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¿Por qué el sufrimiento? — Glorificando a Dios — Sus riquezas


By John Newton, 1772.

Había estado deseando tener noticias suyas para saber a dónde escribirles. Espero poder asegurarles mi amistosa simpatía en medio de sus pruebas. Puedo, en cierta medida, suponer lo que sienten por lo que yo mismo he visto y sentido en casos en los que he estado estrechamente involucrado. Pero mi compasión, aunque sincera, es ineficaz: si bien puedo compadecerme, no puedo dar alivio. Todo lo que puedo hacer es, según el Señor me lo permita, recordarles a ambos ante Él. Pero hay Uno cuya compasión es infinita. El amor y la ternura de diez mil amigos terrenales, de diez mil madres hacia sus hijos de pecho, comparados con los de Él, son menos que una gota de agua frente al océano; y Su poder también es infinito.

¿Por qué, entonces, continúan nuestros sufrimientos, siendo Él tan compasivo y pudiendo quitarlos con una sola palabra? Ciertamente, si no podemos dar las razones particulares (de las cuales Él nos informará más adelante, según Juan 13:7), la razón general está a la mano: Él no aflige por Su propio placer, sino por nuestro provecho; para hacernos partícipes de Su santidad y porque nos ama.

No juzgues al Señor por tus débiles sentidos,
sino confía en Él por Su gracia:
detrás de una providencia ceñuda,
Él esconde un rostro sonriente.

Deseo que hallen mucho consuelo en el pensamiento de David en el Salmo 142:3: «Cuando mi espíritu se angustiaba dentro de mí, tú conocías mi senda». El Señor no se ha retirado a una gran distancia; Su ojo está sobre ustedes y no les mira con la indiferencia de un mero espectador. Él observa con atención; Él conoce y considera su camino; es más, Él lo dispone, y cada circunstancia en él está bajo Su dirección. Su tribulación comenzó en la hora que Él consideró mejor: no pudo haber llegado antes; y Él ha marcado el grado de la misma con la precisión de un cabello, y su duración hasta el minuto. Él sabe asimismo cómo se ve afectado el espíritu de ustedes; y proporcionará tales suministros de gracia y fortaleza, y en los momentos que Él vea necesarios. De modo que, cuando las cosas parezcan más oscuras, todavía podrán decir: «Aun castigados, mas no muertos». Por tanto, esperen en Dios, porque aún han de alabarle.

Pediré para que las aguas de Bath sean beneficiosas, y que las aguas del santuario allí sean sanadoras y vivificantes para todos ustedes. Nuestro Dios todopoderoso puede dar tiempos de refrigerio en las horas más sombrías y atravesar las nubes más espesas de aflicción o angustia externa. A ustedes se les ha concedido no solo creer en Jesús, sino sufrir por Su causa: pues así lo hacemos, no solo cuando somos llamados a seguirle a la prisión o a la muerte, sino cuando Él nos capacita para sobrellevar los designios aflictivos con la debida sumisión y paciencia.

Entonces Él es glorificado: entonces Su gracia y poder se manifiestan en nosotros. El mundo, en la medida en que conoce nuestro caso, tiene ante sí una prueba de que nuestra religión no es meramente nocional (teórica), sino que hay poder y realidad en ella. Y el pueblo del Señor se anima por lo que ve de Su fidelidad hacia nosotros. Y hay aún más ojos puestos en nosotros. Somos un espectáculo para el universo, tanto para los ángeles como para los hombres. Cobren ánimo: el Señor los ha puesto en su actual situación de prueba para que tengan la oportunidad más propicia de adornar su profesión del Evangelio; y aunque sufran mucho, Él es capaz de compensarles abundantemente. No necesito recordarles que Él ha sufrido indeciblemente más por ustedes: Él bebió por amor a ustedes una copa de ira pura, y solo pone en sus manos una copa de aflicción mezclada con muchas misericordias.

El relato que me dieron del pobre hombre retenido en la posada fue muy conmovedor. Tales escenas son, o deberían ser, instructivas, para enseñarnos resignación bajo las pruebas que debemos enfrentar cada día. Pues no solo somos visitados menos de lo que nuestras iniquidades merecen, sino mucho menos de lo que muchos de nuestros semejantes enfrentan a diario. No necesitamos buscar lejos ni por mucho tiempo para encontrar a otros en peor situación que la nuestra. Si un ataque de gota o un cólico es tan penoso y difícil de soportar, ¿cuánto le debemos a Aquel que nos libró de aquel lugar de tormento inefable, donde hay llanto, lamento y crujir de dientes para siempre, sin esperanza ni tregua?

Y si no podemos evitar conmovernos ante los gemidos de un extraño, ¿cómo deberían sonar continuamente en nuestros oídos los gemidos de Jesús? ¿Qué son todos los demás sufrimientos comparados con los Suyos? Y, sin embargo, los soportó voluntariamente. No habría tenido que sufrirlos si hubiera querido dejarnos perecer; pero tal fue Su amor, que murió para que nosotros viviéramos, y soportó las agonías más feroces para abrirnos la puerta de la paz y la felicidad eternas.

¡Qué asombrosamente perverso es mi corazón, que puedo conmoverme más con una historia triste en un periódico sobre personas que nunca vi, que con todo lo que leo de Su amarga pasión en el huerto y en la cruz, aunque profeso creer que lo soportó todo por mí! ¡Oh, si pudiéramos contemplarle siempre por la fe como evidentemente crucificado ante nuestros ojos, cómo sosegaría eso nuestros espíritus frente a todos los dulces y amargos de esta pobre vida! ¡Qué estandarte resultaría contra todos los lazos y tentaciones con que Satanás quiere arrastrarnos al mal; y qué base firme de confianza nos proporcionaría en medio de los conflictos que sostenemos por la obra de la incredulidad y el pecado que mora en nosotros! Anhelo más de esa fe que es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve, para que pueda ser preservado humilde, agradecido, vigilante y dependiente. Contemplar la gloria y el amor de Jesús es el único camino eficaz para participar de Su imagen.

Hemos de partir esta noche desde la "casa del Intérprete" hacia la "colina de la Dificultad", y esperamos ser favorecidos con una visión de la cruz en el camino. Estar al pie de ella con un corazón ablandado y ojos que se deshacen en lágrimas; olvidar nuestros pecados, penas y cargas mientras somos totalmente absorbidos por la contemplación de Aquel que llevó nuestros pecados en Su propio cuerpo sobre el madero, es ciertamente la situación más deseable de este lado de la tumba. Hablar de ello y verlo por la luz del Espíritu son cosas muy diferentes; y aunque no siempre podemos disfrutar de esta visión, el recuerdo de lo que hemos visto es un excelente medio de aliento para subir la colina y enfrentar a los leones.

Creo que apenas tendré tiempo de llenar mi papel en esta ocasión. Ya es sábado por la tarde y se hace tarde. Acabo de regresar de una caminata seria, que es mi manera habitual de cerrar la semana cuando el clima es agradable. Intento unirme de corazón con los ministros y el pueblo del Señor que buscan una bendición para las ordenanzas de mañana. En tales momentos recuerdo especialmente a aquellos amigos con quienes he ido a la casa del Señor en compañía; por consiguiente, ustedes no son olvidados. Puedo asegurarles que, si valoran nuestras oraciones, tienen una participación frecuente en ellas; es más, son amados y recordados por muchos aquí. Pero como somos criaturas olvidadizas, espero que siempre refresquen nuestra memoria y aviven nuestras oraciones con una visita anual.

Por la mañana pensaré en ustedes de nuevo. ¡Qué multitud de ojos y corazones se dirigirá a nuestro Redentor mañana! Él tiene una familia numerosa y necesitada, pero es lo suficientemente rico para suplirlos a todos y Su tierna compasión se extiende a los más humildes e indignos. Como el sol, Él puede animar e iluminar a miles y millones a la vez y dar a cada uno tan generosamente como si no hubiera nadie más para participar de Su favor. Sus mejores bendiciones no disminuyen al ser compartidas entre muchos. 

El monarca terrenal más grande pronto sería pobre si tuviera que dar un poco (aunque fuera solo un poco) a todos sus súbditos; pero Jesús tiene inescrutables e inagotables riquezas de gracia para otorgar. La innumerable asamblea ante el Trono ha sido abastecida de Su plenitud; y aun así hay suficiente y de sobra para nosotros también, y para todos los que vendrán después de nosotros. Que Él nos dé un apetito ferviente, un hambre y una sed que no se conformen con nada que no sea el pan de vida, y entonces podremos abrir nuestras bocas de par en par con confianza, pues Él ha prometido llenarlas.

Quedo de ustedes, etc.



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