un desagradecido. Lo veo ahora, y no merezco nada, nada más que ira. Es una misericordia inefable, que estoy fuera del infierno. Pero, ¿qué quieres que haga?

Hombre A- Que creas.

Hombre B- Señor aumenta mi fe.

Hombre A- Es una buena oración, y donde expresa el deseo del corazón, nunca se usa en vano.

Hombre B- Pero, ¿cuáles son los mejores medios?

Hombre A- La Cruz de Cristo.

Hombre B- Por favor, explíquese.

Hombre A- Supón que conociendo todo lo que ahora sabes, el mal del pecado, tu propia culpa y miseria, y supón que no hubiera Salvador sino Jesús, digo, supón que conociendo todo esto, tu hubieses vivido en el tiempo en que Él conversaba con los hombres en forma de sirviente. Y estando en un estado de ánimo aburrido y abatido, como lo estás ahora, hubieses venido, sin ninguna aprensión de lo que estaba ocurriendo, al Monte Calvario, justo el tiempo suficiente para ver a Jesús clavado en la Cruz, y para ver Sus manos y Sus pies traspasados con clavos. Para verlo levantado en lo alto, la marca del desprecio y la crueldad, cubierto de sangre y lleno de heridas. Y supongamos que mientras lo contemplabas muriendo mil muertes como una por los pecados de Sus mismos asesinos, hubieras oído la oración por ellos, y Su respuesta misericordiosa al ladrón moribundo. ¿Acaso tal vista y tales palabras no se habrían adaptado dulcemente al estado de tu mente? Si no me equivoco, crees que casi deberías haber interrumpido la escena solemne, habrías estado listo para correr hacia Él y decir: Señor, ruega también por mí, Señor, acuérdate de mí también, cuando estés en Tu reino.

Hombre B- En verdad has leído mi corazón.

Hombre A- Me atrevería a decir que estás tan firmemente persuadido en tu mente de que estas cosas sucedieron una vez, como si hubieras estado presente y las hubieras visto con tus propios ojos.

Hombre B- No tengo la menor duda acerca de ellos.

Hombre A- Pues bien, aquí está la cura de la incredulidad. Mirad al divino Salvador, que se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz por los pecadores, sí, verdad gloriosa: por el primero de los pecadores. Los amó y se entregó por ellos. ¿Y por qué? Para que puedan creer en Él, como su perfecto y eterno Salvador, y amarlo como su Señor y su Dios, y ser felices. Míralo a Él bajo esta luz, y Su descanso prometido será tuyo. Considérenlo como vivo y muriendo para que pueda salvar hasta lo sumo, y para que todo aquel que a él se acerque, no sea expulsado de ninguna manera, y entonces encontrarán un motivo de consuelo para tu conciencia afligida. Esta vista correctamente aplicada es la fuente de la paz y la fuente de la alegría. Así os he explicado cómo la Cruz de Cristo es el mejor medio.

Hombre B- ¡Oh, si pudiera mirarlo a Él y ser salvo! Todavía algo me estorba. Mi miseria natural y mi debilidad espiritual me llenan de temores.

Hombre A- No os desaniméis por lo uno, ni desesperéis por lo otro. Jesús es el antídoto contra el primero. Su Espíritu es la cura de estos últimos. Es Su oficio glorificar a Jesús tomando las cosas que son Suyas y mostrándoselas a Su pueblo, por lo cual ellos ven la infinita dignidad de Su persona, y la infinita suficiencia de Sus empresas, y tienen fe para recibir y aplicar a Jesús a sus necesitadas almas para la salvación. Es este buen Espíritu, quien llena sus mentes de gozo y paz al creer, y produce todos los frutos de justicia en sus vidas. Que Él testifique a tu espíritu que eres un hijo de Dios, un miembro de Cristo y un heredero de la gloria: Así poseerás la paz presente y recibirás la felicidad futura. Al amor del Señor Dios os encomiendo. Recuerda una vez más que Jesús murió por los pecadores.

Hombre B- Y espero que no me eche fuera, aunque vengo a él como un gran pecador.

Hombre A- Tienes Su palabra de que Él no lo hará, Su palabra que no puede ser quebrantada.

Hombre B- En eso entonces confiaré, siendo el Señor mi ayudador: “Vengo a ti, Señor Jesús, porque prometiste que no me echarías fuera, y en ti esperaré. Hágase en mí según tu palabra. " Amén.

martes, 29 de marzo de 2022

Mi Redentor vive

Extracto del libro: Todo por gracia
Autor: C. H. Spurgeon

Le he estado hablando continuamente a mi lector acerca de Cristo crucificado, quien es la gran esperanza del culpable; pero es sabio que recordemos que nuestro Señor resucitó de los muertos y vive eternamente.

No se te pide confiar en un Jesús muerto, sino en uno que, aunque murió por nuestros pecados, resucitó para nuestra justificación. Puedes acudir a Jesús de inmediato como a un amigo que vive y está presente. Él no es un simple recuerdo, sino una persona que existe continuamente y que oirá tus oraciones y las responderá. Él vive y tiene el propósito de continuar la obra por la cual entregó Su vida una vez. Él está intercediendo por los pecadores a la diestra del Padre, y, por esta razón, puede salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios. Ven y prueba a este Salvador viviente si no lo has hecho nunca antes.

Este Jesús vivo es también elevado a una eminencia de gloria y poder. Él no se aflige ahora como ‘un hombre humillado delante de sus enemigos’, ni trabaja como ‘el hijo del carpintero’; sino que es exaltado por sobre los principados y las potestades y sobre todo nombre que se nombra. El Padre le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, y Él ejerce este excelso poder llevando a cabo Su obra de gracia. Oye lo que Pedro y los otros apóstoles testificaron en relación a Él, ante el sumo sacerdote y el concilio:

“El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados (Hechos 5: 30, 31).

La gloria que rodea al Señor ascendido debería infundir esperanza en el pecho de todo creyente. Jesús no es una persona insignificante:

Él es “un Salvador y Príncipe”. Él es coronado y entronizado como Redentor de los hombres. En Él está investida la soberana prerrogativa de la vida y la muerte; el Padre ha puesto a todos los hombres bajo el gobierno mediador del Hijo, de tal manera que Él puede revivir a quien quiera. Él abre, y nadie cierra. A Su palabra, el alma que está atada con las cuerdas del pecado y de la condenación, puede ser liberada en un instante. Extiende el cetro de plata, y cualquiera que lo toque, vive.

Es bueno para nosotros que así como el pecado vive, y la carne vive, y el demonio vive, de igual manera, Jesús vive; y es bueno también que independientemente de cualquier fuerza que todos ellos tengan para arruinarnos, Jesús tenga todavía mayor poder para salvarnos. Toda Su exaltación y habilidad están a nuestra cuenta. “Él es exaltado para ser”, y exaltado “para dar”. Él es exaltado para ser un Príncipe y un Salvador, para dar todo lo que se requiere para lograr la salvación de todos lo que se someten a Su gobierno. Jesús no tiene nada que no use para la salvación de un pecador, y toda Su persona se muestra en las abundancias de Su gracia. Él vincula Su condición de Príncipe a Su condición de Salvador, como si no quisiera poseer la una sin la otra; y manifiesta que Su exaltación tiene el propósito de traer bendiciones a los hombres, como si esta fuese la flor y la corona de Su gloria. ¿Podría haber algo mejor diseñado para levantar las esperanzas de los pecadores que buscan y que están mirando en dirección a Cristo? 

Jesús soportó gran humillación, y por tanto, había espacio para que fuera exaltado. Por esa humillación Él cumplió y soportó toda la voluntad del Padre, y por eso fue recompensado al ser elevado a la gloria. Él usa esa exaltación a favor de Su pueblo. Mi lector debe alzar sus ojos a esos montes de gloria, de donde ha de venir Su ayuda. Debe contemplar las excelsas glorias del Príncipe y Salvador.

¿Acaso no es sumamente esperanzador para los hombres que un Hombre esté ahora sobre el trono del universo? ¿Acaso no es glorioso que el Señor de todo sea el Salvador de los pecadores? Tenemos un amigo en la corte; sí, un amigo en el trono. Él usará toda Su influencia por aquellos que confían sus asuntos en Sus manos. Bien canta uno de nuestros poetas: 

“Él vive siempre para interceder 

Delante del rostro de Su Padre; 

Entrégale tu causa, alma mía, para que interceda, 

Y no dudes de la gracia del Padre.”

Acude, amigo, y confía tu causa y tu caso a aquellas manos que fueron traspasadas una vez, y que ahora están glorificadas con la sortija del sello del poder y del honor reales. Ningún caso se perdió jamás si ha sido presentado por este grandioso Abogado.

miércoles, 31 de marzo de 2021

Visiones del Cielo y el Infierno

Extracto del Libro: Visiones del Cielo y el infierno.
Autor: Juan Bunyan.

Planeando el Suicidio

Cuando las personas malignas caminan en una vida de pecado, y se dan cuenta que hay que temer al juicio de Dios, entonces comienzan a desear que no haya un Dios que los pueda castigar. Y poco a poco se convencen de que no hay un Dios, y buscan discusiones que apoyen su opinión. Tuve la desgracia de conocer a alguien así, que siempre me decía que no existía ni Dios, ni el diablo, ni cielo o infierno.
Y yo con miedo y temblor le escuché hablar así de estos asuntos, y hablaba tan seguido de esto que empecé a considerar de lo que hablaba. En este tiempo mi mente se encontraba tan confundida que ni recordaba las verdades de Dios que antes eran tan claras para mí en un pasado. Nunca yo podría pensar que no había un Dios, pero con grandes horrores, y aun así cuestionaba la verdad de Su ser. No hubiera sido parte de la esperanza del cielo o cambiado esto ni por todas las riquezas del mundo. Y todavía no sabía si aún existiera tal lugar.
En una mañana salí a un bosque cercano, donde había planeado ir a matarme. Pero antes de sacar el cuchillo una voz, me susurró al oído:

“No caigas en miseria eterna y retribuyas al enemigo con tu alma”.

El golpe fatal que estás a punto de darte, va a sellar tu condenación. Y si acaso hay un Dios, tan seguro como si lo hubiera, ¿cómo puedes pedir por misericordia de Él si estás dispuesto a destruirte a ti mismo, al que está hecho a Su semejanza?”.

¿De dónde vino este susurro? No lo sé, pero yo sé que vino de parte de Dios; porque esa voz vino con tanto poder que me hizo tirar el cuchillo, y me mostró la verdadera maldad del suicidio. El horror de lo que iba hacer me dejó tan traumado que casi no podía sostenerme. Reconocí que mi liberación venía del Señor, y en agradecimiento le adoré.

Me arrodillé allí a adorarle, y le pedí que se llevara la oscuridad de mi alma y nunca negaría Su existencia o Su poder el cual acababa yo de experimentar.

De repente estaba rodeado de su luz gloriosa, la luz más grande que nunca había visto antes. Vi venir a una gloriosa persona como un hombre, pero rodeado de rayos de luz y gloria y brillaba mientras más se acercaba a mí. Traté de ponerme de pie, pero no me quedaba nada de fuerza, y solo caí con mi rostro al piso, cuando él me levantó fue entonces que recuperé mis fuerzas, yo le dije, “¿Mi brillante libertador, cómo puedo expresar mi gratitud, y cómo es que te debo de adorar?”. Él respondió con majestad y suavidad, “Dale tu adoración a Dios, y no a mí porque yo solo soy una creación así como tú. Yo he sido mandado por el que tú tan firmemente niegas la existencia, para detenerte, de que entres a tu ruina eterna”.

Esto tocó mi corazón de tal manera que me dio una grande sensación de lo indigno que soy, y solo podía sollozar, “¡Oh, qué tan absolutamente insignificante soy delante de tu gracia y misericordia!”, y a esto el mensajero celestial respondió, “Cuando Dios decide mostrar misericordia, él no tiene que consultar a tu indignidad, pero solo a Sus bondades ilimitadas y amplio amor. Él vio que el mayor enemigo de las almas, deseaba tu ruina, pero Él te levantó con Su poder secreto. A través de esto, cuando Satanás creyó que estabas destruido, la trampa se quebró y escapaste”. Estas palabras me quebrantaron y me puse a cantar, y a alabar a mi Salvador y solo Él es Dios.

Más allá del Sol y las Estrellas

El mensajero divino dijo después, “ahora nunca negarás la existencia de lo eterno. Yo he venido a mostrarte la verdad de ellos: no tan solo por fe, pero también por vista. Te mostraré cosas nunca vistas por ojo humano, y tus ojos tomarán fuerzas para poder resistir las cosas celestiales”.

Estaba muy sorprendido por las palabras del ángel, y dudé que lo pudiera resistir, le contesté yo:

“¿Quién ha podido resistir tal cosa?” y él respondió, “El gozo de tu Señor será tu fortaleza” cuando él dijo esto, me tomó y dijo: “No temas, porque he sido enviado para mostrarte cosas nunca antes vistas”.

Y antes de yo darme cuenta, me encontraba muy lejos de la tierra, la cual parece ser no tan pequeña.

Entonces le pregunté a mi conductor brillante, “Por favor no se vaya a ofender si le hago una o dos preguntas”.

Él me contestó, “Habla, es mi trabajo, ¿De qué quieres saber? Porque yo solo soy espíritu ministrador, enviado para ministrarte a ti y aquellos que heredan la salvación”.

Y luego le respondí, “Por favor oriéntame de ese lunar oscuro que se ve allí abajo, que parece hacerse más y más pequeño a medida que nos vamos retirando, y lo miro más oscuro ahora que estoy más cerca de la luz”.

Mi conductor respondió, “Ese lunar que ahora se ve más oscuro y despreciado es el mundo en el cual has vivido hasta hoy. Para obtener una pequeña fracción de ese mundo muchos hombres han perdido sus almas inmortales; las cuales son tan preciosas que el Príncipe de Paz nos ha dicho que aunque el hombre se ganara todo el mundo, la pérdida sería mucho más grande. Por el hecho que has estado ascendiendo más y más alto hacia el cielo, el mundo te parecerá incluso más pequeño y más insignificante; y representará lo mismo a todos aquellos que lo hayan superado en la fe y elevan sus corazones sobre él. Si los hijos de los hombres pudieran ver el mundo exactamente como es, no lo codiciarían como lo hacen ahora, pero también están en un estado de oscuridad. Y lo peor de todo es que ellos aman el andar en las tinieblas. Por eso el Príncipe de Luz vino y habitó entre ellos y les mostró la luz verdadera, y aun así ellos se inclinaron a las tinieblas y no quieren ver la luz, porque sus obras son malignas”.

Entonces le pregunté, “¿Qué son esas multitudes con figuras oscuras que vuelan sobre el mundo?” estaba yo muy temeroso de ellos, pero miré que mientras pasábamos por ahí, ellos huyeron; quizás no pudieron resistir tu resplandor”.

Y él me contesto: “Ellos son ángeles caídos que por su orgullo y rebelión fueron echados del cielo. Ellos vagan en el aire por decreto del Todopoderoso, están atados en tinieblas y estarán allí hasta el juicio del gran día. Ellos tienen permitido descender al mundo, tanto para el juicio de los elegidos, y para la condenación del malvado. Y aunque se ve que ahora tienen figuras negras y horribles, sin embargo, una vez fueron los hijos de la Luz. Una vez fueron vestidos con trajes de brillantes gloriosos, como lo que yo traigo puesto. Por eso perdieron esto, a pesar de que fue el resultado de su propio pecado voluntario, están llenos de ira y odio contra Dios siempre bendito cuyo poder y majestad ellos temen y odian.

"Dime," le dije, "¡Oh, bendito conductor!, ¿ellos no tienen esperanza de ser reconciliados con Dios de nuevo, después de un período de tiempo, o por lo menos algunos de ellos?".

"No, en lo absoluto, están perdidos para siempre. Fueron los primeros que pecaron, y no tenía tentador. Y fueron todos a la vez arrojados del cielo.

Además, el Hijo de Dios, el Mesías bendito por quien únicamente la salvación es posible. No tomó sobre sí la naturaleza angelical. Dejó a los ángeles apóstatas a que perecieran, y tomó sobre sí la simiente de Abraham. Por esta razón ellos tienen tanto odio en contra de los hijos de los hombres, porque para ellos es un tormento el saber que los hijos de los hombres son hechos herederos del cielo, mientras que ellos están condenados al infierno".

En ese momento estábamos por encima del sol. Mi conductor me dijo que este poderoso globo de fuego era una de las grandes obras de Dios. Sin embargo, todas las estrellas no eran menos maravillosas, cuya gran distancia hace que parezcan como velas delante de nuestros ojos. Cuelgan en sus lugares designados sin ningún apoyo. Nada más que la palabra de Dios que primero los creó a ellos, podría mantenerlos en sus puestos.

"Estas palabras son suficientes", le dije a mi conductor, "Para convencer a los hombres de la gran potencia de su Creador, y para demostrar la maldad de esa incredulidad, que cuestiona la existencia de Dios que ha dado tantas evidencias de su poder y gloria. Si los hombres dejaran de ser como bestias y observaran, no podrían dejar de reconocer Su gran poder y sabiduría”.

"Tú has hablado con la verdad", respondió. "Pero verás cosas mucho mayores que éstas. Estas obras no son más que las tarimas y obras exteriores de ese lugar glorioso de donde habita el BENDITO. A la vista de lo que ahora vez, eres tu capaz de comprenderlo".

En un momento me pareció que mi conductor me había hablado con la verdad. Porque yo me encontré transportado al cielo, donde vi cosas que son imposibles de describir, y oído hermosas canciones que nunca podría cantar. Quien no ha visto esa gloria le es imposible de describir, pero muy imperfecta sería su descripción de lo que es realmente, y los que lo han visto no pueden describir o acercarse siquiera en parte de lo que es en la realidad. Por lo tanto, el gran apóstol de los gentiles, nos dice que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no son posibles para un hombre pronunciar, escribió que "Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni ha subido en corazón de hombre por pensamiento, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman”. Yo daré mi mejor esfuerzo en describir lo que vi y oí según pueda recordar.

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