martes, 7 de enero de 2025
El Hombre del Hoyo
lunes, 18 de marzo de 2024
Un Mar Tempestuoso
Las muchas decepciones, las grandes aflicciones y perplejidades que experimenté, me dejaban en una horrenda disposición de conflicto con el Todopoderoso; y con vehemencia y hostilidad interiores hallaba fallas en sus maneras de tratar con la humanidad. Mi corazón inicuo, por muchas veces, deseaba algún otro camino de salvación que no fuera por Jesucristo. Al igual que un mar tempestuoso, con mis pensamientos confusos, solía planear maneras de escapar de la ira de Dios por algunos otros medios. Yo trazaba proyectos extraños, repletos de ateísmo, planeando decepcionar los designios y decretos divinos a mi respecto; o de escapar de su atención y ocultarme de Él.
Pero al reflexionar, vi que estos proyectos eran vanos y no me servirían; y que yo no podía crear nada para mi propio alivio. A eso jugaba mi mente en la más horrenda actitud, deseando que Dios no existiera; o deseando que hubiera algún otro dios que pudiera controlarlo. Tales pensamientos y deseos eran las inclinaciones secretas de mi corazón; muchas veces actuando antes de que pudiera darme cuenta de ellas. Desgraciadamente, sin embargo, eran mías; aunque quedara aterrorizado cuando meditaba acerca de ellas. Y cuando reflexionaba, me afligía pensar que mi corazón estaba tan lleno de enemistad contra Dios, y temblaba; temiendo que su venganza de repente cayera sobre mí.
Antes, solía imaginar que mi corazón no era tan malo como las Escrituras, y algunos otros libros, lo describían. A veces me esforzaba dolorosamente para moldear una buena disposición, una disposición humilde y sumisa; y esperaba que hubiera alguna bondad en mí. Pero, de repente, la idea de la rigidez de la ley o de la soberanía de Dios irritaba tanto la corrupción de mi corazón, el cual yo tanto vigilaba y esperaba haber traído a una buena disposición; que tal corrupción rompía todas las ataduras y explotaba por todos lados, como diluvios de aguas cuando desmoronan una represa.
Sensible a la necesidad de profunda humillación, a fin de tener una aproximación salvadora, me empeñaba en producir en mi propio corazón las convicciones exigidas por tal humillación, como por ejemplo, la convicción de que Dios sería justo si me rechazara para siempre; y que si Él me concediera misericordia a mí, sería por pura gracia, aunque primero tuviera que estar afligido por muchos años y muy atareado en mi deber, y que Dios de ninguna manera estaba obligado a tener piedad de mí por todas mis obras, clamores y lágrimas pasadas.
Me esforzaba al máximo para traerme a una firme creencia en esas cosas, y a un asentimiento de ellas de todo corazón. Y esperaba que ahora yo estuviera libre de mí mismo, verdaderamente humillado, y postrado ante la soberanía divina. Estaba inclinado a decir a Dios, en mis oraciones, que ahora tenía exactamente esas disposiciones de alma que Él requería, sobre la base de las cuales Él había mostrado misericordia hacia otros; y fundado en esto implorar y abogar misericordia para mí. Pero cuando no encontraba alivio y seguía oprimido por el pecado y los temores de la ira, mi alma entraba en tumulto, y mi corazón se rebelaba contra Dios; como si Él me tratara duramente.
Entonces mi conciencia se rebelaba, recordándome mi última confesión a Dios de que Él era justo al condenarme. Y eso, dándome una buena visión de la maldad de mi corazón, me echaba de nuevo en aflicción. Deseaba haber vigilado más de cerca mi corazón, impidiéndole rebelarse contra la manera como Dios me estaba tratando. E incluso llegaba a desear no haber pedido misericordia sobre la base de mi humillación; porque de ese modo había perdido toda mi aparente bondad. Así, a menudo, inútilmente imaginaba que estaba humillado y preparado para la misericordia salvadora.
[...] Así pues, aplazaba el entregarme a las manos de Dios, y buscaba mejores circunstancias para hacerlo, tales como: si yo leyese uno o dos pasajes bíblicos, u orase primero, o hiciera algo de esa naturaleza; o después aplazar mi sumisión a Dios con una objeción, diciendo que no sabía cómo someterme a Él. Pero la verdad era que no percibía ninguna seguridad en arrojarme en las manos de Dios, ni podía reclamar nada mejor que la condena.
Después de un tiempo considerable, pasado en ejercicios y aflicciones similares, una mañana mientras caminaba en un lugar solitario, de repente vi que todas mis artimañas y proyectos para realizar o buscar liberación y salvación por mí mismo eran cosas enteramente inútiles. Y fui traído a una posición en la que me hallaba totalmente perdido. Muchas veces, antes, había pensado que las dificultades en mi camino eran muy grandes; pero ahora percibía, bajo otra y muy distinta luz, que para siempre me sería imposible hacer cualquier cosa que me ayudara o liberase. Entonces pensé en acusarme a mí mismo, en el sentido de que no había hecho más, no haberme comprometido más mientras tuve oportunidad -pues ahora me parecía como si la oportunidad de hacer algo hubiera terminado e ido para siempre- pero de pronto percibí que haber hecho más de lo que yo ya había hecho, en nada me habría ayudado. Porque había hecho todas las súplicas que jamás podría haber hecho por toda la eternidad, y todas fueron vanas.
Mientras permanecí en ese estado, mis nociones sobre mis deberes eran muy diferentes de lo que me había imaginado en tiempos pasados. Antes, cuanto más cumplía mis deberes, más difícil creía que sería para Dios rechazarme; aunque al mismo tiempo, confesara y pensara el no haber ninguna bondad o mérito en mis deberes. Ahora, sin embargo, cuanto más oraba o hacía cualquier deber, más bien sentía que estaba endeudado con Dios; por permitirme pedir por misericordia. Porque observaba que el egocentrismo me había llevado a orar, y que nunca había orado una vez ni siquiera motivado por cualquier respeto hacia la gloria de Dios.
Ahora percibía que no había ninguna conexión necesaria entre mis oraciones y la concesión de la misericordia divina; que no ponían sobre Dios la mínima obligación de conferirme su gracia; y que no había más virtud o bondad en ellas que en intentar remar con las manos (la comparación que en aquel momento tenía en mente). Y eso, porque no se hacían motivadas por cualquier amor o consideración hacia Dios. Me di cuenta de que venía acumulando mis devociones ante Dios, ayunando, orando, etc., fingiendo, o algunas veces realmente pensando que apuntaba hacia la gloria de Dios; cuando de hecho yo no la buscaba, sino sólo mi propia felicidad.
Vi que como nunca había hecho nada por Dios, no tenía reivindicación alguna en cualquier cosa de Él; sino la perdición por cuenta de mi hipocresía y escarnio. ¡Oh, cuán diferentes parecían ahora mis deberes de lo que solían parecer! Mas cuando vi claramente que nada consideraba, a no ser mis propios intereses, entonces mis deberes me parecieron un vil escarnio de Dios, una auto-adoración; y un camino revestido de mentiras. He notado que algo peor que meras distracciones había acompañado mis deberes; porque todo no pasaba de auto-adoración, y un horrendo abuso de Dios.
Continué en ese estado mental desde el viernes por la mañana hasta la noche del sábado siguiente, 12 de julio de 1739, cuando yo de nuevo caminaba en aquel mismo lugar solitario donde fui llevado a verme como perdido y desamparado. Allí, en un lamentable estado melancólico, estaba tratando de orar, pero descubrí que mi corazón no quería involucrarse en oración o cumplir cualquier otro deber. Ahora había desaparecido mi preocupación anterior, mis ejercicios y afectos religiosos. Pensé que el Espíritu de Dios me había dejado totalmente. Pero yo no me sentía angustiado, sino desconsolado, como si nada en el cielo y en la tierra me pudiera hacer feliz.
Estando en ese estado me esforcé a orar por casi media hora, aunque como pensé, eso era muy estúpido e insensato. Entonces, cuando caminaba en un bosque espeso y oscuro, una gloria indecible pareció abrirse a los ojos y a la comprensión de mi alma. No estoy hablando de ningún esplendor externo, porque no he visto tal cosa, ni ninguna imaginación de un cuerpo de luz, o cualquier cosa de esa naturaleza; pero era una nueva percepción interior o visión que yo tenía de Dios, tal como nunca tuve antes.
Me quedé quieto y admirado. Sabía que nunca antes había visto algo comparable a ello por excelencia y belleza; era muy diferente de todas las concepciones que alguna vez tuve de Dios, o de las cosas divinas.
No recibí comprensión particular de cualquiera de las personas de la Trinidad, tanto del Padre, el Hijo o el Espíritu Santo; pero me parecía estar contemplando la gloria divina. Mi alma se regocijó con una alegría indecible, por contemplar tal Dios, un tal divino y glorioso Ser. E interiormente me sentía deleitado y satisfecho, por el hecho de que Él sería Dios sobre todo y para todo, siempre. Mi alma estaba tan cautivada y deleitada con la excelencia, la amabilidad, la grandeza y otras perfecciones de Dios; y estaba tan absorto en Él que yo no pensaba, como recuerdo, acerca de mi propia salvación; que al principio me asusté que hubiese una criatura como yo.
Fue así como Dios me trajo a una disposición de todo corazón de exaltarlo, de entronizarlo y de, suprema y finalmente, apuntar a su honor y gloria como Rey del universo.
Continué en ese estado de alegría, paz y admiración hasta casi oscurecerse, sin ningún sensible abatimiento. Entonces empecé a pensar y a examinar lo que yo había percibido; me sentí dulcemente sereno toda la noche siguiente. Me sentía en un mundo nuevo y todo a mi alrededor aparecía con un aspecto diferente de lo que había aparecido antes.
Fue en ese tiempo que se abrió para mí el camino de la salvación, con tal sabiduría, conveniencia y excelencia infinitas, que llegué a admirarme de haber pensado de cualquier otra manera acerca de la salvación. Y me sorprendió que no hubiera desistido más temprano de mis propias astucias, y hubiese accedido antes a ese bendito y excelente camino. Si yo hubiera podido ser salvo a través de mis propios deberes, o por cualquier otro medio que hubiera inventado antes, ahora toda mi alma habría rechazado tales medios. Me preguntaba por qué el mundo entero no percibía ni accedía al verdadero camino de la salvación totalmente basado en los méritos de Cristo.
martes, 6 de diciembre de 2022
El Verdadero Arrepentimiento
Extracto del libro: El Verdadero Arrepentimiento
Autor: Charles G. Finney
Ya es hora de que los que profesan ser religiosos aprendan a discriminar mucho más de lo que hacen con respecto a la naturaleza y carácter de varios aspectos de la religión. Si fuera así, la Iglesia no estaría llena de profetas falsos y sin provecho. Últimamente me he dedicado a examinar, una y otra vez, la razón por la que hay tanta religión espuria, y he procurado averiguar la causa de este problema. Es notorio que hay multitudes de personas que se consideran religiosas y que no lo son, a menos que la Biblia sea falsa. ¿Por qué hay tantos que se engañan? ¿Por qué hay tantos que tienen la idea de que se han arrepentido cuando todavía son pecadores impenitentes? La causa está, sin duda, en la falta de la instrucción que le permitiría discriminar los fundamentos de la religión, y especialmente lo que es arrepentimiento verdadero y arrepentimiento falso.
I. Voy a mostrar ahora qué es verdadero arrepentimiento.
Implica un cambio de opinión respecto a la naturaleza del pecado, y este cambio de opinión va seguido de un cambio correspondiente de los sentimientos respecto al pecado. El sentimiento es el resultado del pensamiento. Y cuando este cambio de opinión es tal que produce un cambio correspondiente de sentimiento, si la opinión es recta y hay el sentimiento correspondiente, esto es verdadero arrepentimiento. Hay que tener la opinión recta. La opinión adoptada ahora ha de ser una opinión semejante a la que Dios tiene respecto al pecado. La tristeza según Dios, tal como Dios requiere, debe proceder de un punto de vista del pecado como el que tiene Dios.
Primero: Tiene que haber un cambio de opinión respecto al pecado.
1. Un cambio de opinión respecto a la naturaleza del pecado. Al que se ha arrepentido verdaderamente, el pecado le parece algo muy diferente que a aquel que no se ha arrepentido. En vez de mirarlo como una cosa deseable o fascinante, le parece algo aborrecible, detestable, y se asombra de que él hubiera deseado algo así. Los pecadores impenitentes pueden mirar al pecado y ver que está destruyéndoles, porque Dios va a castigarles por este pecado; pero, después de todo, parece tan deseable en sí, lo aman tanto, que no quieren separarse de él.
Si el pecado pudiera terminar en la felicidad, ésta sería su porción definitiva. Pero, para el otro, el que se arrepiente, es diferente; este mira su propia conducta como algo aborrecible. Mira hacia atrás y exclama: «¡Qué detestable, qué odioso, cuán digno del infierno; y esto estaba antes en mí!».
2. Un cambio de opinión del carácter del pecado con respecto a su relación con Dios. Los pecadores no ven por qué razón Dios amenaza al pecado con castigos tan terribles. Lo aman tanto que no pueden ver por qué Dios tiene que considerarlo merecedor de un terrible castigo. Cuando han sido redargüidos de pecado lo ven bajo la misma opinión que un cristiano, y solo desean el cambio de sentimiento correspondiente para llegar a ser cristianos.
Muchos pecadores ven su relación con Dios como merecedora de la muerte eterna, pero su corazón no va con su opinión. Este es el caso de los demonios y los malos espíritus en el infierno. Nótese, sin embargo, que es necesario un cambio de opinión para el verdadero arrepentimiento y siempre le precede. El corazón nunca va a Dios con un verdadero arrepentimiento a menos que haya un cambio previo de opinión. Puede haber un cambio de opinión sin arrepentimiento, pero no hay arrepentimiento genuino sin un cambio de opinión.
3. Un cambio de opinión con relación a las tendencias del pecado. Antes el pecador piensa que es increíble que el pecado pueda ser merecedor, por sí solo, de un castigo eterno. Es posible que cambie de punto de vista en cuanto a esta opinión sin que se arrepienta, pero es imposible que alguien se arrepienta verdaderamente sin un cambio de opinión. El hombre ve el pecado en su tendencia, como destructor para él y para los demás, para el alma y el cuerpo, para el tiempo y la eternidad, y discrepando con todo lo que es bueno y feliz en el universo. Ve que el pecado es apropiado en sus tendencias para causar daño a todo y causárselo a él mismo, y que no hay remedio para él mismo excepto el abstenerse de modo universal a este. El diablo lo sabe también. Y es posible que lo sepan algunos pecadores que se hallan ahora en esta congregación.
4. Un cambio de opinión con respecto al merecimiento del pecado. La palabra traducida como arrepentimiento implica todo esto. El pecador descuidado carece casi de ideas rectas, incluso en cuanto se refiera a esta vida, respecto al merecimiento del pecado. Aun suponiendo que admite en teoría que el pecado merece la muerte eterna, no lo cree. Si lo creyera le sería imposible seguir siendo un pecador descuidado. Está engañado si supone que él, de modo sincero, acepta la opinión de que el pecado merece la ira de Dios para siempre. Pero el pecador que ha sido despertado y redargüido ya no tiene más dudas de esto que de la existencia de Dios. Ve claramente que el pecado merece el mayor castigo de parte de Dios. Sabe que esto es un simple hecho.
Segundo: En el verdadero arrepentimiento tiene que existir el cambio de sentimiento correspondiente.
El cambio de sentimiento se refiere al pecado en todos estos puntos: su naturaleza, sus relaciones, sus tendencias y su merecimiento. El individuo que se arrepiente verdaderamente no solo ve el pecado como detestable y ruin, merecedor de aborrecimiento, sino que realmente lo aborrece, lo odia en su corazón. Una persona puede ver el pecado como perjudicial y abominable; con todo su corazón lo ama, lo desea, se adhiere a él. Pero cuando se arrepiente verdaderamente lo aborrece de todo su corazón y renuncia al mismo.
En relación con Dios, su sentimiento respecto al pecado es tal como este merece. Y aquí está la fuente de este torrente de tristeza en el cual los cristianos irrumpen cuando contemplan el pecado. El cristiano lo ve en cuanto a su naturaleza y, simplemente, siente aborrecimiento. Pero cuando lo ve en relación con Dios, entonces llora; las fuentes de su tristeza siguen manando, y quiere librarse de él, postrarse y dejar correr un torrente de lágrimas por sus pecados. Luego, en cuanto a las tendencias del pecado, el individuo que se arrepiente verdaderamente lo ve tal cual es.
Cuando mira al pecado en sus tendencias, se despierta en él un deseo vehemente de pararlo, de salvar a la gente de sus pecados, de hacer volver hacia atrás el arrollador avance de la muerte. Se enciende su corazón, se pone a orar, a trabajar, a arrancar a los pecadores del fuego con toda su fuerza, a salvarlos de las terribles tendencias del pecado. Cuando el cristiano pone su mente en esto, va a moverse para que los hombres renuncien a sus pecados. Es como si viera a los hombres beber veneno, que sabe que los destruirá, y levanta la voz, advirtiéndoles que vigilen.
II. Voy a mostrar cuáles son los frutos o efectos del arrepentimiento genuino.
Quiero mostrar que vosotros sois la obra del verdadero arrepentimiento y dejar claro en vuestra mente que podéis saber de modo infalible si os habéis arrepentido o no.
1. Si tu arrepentimiento es genuino hay en tu mente un cambio consciente en los puntos de mira y los sentimientos respecto al pecado. De esto serás tan consciente como lo has sido antes a un cambio de miras y de sentimientos con respecto a cualquier otro tema en la vida. ¿Cómo puede saberse? Porque en este punto ha habido un cambio en ti, las cosas viejas han sido abandonadas y todas las cosas han sido hechas nuevas.
2. Cuando el arrepentimiento es genuino, la disposición para volver a pecar desaparece. Si te has arrepentido de veras ya no amas el pecado; no te abstienes de él por miedo, no lo evitas por el castigo, sino que lo odias. ¿Qué dices tú a esto? ¿Tienes la seguridad de que tu disposición a cometer el pecado ha desaparecido? Mira a los pecados que acostumbrabas practicar cuando eras impenitente, ¿qué tal te parecen ahora? ¿Te parecen agradables? ¿Te gustaría volver a practicarlos si te atrevieras? Si es así, si te queda la disposición para pecar, es que solo has sido redargüido de pecado. Tus opiniones sobre el pecado pueden haber cambiado, pero si permanece el amor al pecado, ten la absoluta certeza de que eres todavía un pecador impenitente.
3. El arrepentimiento genuino obra una reforma de la conducta. Entiendo que esta idea está principalmente indicada en el texto donde dice: «La tristeza que es según Dios produce un arrepentimiento para salvación». El arrepentimiento según Dios produce una reforma de la conducta. De otro modo, es una repetición de la misma idea; es decir, que el arrepentimiento produce arrepentimiento. Por ello supongo que el apóstol está hablando de un cambio en la mente que produce un cambio de conducta que termina en salvación.
Permíteme ahora preguntarte si estás realmente reformado. ¿Has abandonado tus pecados? ¿O los estás practicando todavía? Si es así, todavía eres un pecador. No importa cuánto haya cambiado tu mente, si no ha traído un cambio de conducta, tu reforma real no es arrepentimiento según Dios, o sea, el que Dios aprueba.
4. El arrepentimiento, cuando es verdadero y genuino, conduce a la confesión y a la restitución. El ladrón no se ha arrepentido en tanto que guarda el dinero que ha robado. Puede tener convicción de pecado pero no arrepentimiento. Si se ha arrepentido, ha devuelto el dinero. Si tú me has estafado y no me devuelves lo que me has quitado injustamente, o si has injuriado o perjudicado a alguien y no has rectificado el daño que causaste, por lo que a ti te afecta, no te has arrepentido verdaderamente.
5. El verdadero arrepentimiento es un cambio permanente de carácter y de conducta. El texto dice que es arrepentimiento para salvación, del que «no hay que tener pesar». ¿Qué quiere decir el apóstol con esta expresión sino que el verdadero arrepentimiento es un cambio tan profundo y fundamental que el hombre no se vuelve atrás otra vez? La gente lo lee a veces como diciendo: un arrepentimiento del que uno no tiene por qué arrepentirse. Pero esto no es lo que dice.
Repito: es un arrepentimiento del que, el que lo hace, ya no se vuelve atrás. El amor al pecado es verdaderamente abandonado. El individuo que se ha arrepentido verdaderamente, que ha cambiado sus opiniones y sus sentimientos, ya no cambiará otra vez, no volverá a amar el pecado. Recuerda esto bien, que el pecador penitente verdadero experimenta sentimientos de los que no volverá a arrepentirse.
El texto dice que son «para salvación». Va directo al mismo descanso del cielo. La misma razón por la que termina en salvación es que no vuelve a arrepentirse de haberlo hecho. Y aquí no puedo por menor que hacer resaltar que se ve por qué la doctrina de la Perseverancia de los Santos es verdadera, y lo que significa. El verdadero arrepentimiento es un cambio de sentimientos tan completo y el individuo que lo experimenta llega a aborrecer de tal modo el pecado, que perseverará en él, y no se volverá atrás de su arrepentimiento para volver al pecado otra vez.
viernes, 8 de julio de 2022
UN DIÁLOGO
Autor: John Newton
(Este Diálogo puede ser el que Newton escribió para su publicación en 1760/61, mencionado en su diario el miércoles 14 de enero de 1761: “En la Watch House terminé una carta que comencé ayer para el Sr. Romaine, y estoy transcribiendo un diálogo (que escribió recientemente) para enviárselo, para que, si lo aprueba, se imprima”. El Diálogo anterior ha sido transcrito de la versión que se encuentra en la Biblioteca Bodleian, catalogada como 'Un Diálogo [sobre Matt. 11:28]', y dada una fecha estimada de c. 1785).
martes, 29 de marzo de 2022
Mi Redentor vive
Extracto del libro: Todo por graciaAutor: C. H. Spurgeon
Le he estado hablando continuamente a mi lector acerca de Cristo crucificado, quien es la gran esperanza del culpable; pero es sabio que recordemos que nuestro Señor resucitó de los muertos y vive eternamente.
No se te pide confiar en un Jesús muerto, sino en uno que, aunque murió por nuestros pecados, resucitó para nuestra justificación. Puedes acudir a Jesús de inmediato como a un amigo que vive y está presente. Él no es un simple recuerdo, sino una persona que existe continuamente y que oirá tus oraciones y las responderá. Él vive y tiene el propósito de continuar la obra por la cual entregó Su vida una vez. Él está intercediendo por los pecadores a la diestra del Padre, y, por esta razón, puede salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios. Ven y prueba a este Salvador viviente si no lo has hecho nunca antes.
Este Jesús vivo es también elevado a una eminencia de gloria y poder. Él no se aflige ahora como ‘un hombre humillado delante de sus enemigos’, ni trabaja como ‘el hijo del carpintero’; sino que es exaltado por sobre los principados y las potestades y sobre todo nombre que se nombra. El Padre le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, y Él ejerce este excelso poder llevando a cabo Su obra de gracia. Oye lo que Pedro y los otros apóstoles testificaron en relación a Él, ante el sumo sacerdote y el concilio:
“El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados (Hechos 5: 30, 31).
La gloria que rodea al Señor ascendido debería infundir esperanza en el pecho de todo creyente. Jesús no es una persona insignificante:
Él es “un Salvador y Príncipe”. Él es coronado y entronizado como Redentor de los hombres. En Él está investida la soberana prerrogativa de la vida y la muerte; el Padre ha puesto a todos los hombres bajo el gobierno mediador del Hijo, de tal manera que Él puede revivir a quien quiera. Él abre, y nadie cierra. A Su palabra, el alma que está atada con las cuerdas del pecado y de la condenación, puede ser liberada en un instante. Extiende el cetro de plata, y cualquiera que lo toque, vive.
Es bueno para nosotros que así como el pecado vive, y la carne vive, y el demonio vive, de igual manera, Jesús vive; y es bueno también que independientemente de cualquier fuerza que todos ellos tengan para arruinarnos, Jesús tenga todavía mayor poder para salvarnos. Toda Su exaltación y habilidad están a nuestra cuenta. “Él es exaltado para ser”, y exaltado “para dar”. Él es exaltado para ser un Príncipe y un Salvador, para dar todo lo que se requiere para lograr la salvación de todos lo que se someten a Su gobierno. Jesús no tiene nada que no use para la salvación de un pecador, y toda Su persona se muestra en las abundancias de Su gracia. Él vincula Su condición de Príncipe a Su condición de Salvador, como si no quisiera poseer la una sin la otra; y manifiesta que Su exaltación tiene el propósito de traer bendiciones a los hombres, como si esta fuese la flor y la corona de Su gloria. ¿Podría haber algo mejor diseñado para levantar las esperanzas de los pecadores que buscan y que están mirando en dirección a Cristo?
Jesús soportó gran humillación, y por tanto, había espacio para que fuera exaltado. Por esa humillación Él cumplió y soportó toda la voluntad del Padre, y por eso fue recompensado al ser elevado a la gloria. Él usa esa exaltación a favor de Su pueblo. Mi lector debe alzar sus ojos a esos montes de gloria, de donde ha de venir Su ayuda. Debe contemplar las excelsas glorias del Príncipe y Salvador.
¿Acaso no es sumamente esperanzador para los hombres que un Hombre esté ahora sobre el trono del universo? ¿Acaso no es glorioso que el Señor de todo sea el Salvador de los pecadores? Tenemos un amigo en la corte; sí, un amigo en el trono. Él usará toda Su influencia por aquellos que confían sus asuntos en Sus manos. Bien canta uno de nuestros poetas:
“Él vive siempre para interceder
Delante del rostro de Su Padre;
Entrégale tu causa, alma mía, para que interceda,
Y no dudes de la gracia del Padre.”
Acude, amigo, y confía tu causa y tu caso a aquellas manos que fueron traspasadas una vez, y que ahora están glorificadas con la sortija del sello del poder y del honor reales. Ningún caso se perdió jamás si ha sido presentado por este grandioso Abogado.
miércoles, 31 de marzo de 2021
Visiones del Cielo y el Infierno
Extracto del Libro: Visiones del Cielo y el infierno.
Autor: Juan Bunyan.
Planeando el Suicidio
Más allá del Sol y las Estrellas
Entradas populares
-
Extracto del Libro: Cabecearon Todas y Se Durmieron pág. 125-126| Autor: Marvin Byers. Desafortunadamente, las diez vírgenes cabecearon y se...
-
Extracto del libro: Aquella puerta estrecha | páginas 12-13 ...A la tía Ann, quien fue realmente la tutora del niño, le gustaba contar la...
-
El libro de los Jueces en la Biblia, nos cuenta la historia del pueblo de Israel cuando no había rey y nos dice algo muy interesante, ...
-
¿Quieres meditar sobre los eventos de estos días del fin? Compartimos este cuadro donde se compara la primera venida del Señor Jesús, con lo...
-
Extracto del Libro: Esperando en Dios Autor: Andrew Murray He aquí el ojo de Jehová está sobre los que le temen, Sobre los que esperan en s...
-
Extracto del libro: No améis al mundo Autor: T. S. Nee Fuente Foto …En Dios mismo hay una paz, una profunda calma de espíritu que lo mantien...
-
SALMO 22 Al músico principal; sobre Ajelet-sahar. Salmo de David. Ajelet-sahar , significa, "La sierva de la mañana" -> est...
-
La última revista de La Voz de los Mártires contenía un maravilloso ejemplo del poder de la oración perseverante. Dios es el mismo ayer, hoy...





