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viernes, 13 de marzo de 2026

Claves sobre la oración


La fe de David y esa "conexión especial" con Dios

Imagínate a David en un momento de crisis total. Ya fuera por Saúl o por su propio hijo Absalón, el hombre estaba en un peligro constante. Si lo mirabas desde afuera, lo más lógico era pensar: "Este no vuelve a poner un pie en Jerusalén ni de chiste". Parecía imposible que volviera a vivir en paz y a disfrutar de sus momentos espirituales en el templo.

Pero a pesar de todo ese caos, David se puso a orar y lanzó la que, por así decirlo, fue la petición más importante de su vida. Todos tenemos "esa gran cosa" que le pedimos a Dios, algo que sobresale por encima de todo lo demás, igual que todos tenemos algún talento o don que nos define más que otros. Además de pedir por nuestra salvación, todos tenemos peticiones específicas, quizás sobre nuestro trabajo o propósito de vida.

Por eso David dice en el Salmo 27:4: "Una cosa he pedido". Y como esa era su gran prioridad, Dios le dio una dosis de fe extra, por encima de lo normal, solo para ese tema. Por eso en el verso 3 dice: "En esto confío". Es como si dijera: "Miren, aunque me rodee un ejército entero una y otra vez, de esto estoy seguro: voy a escapar, voy a volver a Jerusalén y voy a vivir en paz".

Es curioso porque a David la fe le falló varias veces (como cuando pensó que Saúl lo mataría tarde o temprano), pero en esta petición específica, su confianza fue blindada por Dios de forma maravillosa. No solía estar tan seguro de otras cosas, pero en "esto" sí.

Esto funciona como cuando el Espíritu Santo te hace sentir en el fondo de tu corazón que eres hijo de Dios; a veces, también te da esa misma seguridad sobre algo muy importante que has pedido. Es una fe que tenían los antiguos para hacer milagros: una certeza total de que Dios va a intervenir a tu favor. Es algo raro y extraordinario; no nos pasa todos los días y, de hecho, hay mucha gente que muere sin haber sentido nunca esa seguridad tan específica sobre algo material o terrenal.

Pero, ¡ojo!, aquí viene la advertencia:

No pienses que porque sentiste esa seguridad, ya es un hecho absoluto sin importar lo que hagas. Muchas veces, esas promesas que Dios nos pone en el corazón son condicionales. Es decir, dependen de cómo respondamos nosotros.

Incluso con los profetas pasaba. Dios podía anunciar un juicio o una bendición súper clara, pero si la gente cambiaba su actitud, el resultado cambiaba. Mira a Jonás: anunció que Nínive sería destruida, pero no pasó porque la gente se arrepintió. O el caso de la familia de Elí: Dios les había dicho que siempre estarían a su servicio, pero como le faltaron al pacto de Leví, Dios les dijo: "Hasta aquí llegamos, porque yo honro a los que me honran, pero a los que me desprecian les daré el pago".

En resumen: Dios puede darte una seguridad brutal sobre algo que le pediste, pero no te confíes de forma arrogante; esa promesa sigue conectada a una condición implícita: cómo desarrolles tu relación con Él desde ese punto en adelante.

 Los "pactos" con Dios y la insistencia que sí funciona

Mira, lo mismo pasa con esas corazonadas o seguridades que sentimos al orar. A veces Dios nos da la certeza de que algo bueno va a pasar, pero bajo condición: "Te voy a dar esto, pero tú solamente cree (obedece)". El problema es que a veces hacemos promesas en la oración para "convencer" a Dios de que nos ayude, pero luego, si dejamos de creer o nos relajamos, las cosas salen al revés. Ahí es cuando dudamos y decimos: "¿Será que Dios de verdad me habló o me lo inventé yo?".

La realidad es que, aunque esa seguridad viniera del Espíritu Santo, no siempre era un "sí" absoluto. Fue un error nuestro pensar que era un cheque en blanco sin condiciones. En estas peticiones grandes del alma, solemos armar contratos mutuos con Dios: "Señor, si me das esto, yo prometo hacer aquello". Dios acepta el trato y nos da esa paz interior de que lo hará. Pero si en el camino nos volvemos desleales y no cumplimos nuestra parte, Dios simplemente cancela el pedido, aunque la promesa original sí fuera suya. Es como si te dijera: "Yo te iba a dar mucho más porque tú prometiste esto, pero como no cumpliste tu palabra, yo tampoco tengo por qué cumplir la mía". No fue el diablo ni tu imaginación; fue Dios retirando el trato por falta de cumplimiento.


El que no deja de insistir

A veces, Dios pone en tu corazón una especie de "terquedad positiva": esas ganas de no rendirse aunque todo pinte mal. Es lo que decía David: "Una sola cosa he pedido y esa voy a seguir buscando". O sea, no voy a soltar a Dios hasta que me responda. Cuando sientes esa fuerza para seguir insistiendo, es una señal de que Dios te está escuchando. Acuérdate de la historia del juez injusto que terminó ayudando a la viuda solo porque ella no dejaba de molestar; bueno, si Dios pone esa insistencia en ti, es porque planea responderte.

Eso sí, hay dos tipos de insistencia:

La caprichosa: es cuando quieres obtener algo a la fuerza porque se te antojó y no sabes vivir sin eso. Pides por puro deseo personal y, como dice la Biblia, "pides mal y por eso no recibes".

La que confía es esa insistencia que, aunque pide con ganas, se rinde a la voluntad de Dios. Si tienes esta y además coincide con lo que Dios quiere, prepárate porque algo grande va a pasar. Si no fuera así, serías como esa gente que busca a Dios todos los días por pura rutina, pero a la que Él ni siquiera presta atención.

 Fíjate en lo que haces después de decir "Amén"

Una vez que terminas de orar, lo más importante es observar qué pasa con tus pasos. No te quedes solo con lo que dijiste; mira cómo te comportas después. Si ese "fervor" que tenías al pedir se convierte luego en ganas de hacer las cosas bien y ser obediente, vas por buen camino. Esa dependencia de Dios para conseguir esa petición tan importante debería ser tu motivación para creer (obedecer) y cuidar tus acciones.

David lo tenía clarísimo: "Si yo me guardo un pecado en el corazón y me gusta, Dios ni me va a escuchar" (Salmo 66:18). Si después de orar retrocedes, básicamente estás perdiendo todo el terreno que ganaste mientras hablabas con Dios.

Por eso, en el Salmo 143, cuando David sentía que la vida se le iba en la petición, no solo pedía: "¡Rápido, respóndeme!" También decía: "Enséñame por dónde caminar y cómo hacer tu voluntad". Él sabía que si pecaba, echaba a perder sus oraciones. Para él, era más importante que Dios lo guiara a actuar bien que la liberación misma, porque sin obediencia no hay respuesta.

 La señal:

Si después de orar Dios te ayuda a perseverar en la comunión con Él y a través de su espíritu, te fortalece para amar su Palabra (obedeciendo por su gracia), ¡esa es la señal! Significa que planea responderte y que te está cuidando los pasos. Lo que empieza en uno como espíritu de oración termina más tarde como espíritu de obediencia.

Mira el ejemplo de David: cuando Dios decidió que él sería el próximo rey, le dio un corazón tan sensible que se sintió mal solo por cortarle un pedacito del manto de Saúl (su enemigo). Esa "ternura" de no querer fallar es la prueba. Por eso, cuando finalmente fue libre de todos sus enemigos, pudo decir con alegría que Dios le pagó según su justicia, porque se había mantenido alejado del mal. ¿Quieres que el mal no esclavice tu vida? Fortalece tu espíritu humano en oración constante y sumérgete en la Palabra de Dios y ora: "Señor, no nos metas en tentación, mas libranos del mal ". Por último, vigila siempre tu camino; humíllate si pecas, confiésalo y apártate.

 La señal de la "espera activa"

Lo segundo que debes notar es esto: ¿Sientes que, después de orar, tu corazón tiene más fuerza para aguantar y esperar la respuesta? En el Salmo 27:14, David se hablaba a sí mismo y decía: "Tranquilo, espera al Señor, cobra ánimo y aguanta".

Piénsalo así: si una persona honesta ve que alguien depende de ella, que le sirve con ganas y que tiene puestas todas sus esperanzas en un favor que le pidió, sería muy falto de integridad dejarlo plantado y frustrarlo después de hacerlo esperar tanto. Bueno, ¡con Dios es igual! Si después de orar, Él mantiene tu alma en esa actitud de confianza y dependencia, puedes estar seguro de que viene una buena respuesta en camino.

Por tanto, si Dios, después de que has orado, mantiene tu alma en esta disposición de dependencia, espera de Él una buena respuesta. 

Ciertamente, cuando uno ha orado largo tiempo, al fin empieza a esperar más que a orar, por decirlo así (aunque siga orando); porque ahora espera que Dios actúe. Al principio, decía a Dios lo que deseaba, pero ahora puede decirle con cierta confianza que lo espera y cuenta con ello. Dios cumple sus promesas y no desecha la esperanza y expectación de un hombre piadoso.

Como dice el Salmo 37:34, hay dos cosas que van de la mano: "Espera en el Señor Y SIGUE SU CAMINO". Si haces ambas, ten por seguro que Él te va a levantar.


Fuente: basado en el libro de John Buyan, La Oración, páginas 46-48

viernes, 15 de julio de 2022

Orando Con Entendimiento

 Extracto del libro: La Oración | Autor: John Bunyan

La mujer cananea no quiso tomar por negativas verdaderas las que eran sólo aparentes; sabía que el Señor era misericordioso. El Señor vindicará a los suyos aunque emplee a veces largo tiempo. El Señor me ha esperado mucho más tiempo que yo a El; y lo mismo le ocurrió a David. "Resignadamente esperé," dice (Salmo 40:l); o sea, pasó mucho tiempo antes de que el Señor me respondiera, aunque por fin "inclinóse a mí y oyó mi clamor." El mejor remedio para esto es un entendimiento bien informado e iluminado. ¡Lástima que haya en el mundo tantas pobres almas que temen verdaderamente al Señor, y que, por no estar bien instruidas, a menudo están dispuestas a darlo todo por perdido, cada vez que Satanás emplea una de sus tretas y tentaciones! Que el Señor se compadezca de ellas y les ayude a orar con el Espíritu, y también con entendimiento. 

Aquí podría mencionar gran parte de mi propia experiencia. En mis accesos de agonía espiritual, he tenido fuertes tentaciones de rendirme y no buscar más al Señor; pero habiéndome hecho entender cuán grandes pecadores eran aquellos de quienes Él ha tenido misericordia, y cuán grandes eran sus promesas a los pecadores; y que no era al que estaba sano, sino al enfermo; no al justo, sino al pecador; no al que está lleno, sino al que está vacío, a quienes comunicaba Su gracia y Su misericordia, esto, por medio de la ayuda de su Santo Espíritu, hizo que me adhiriese a Él, que me apoyara en Él, y que al mismo tiempo clamara, aunque de momento no envió respuesta. 

¡Que el Señor ayude a todo este pueblo pobre, tentado y afligido, a hacer lo mismo, y a perseverar, aunque tenga que esperar mucho tiempo!

Pregunta 1. ¿Pero qué hemos de hacer los pobres que no sabemos orar? El Señor sabe que yo no sé cómo se debe orar, ni qué se debe pedir.

-Respuesta. ¡Pobre corazón! Te lamentas de que no sabes orar. ¿Puedes ver tu miseria? ¿Te ha mostrado Dios que por naturaleza estás bajo la maldición de su ley? Si es así, no yerres; sé que gimes, y muy amargamente por cierto. 

Estoy persuadido de que apenas puedes hacer nada en tu trabajo diario sin que la oración brote de tu pecho. ¿No han subido tus lamentos al cielo desde todos los rincones de tu casa? Sé que es así; y también tu propio corazón apesadumbrado testifica de tus lágrimas, del olvido de tu vocación, etc. ¿No es cierto que tu corazón está tan lleno de deseos de las cosas de otra vida, que a veces olvidas aun las de este mundo? Lee Job 23: 12.

Pregunta 2. Sí, pero cuando voy a mi cámara secreta y trato de derramar mi alma ante Dios, apenas puedo decir nada en absoluto.

Respuesta. (a) ¡Ah, querida alma! No es a tus palabras a lo que Dios presta más atención, de modo que no te escuche si no te presentas ante El con algún elocuente discurso. No; su vista está puesta en el quebrantamiento de tu corazón; y esto es lo que hace que los afectos mismos del Señor se desborden: "Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios" (Salmo 51:17).

(b) La escasez de tus palabras puede ser debida a la mucha congoja de tu corazón. David estaba a veces tan apenado que no podía hablar (Salmo 77:3, 4). Empero hay algo que puede servir de consuelo a todos los corazones apesadumbrados como tú, a saber: que aunque debido a la angustia del espíritu no puedes hablar mucho, el Espíritu Santo pone en tu corazón gemidos y suspiros tanto más vehementes; aun cuando tu boca está cerrada, ¡tu espíritu no! Moisés, según ya hemos dicho, hizo resonar el cielo con sus oraciones, bien que no leemos que saliera una sola palabra de su boca. Pero....

(c) Si deseas expresarte más plenamente ante el Señor, considera, primeramente, tu corrompida condición; en segundo lugar, las promesas de Dios; y en tercer lugar, el corazón de Cristo, que tú puedes conocer o discernir por su condescendencia y él derramamiento de su sangre, y por la misericordia que ha otorgado antes a grandes pecadores. 

Presenta, pues, tu propia vileza, a modo de lamentación; la sangre de Cristo, a modo de argumento; y en tus oraciones, que la misericordia que El ha concedido a otros grandes pecadores, junto con sus abundantes promesas de gracia, abunde en tu corazón. Al mismo tiempo, permite que te aconseje lo siguiente: No te contentes con palabras, y no creas tampoco que son lo único que Dios mira; pero tanto si tus palabras son pocas como si son muchas, que tu corazón las acompañe. Entonces le buscarás y le hallarás, porque le buscarás de todo tu corazón (Jeremías 29:13).

Pregunta 3. Pero si al parecer has hablado contra toda manera de orar que no sea por el Espíritu, ¿por qué das tú instrucciones ahora?

Respuesta. Debemos exhortarnos unos a otros a la oración, aunque no debemos darnos fórmulas de oración.

Exhortar a la oración con instrucciones cristianas es una cosa; y redactar fórmulas para limitar al Espíritu de Dios, es otra. El apóstol no da la menor fórmula para orar, pero insta a que se ore (Efesios 6:18; Romanos 15:30-32).

Por tanto, nadie debe sacar la conclusión de que por dar nosotros instrucciones referentes a la oración, es lícito instituir fórmulas de oración.

Pregunta 4. Pero, si no usamos fórmulas -de oración ¿cómo enseñaremos a nuestros hijos a orar?

Respuesta. Mi opinión es que los hombres siguen un mal camino para enseñar a sus hijos a orar, enseñándoles tempranamente a recitar frases, corno es común en muchas pobres criaturas.

Me parece mucho mejor decirles que por naturaleza son criaturas malditas, que se hallan bajo la ira de Dios a causa del pecado original y del suyo propio; explicarles también cuál es la naturaleza de la ira de Dios, y la duración de la miseria. Si se hace esto a conciencia, sabrán orar mucho antes. La manera de aprender a orar es por medio de la convicción de pecado, sistema que sirve también para enseñar a nuestros amados hijitos. Hacerlo de otra manera, es decir, esforzarse en enseñar a los niños fórmulas de oración, antes que sepan otra cosa, es el mejor camino para hacer de ellos hipócritas malditos, y para hincharlos de orgullo. 

Enseñad, pues, a vuestros hijos a conocer el infeliz estado y condición en que se hallan. Habladles del fuego del infierno, y de sus pecados; de la perdición y de la salvación; de la manera de escapar a la una y gozar de la otra (si es que vosotros la conocéis), y esto hará que las lágrimas broten de sus ojos, y que sinceros lamentos salgan de sus corazones. Luego podéis decirles a quién deben orar, y en qué nombre. Podéis también hablarles de las promesas de Dios, y de su eterna gracia extendida a los pecadores conforme a la Palabra.

¡Ah, pobres hijitos queridos! Que el Señor abra sus ojos y haga de ellos cristianos santos. Dice David: -Venid, hijos, oídme; el temor de Jehová os enseñaré" (Salmo 34:11).

No dice, por cierto: "Voy a poneros bozal mediante una fórmula de oración"; sino, "el temor de Jehová os enseñaré"; lo que significa: "os enseñaré a ver vuestro triste estado por naturaleza, y a instruiros en la verdad del evangelio, lo cual, por medio de Espíritu, engendra oración en todo aquel que en verdad lo aprende”. Cuanto más enseñéis esto a vuestros hijos, más se derramarán sus corazones en oración a Dios.

Dios nunca tuvo a Pablo por hombre de oración, ni tendrá a otros tampoco, hasta que fue convicto y convertido (Hechos 9:11).

Pregunta 5. Pero, ¿cómo se explica que los discípulos pidieran que Cristo les enseñara a orar, como también Juan enseñaba a los suyos, y que entonces El lo hiciera con la fórmula hoy llamada "Padre nuestro"?

Respuesta. No solamente los discípulos, sino también nosotros deseamos ser enseñados de Cristo; y ya que no está aquí en persona para enseñarnos, que Él lo haga por su Palabra y su Espíritu, pues Él dijo que enviaría al Espíritu en su lugar cuando se fuera (Juan 14:16 y 16:17).

En cuanto a lo que se ha llamado fórmula, no puedo creer que el propósito de Cristo fuera darlo como tal y de una manera restrictiva, por dos razones:

(1) Porque Él mismo enseña lo contrario, según se infiere consultando Mateo 6 y Lucas 11. Mientras que si lo hubiera dado corno fórmula de oración inalterable, no lo habría cambiado.

(2) No hallamos que los apóstoles hayan observado jamás semejante fórmula, ni tampoco que exhortaran a otros a hacerlo. Escudriñad todas sus epístolas, y os daréis cuenta de que, aunque ellos eran tan eminentes como cualquiera en cuanto a conocimiento para discernir y fidelidad para practicar, no oraban según el mundo ha querido más tarde imponer.

Pero, resumiendo, creemos que Cristo, con dichas palabras ("Padre nuestro", etc.)instruye efectivamente a los suyos sobre los principios que deben observar en sus oraciones a Dios:

(1) Orar en fe.

(2) Orar a Dios en el cielo.

(3) Pedir lo que es conforme a su voluntad, etc. Es decir, que esta oración constituye un modelo o pauta para orar.

viernes, 20 de mayo de 2022

ORANDO CON EL ESPIRITU - 2

 Extracto del libro: La Oración
Autor: John Bunyan


"Oraré con el Espíritu, mas oraré también con entendimiento" (1Corintios 14:15). Ahora bien, orar con el Espíritu (pues esto es lo que hace el que ora, si ha de ser acepto a Dios) es, como se ha dicho antes, allegarse a Dios sincera, consciente y afectuosamente por medio de Cristo; lo cual ha de ser necesariamente obra del Espíritu de Dios. No hay hombre ni iglesia en el mundo que pueda allegarse a Dios en oración, si no es con la ayuda del Espíritu Santo: " Por Él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre " (Efesios 2:18). Por lo cual Pablo dice: "Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles. 

Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es el intento del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios, demanda por los santos" (Romanos 8: 26, 27). Voy a comentar en breves palabras este texto que descubre tan plenamente el espíritu de oración y la incapacidad del hombre para orar sin él.  

1. Considérese primeramente la persona que está hablando, o sea Pablo, y en su persona todos los apóstoles. Nosotros los apóstoles, oficiales extraordinarios, edificadores prudentes (alguno, incluso, ha sido arrebatado al paraíso), "qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos". No sabemos qué cosas hemos de pedir; ni a quién oramos, ni por qué medio oramos; nada de esto sabemos sino por la ayuda del Espíritu. ¿Hemos de orar pidiendo tener comunión con Dios por Cristo? ¿Hemos de pedir fe, justificación por la gracia, un corazón verdaderamente santificado? Nada de esto sabemos; "porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1Corintios 2:1l). 

Asimismo, si no saben cuál ha de ser el tema de la oración, a no ser por la ayuda del Espíritu, sin Él tampoco saben cómo deben orar; por lo cual, el apóstol añade: "El Espíritu ayuda nuestra flaqueza: porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos." No podían cumplir este deber tan airosa y plenamente como algunos en nuestros días creen que pueden. Aun en sus mejores momentos, cuando el Espíritu Santo les ayudaba, los apóstoles habían de contentarse con proferir suspiros y gemidos indecibles, ya que les faltaban palabras para expresarse. Mas en esto los sabios de nuestros días están tan especializados, que ya saben de antemano cómo deben orar y sobre qué tema; fijando tal oración para tal día, aun veinte años antes. Una para Navidad, otra para Pascua, y la que corresponde seis días después, etc. Han contado aun las sílabas que deben contener. También para cada festividad han preparado ya las oraciones para aquellos que aun no han venido a este mundo. Además, os dirán cuándo debéis arrodillaros, cuándo estar en pie, cuándo sentaros, y cuándo moveros. Todo lo que los apóstoles no llegaban a cumplir, por no poder componer de manera tan meticulosa, a causa del temor de Dios -que les constreñía a orar como debían.

"Porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos." Obsérvese esto: "como conviene"; pues el no pensar en esta palabra, o por lo menos el no entenderla en su espíritu y verdad, ha hecho que algunos inventaran, como Jeroboam, otra manera de adorar distinta de la que está revelada en la Palabra de Dios, tanto en lo que respecta al tema como a la forma. Pero Pablo dice que es preciso que oremos como conviene; cosa que no podemos hacer ni con todo el arte, la habilidad, la astucia y el ingenio de los hombres y de los ángeles. "Porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu.... "Sí, el "mismo Espíritu" "ayuda nuestra flaqueza"; no el Espíritu y la concupiscencia del hombre: una cosa es lo que el hombre puede imaginar e inventar en su propio cerebro, y otra lo que se le manda y debe hacer. 

Muchos piden y no reciben, porque piden mal (véase Santiago 4:3), por lo cual jamás llegan ni siquiera a estar cerca de poseer lo que piden. La oración accidental fortuita, no disuade a Dios ni hace que Él responda. Cuando se está en oración; Dios escudriña el corazón, para ver de qué raíz y espíritu procede. "Mas el que escudriña los corazones, sabe" (es decir, aprueba), "cuál es el intento del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios, demanda por los santos" (Romanos 8:27). 
Pues El nos -oye solamente en aquello que es conforme a su voluntad, y en nada más. Y solamente el Espíritu puede enseñarnos a pedir, porque es el único que todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Sin este Espíritu, aunque tuviéramos mil devocionarios, "qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos", -pues nos acompaña aquella flaqueza que nos incapacita totalmente para tal menester. Flaqueza que consiste en lo siguiente, bien que es difícil de describir: Sin el Espíritu, el hombre es tan flaco que por más que use los demás medios no puede tener un solo pensamiento justo relacionado con la salvación y con Dios, con Cristo, o con sus bendiciones. 

Por tanto, el Espíritu dice a los impíos: "No hay Dios en todos sus pensamientos" (Salmo 10:4); a menos que se lo imaginen según ellos son. "Todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal" (véase Génesis 8:21). Si, pues, como se ha demostrado antes, no pueden concebir correctamente al Dios a quien oran, ni al Cristo en cuyo nombre oran, ni las cosas por las cuales oran, ¿cómo podrán dirigirse personalmente a Dios sin que el Espíritu ayude su flaqueza? El Espíritu en persona es el que revela estas cosas a nuestras pobres almas, y quien nos las hace entender; por lo cual Cristo, cuando prometió enviar al Espíritu, al Consolador, dijo a sus discípulos: "Tomará de lo mío y os lo hará saber." Es como si hubiera dicho: "Sé que por naturaleza estáis en tinieblas e ignorancia para entender mis cosas; y aunque probéis este sistema o el otro, vuestra ignorancia continuará; el velo está puesto sobre vuestro corazón, y nadie puede quitarlo, ni daros entendimiento espiritual, si no es el Espíritu". 

La oración verdadera ha de proceder, tanto en su expresión externa como en su intención espiritual, de lo que nuestra alma percibe bajo la luz del Espíritu; de lo contrario será rechazada como cosa vana y abominable, porque el corazón y la lengua no van al unísono - ni tampoco pueden, por cierto, a menos que el Espíritu ayude nuestra flaqueza-. David sabía esto muy bien, y por eso clamó: Señor, abre mis labios; y publicará mi boca tu alabanza (Salmo 51:15). Espero que nadie imaginará que David no podía hablar y expresarse tan bien como los demás, como cualquiera de nuestra generación, según es claramente manifiesto en sus palabras y obras. No obstante, cuando este hombre excelente, este profeta, viene a adorar a Dios, el Señor tiene que ayudarle, pues de lo contrario nada puede hacer. Era incapaz de pronunciar ni una palabra acertada a menos que el Espíritu mismo ayudara su flaqueza. 

2. Es preciso que la oración sea en el Espíritu, para que sea eficaz. Las oraciones que no son movidas desde arriba son como los hombres: necias, hipócritas, frías e indecorosas; y como aquellos que las pronuncian, vienen a ser abominación a Jehová. No es la excelencia de la voz, ni el aparente afecto y fervor del que ora, lo que Dios mira o considera, sino el Espíritu. El hombre, como tal, está tan lleno de toda suerte de impiedad, que no solamente no puede tener una palabra o un pensamiento limpio, sino mucho menos una oración pura y aceptable a Dios por Cristo. Por lo cual, los fariseos, a pesar de sus oraciones, o a causa de ellas, fueron rechazados. 
No cabe la menor duda de que, en cuanto a palabras, eran perfectamente capaces de expresarse; es más, destacaban por lo prolijo de sus oraciones; pero no tenían la ayuda del Espíritu de Jesucristo, por lo cual, lo que hacían, lo hacían solamente con su flaqueza. Todo esto era la causa de que no pudieran derramar sus almas a Dios de modo sincero, consciente y afectuoso, en el poder del Espíritu. Esta es la oración que va al cielo, por ser elevada en el poder del Espíritu, pues ... 

3. Solamente el Espíritu puede claramente mostrar al hombre lo miserable que es por naturaleza, capacitándole así para la oración. Hablar es hablar tan sólo, como decíamos, y no es sino culto de labios cuando no hay una experiencia realmente eficaz de su bajeza. ¡Oh, qué horrenda hipocresía la de la mayoría de corazones! ¡Cuán horrenda mentira la de muchos hombres que oran hoy día sólo para que les vean! ¡Y todo esto por no tener experiencia de su propia miseria! Mas el Espíritu muestra amorosamente al alma su desdicha, le indica su posición y lo que probablemente va a ser de ella; le muestra asimismo lo intolerable de su condición. El Espíritu es quien redarguye eficazmente del pecado y de la miseria de una vida sin Cristo, poniendo así al alma en una actitud apacible, grave, consciente, afectuosa, para orar a Dios conforme a su Palabra. 

4. Aunque los hombres vieran sus pecados, no orarían sin la ayuda del Espíritu. De no ser por Él, huirían de Dios, como Caín y Judas, y desesperarían por completo de hallar misericordia. Cuando una persona tiene conciencia de su pecado y de la maldición de Dios, es difícil persuadirle de que debe orar; pues su corazón dice: "No hay esperanza; es en vano buscar a Dios. Soy una criatura tan vil, infeliz y maldita, que jamás se me tendrá en cuenta". Entonces viene el Espíritu, sosiega al alma, la ayuda a levantar el rostro hacia Dios infundiéndole un poco de la experiencia de lo que es la misericordia, para que se acerque a Dios. 

5. Ha de ser en el Espíritu o con Él; pues si no es así, nadie puede saber cómo ha de allegarse a Dios como conviene. Los hombres podrán decir fácilmente que se allegan a Dios en su Hijo; pero allegarse a Dios "como conviene ", y conforme a Su voluntad, es lo más difícil que concebirse pueda, si se quiere hacer sin el Espíritu. Es el Espíritu quien lo escudriña todo, aun lo profundo de Dios. Es el Espíritu quien debe mostrarnos la manera de allegarnos a Dios, y también aquellas cosas de Dios que le hacen deseable: " Ruégote que me muestres ahora tu camino", dice Moisés, "para que te conozca" (Éxodo 33:13); y Juan 16:14: "Tomará de lo mío, y os lo hará saber."

martes, 19 de abril de 2022

LO QUE ES LA ORACIÓN - 1

Extracto del libro: La Oración
Autor: John Bunyan
Orar es derramar de modo sincero, consciente y afectuoso el corazón o alma ante Dios, por medio de Cristo, en el poder y ayuda del Espíritu Santo, buscando las cosas que Dios ha prometido, o que son conforme a su Palabra, para bien de la iglesia, con fiel sumisión a Su voluntad.


1. De modo sincero: La sinceridad es una gracia que forma parte de todas las demás que Dios nos da, y de todas las actividades del cristiano, influyendo en ellas, pues de lo contrario Dios no las miraría. Así ocurre en la oración, como particularmente dice David, hablando de este tema: "A Él clamé con mi boca, y ensalzado fue con mi lengua. Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me oyera" (Salmo 66: 17, 18). La sinceridad es parte de la oración, pues sin ella Dios no la consideraría como tal. "Y me buscaréis y hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón" (Jeremías 29:13). La falta de sinceridad hizo que Jehová rechazara las oraciones de que se nos habla -en Oseas 7:14, donde dice: " Y no clamaron a mí con su corazón" (es decir, en sinceridad), "cuando aullaron sobre sus camas". Mas oran para simular, para exhibirse hipócritamente, para ser vistos de los hombres y aplaudidos por ello. La sinceridad es lo que Cristo encomió en Natanael, cuando éste estaba debajo de la higuera: "He aquí un verdadero israelita, en el cual no hay engaño".

Probablemente este buen hombre había estado derramando su alma a Dios en oración bajo la higuera, haciéndolo en espíritu sincero y sin doblez, ante el Señor. La oración que contiene este elemento como uno de sus ingredientes - principales, es la oración que Dios escucha. Así vemos que "La oración de los rectos es Su gozo" (Proverbios 15: 81) ¿Por qué ha de ser la sinceridad uno de los elementos esenciales de la oración que Dios acepta? Porque la sinceridad induce al alma a abrir – el corazón ante Dios con toda sencillez a presentarle el caso llanamente, sin equívocos; a reconocer la culpa sin disimulos; a clamar a Dios desde lo más profundo del corazón, sin palabras huecas y artificiosas.

"Escuchando, he oído a Ephraim que se lamentaba: me azotaste, y, fui castigado como novillo indómito..." La sinceridad es la misma cuando está acallada en un rincón que cuando se presenta ante el mundo. No sabe llevar - dos máscaras, una para comparecer- ante los hombres,- y otra para los breves momentos -que pasa en soledad. Ella se ofrece al ojo escrutador de Dios, y ancía estar con Él en el deber de la oración. No tiene aprecio por el esfuerzo de labios, pues sabe que lo que Dios mira es el corazón - de donde brota- para ver si es la oración que va acompañada de sinceridad. 

2. Es derramar de modo sincero y consciente el corazón o alma. No se trata, como muchos piensan, de unas cuantas expresiones balbuceantes, de un parloteo lisonjero, sino de un movimiento consciente del corazón. La oración contiene un elemento de múltiple y auténtica sensibilidad: unas veces para la carga que representa el pecado, otras para la acción de gracias por las mercedes recibidas, otras para la predisposición de Dios a otorgar su misericordia, etc. 

(a) Conciencia de la necesidad de misericordia, a causa del peligro que representa el pecado. El alma, digo, pasa por una experiencia en la que suspira, gime, y el pecado la quebranta; pues la verdadera oración, de la misma manera que la sangre brota de la carne cuando ésta es aprisionada por férreas ligaduras, expresa balbuceante lo que procede del corazón cuando éste se halla abrumado por el dolor y la amargura.

David grita, clama, llora, desmaya en su corazón, los ojos le fallan, se seca, cte.; Ezequías se expresa quejumbrosamente cual paloma; Efraín se lamenta; Pedro llora amargamente; Cristo experimenta lo que es "gran clamor y lágrimas"; y todo esto por ser conscientes de la justicia de Dios, de la culpa del pecado, de los dolores del infierno y de la destrucción. "Rodeáronme los dolores de la muerte, me encontraron las angustias del sepulcro: Angustia y dolor había yo hallado. 

Entonces invoqué el nombre de Jehová" (Salmo 116: 3, 4). Y en otro lugar: "Mi mal corría de noche" (Salmo 77:2). Y también: "Estoy encorvado, estoy humillado en gran manera, ando enlutado todo el día" (Salmo 38:6). En todos estos ejemplos, y en muchísimos más que podrían citarse, puede verse que la oración entraña una profunda conciencia motivada, ante todo, por la experiencia del pecado. 

(b) A veces uno es gratamente consciente de la misericordia que recibe; misericordia que alienta, consuela, corrobora, vivifica, ilumina, cte. Así vemos cómo David derrama su alma para bendecir, alabar y magnificar al gran Dios por su bondad hacia unos seres tan pobres, viles y desdichados: "Bendice, alma mía, a Jehová; y bendigan todas mis entrañas su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. El es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordia; el que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila" (Salmo 103: 1-5). 

Y así la oración de los santos se convierte a veces en alabanza y acción de gracias; mas no por eso deja de ser oración. Esto es un misterio; el pueblo de Dios ora con sus alabanzas; como está escrito: "Por nada estéis afanosos; sino sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias" (Filipenses 4: 6). El hacimiento de gracias ofrecido con plena conciencia es una poderosa oración a los -ojos de Dios, que prevalece ante Él de modo inefable. 

(c) En la oración, el alma se expresa a veces como sabiendo ya las bendiciones que ha de recibir, y esto hace que el corazón se inflame: "Tú, Jehová de los ejércitos", dice David, "revelaste al oído de tu siervo, diciendo: Yo te edificaré casa. Por esto tu siervo ha hallado en su corazón para hacer delante de ti esta súplica" (II Samuel 7:27). 

Esta confianza es la que movió a Jacob, David, Daniel y otros; la previa experiencia de las misericordias que iban a recibir. Sin trances ni éxtasis, sin balbucear de manera necia y hueca unas cuantas palabras escritas en un papel, sino con poder, con fervor y sin cesar, estos hombres presentaron gimiendo ante Dios su condición, experimentando, como he dicho, sus necesidades, su miseria, y confiando en Sus propósitos de misericordia. 

Tener una buena experiencia del pecado y la ira de Dios, junto con estímulos recibidos de Dios para venir a Él, es mejor breviario que el sacado de los libros papistas usados en la misa, que no son otra cosa que retazos y fragmentos de la imaginación de algunos papas, algunos frailes, y qué se yo quién más. 

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