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martes, 18 de agosto de 2026

Rochunga Pudaite - Biografía

Rochunga Pudaite (4 de diciembre de 1927 - 10 de octubre de 2015) 

Fue un ministro indio de ascendencia hmar . Tradujo la Biblia al idioma Hmar y fundó Biblias para el Mundo. Fue un renombrado orador y evangelista. 

Su organización, Biblias para el Mundo, ha permitido la distribución de la Biblia cristiana a millones de personas en todo el mundo, enviándoles Biblias en diferentes idiomas. A fines del siglo XIX, los británicos calificaron al pueblo hmar del noreste de la India como "los cazadores de cabezas más brutales". 

En 1871, ese grupo tribal decapitó a más de 500 trabajadores de plantaciones de té y algunos soldados británicos. Luego, el 4 de febrero de 1910, un misionero de Gales llamado Watkin Roberts , armado con una copia del Nuevo Testamento, llegó al área donde vivía el grupo tribal. Pasó solo cinco días con los Hmar, enseñándoles acerca de Dios, centrándose en el Evangelio de Juan. 

A través de esa visita misionera solitaria, Chawnga, el padre de Rochunga Pudaite, conoció las enseñanzas de Jesús. Chawnga y algunos miembros de la tribu creyeron en lo que aprendieron y se convirtieron en cristianos dedicados.

 Chawnga creía que su hijo Rochunga podría ser el instrumento de Dios para llevar la Biblia a la tribu Hmar en su propio idioma. Para prepararse para esa tarea, Rochunga estudió en St. Paul's Cathedral Mission College en Kolkata y en la Universidad de Allahabad. Para estudiar griego y hebreo bíblicos, asistió al Instituto de Capacitación Bíblica de Glasgow, ahora International Christian College (Escocia), y luego a Wheaton College (Illinois). 

En 1958, Rochunga completó la traducción del Nuevo Testamento del griego al idioma hmar. Fue una tarea que incluyó la creación de un guión romanizado para Hmar. El trabajo de revisión, edición e impresión tomó otros dos años. Cuando finalmente se imprimió el Nuevo Testamento de Hmar en 1960, la tirada inicial de cinco mil copias se agotó en seis meses. Pudaite luego facilitó traducciones de la Biblia para otros idiomas tribales. En 1956, mientras estudiaba en Wheaton, Rochunga tuvo la oportunidad de conocer a Watkin Roberts y pudo informarle que el trabajo que Roberts había realizado entre la tribu Hmar estaba floreciendo. 

En 1958, Ro (como llegó a ser llamado) fue nombrado Director Ejecutivo de la Misión Pionera Indo-Birmana. En 1968, la organización pasó a llamarse Partnership Mission. En 1973, ese ministerio, que entonces estaba ubicado en Wheaton, IL, se convirtió en Biblias para el mundo. Hoy, Biblias para el Mundo tiene su sede en Colorado Springs, Colorado. 

El ministerio se centra en la distribución de Biblias, el patrocinio de niños y el Coro de Niños de la India. En 1976, la Universidad de Malone en Canton, Ohio, le otorgó el Doctorado honorario en Derecho, y en 2000, la Universidad Bautista de Dallas le otorgó el Doctorado honorario en Divinidad. 

La biografía de Rochunga Pudaite se relata en el libro de James Hefley God's Tribesman: the Rochunga Pudaite Story (Holman, 1977), en el libro de Joe Musser Fire on the Hills (Tyndale House Publishers, 1998) y en la película Beyond the Next Mountain.

Pudaite es el autor de The Education of the Hmar People (Indo-Birmania Pioneer Mission, 1963), My Billion Bible Dream (Thomas Nelson, 1982), The Dime that Lasted Forever (Tyndale House, 1985), The Book That Set My People Gratis (Tyndale House, 1988) y El mejor libro jamás escrito (Hannibal Books, 1989).

Rochunga Pudaite murió en un hospital de Colorado el 10 de octubre de 2015, rodeado de su familia.

Fuente: https://es.scribd.com/document/786793063/Rochunga-Pudaita



sábado, 6 de junio de 2026

La Pobre Niña Ciega

Fanny Crosby (Frances Jane Crosby) es quizás una de las más reconocidas escritoras de himnos de tiempos modernos. Escribió más de 8.000 poesías a lo largo de su vida, entre ellas, hermosos himnos que se cantan alrededor del mundo hasta el día de hoy, muchos de los cuales han sido traducidos al español.

Nació en Southeast, Putnan County, Nueva York, el 24 de marzo de 1820. Cuando apenas tenía 6 semanas de nacida quedó ciega debido a la mala praxis de un médico que intentaba curarla de una inflamación en los ojos.
Ella comentó: Parece que la bendita providencia de Dios quiso que yo fuera ciego toda mi vida, y le doy gracias por ello. Si mañana me ofrecieran una vista terrenal perfecta, no la aceptaría.
Tal vez no habría cantado himnos para alabar a Dios si me hubiera distraído con las cosas bellas e interesantes que me rodeaban.

A pesar de su ceguera, Fanny nunca se consideró como inferior ni con desventaja. Su niñez fue como la de muchos niños de su entorno, le gustaba bromear y hacer travesuras. Aprendió a estar contenta con su situación. Cuando tenía 8 años de edad se mudó con su familia a Ridgefield, Connecticut, y allí escribió una de sus primeras poesías:

Oh, qué alma tan feliz yo soy
aunque no pueda ver,
Decidida estoy que aquí yo
contenta estaré.

De bendiciones gozo yo,
que anhelan otros ver.
¿Llorar, gemir, pues ciega soy?
no puedo, ni lo haré.


Fanny dijo alguna vez: "Parece que la bendita providencia de Dios quiso que yo fuera ciego toda mi vida, y le doy gracias por ello. Si mañana me ofrecieran una vista terrenal perfecta, no la aceptaría. Tal vez no habría cantado himnos para alabar a Dios si me hubiera distraído con las cosas bellas e interesantes que me rodeaban".

"Si pudiera elegir, elegiría seguir ciega... porque cuando muera, el primer rostro que veré será el de mi bendito Salvador".

En Jesucristo, mártir de paz,
En horas negras de tempestad,
Hallan las almas dulce solaz,
Grato consuelo, felicidad.

En los peligros, en el dolor,
A cada paso, su protección,
Calma le infunde, santo vigor,
Nuevos alientos al corazón.

Cuando en la lucha falta la fe
Y el alma siente desfallecer,
Cristo nos dice: "Yo os colmaré
De rica gracia, santo poder".

CORO:
Gloria cantemos al Redentor
Quien por nosotros quiso morir;
La santa gracia del Salvador
Siempre dirija nuestro vivir.





sábado, 17 de mayo de 2025

La Oración A Través De Las Nubes De Oposición

Extracto del libro: Charles Finney, el hombre que originó 
un avivamiento que cambió el curso de la historia 

Las nubes de la creciente oposición a los métodos y medidas de Finney ensombrecían el horizonte de su trabajo. Durante algún tiempo, estas habían ido apareciendo, hasta que finalmente el alma del evangelista fue tan conmovida por el Espíritu Santo que buscó refugio en la oración.

El Padre Nash, en una carta fechada el 11 de mayo de 1826, dice: "La obra del Señor avanza poderosamente en algunos lugares, enfrentándose a una molesta oposición. Nos han quemado en efigie al señor Finney y a mí. Hemos sido molestados con frecuencia en nuestras reuniones religiosas, y algunas veces los opositores alborotan en la casa de Dios... Hay casi tantos escritos, tantas intrigas, mentiras y divulgación de las mismas como si nos encontráramos en la víspera de una elección presidencial... Pero pienso que la labor continuará"'.

Sus enemigos enviaban a la prensa falsas acusaciones. Se afirmaba que las reuniones de Finney eran ruidosas y se alargaban hasta unas horas irrazonables; que sus oraciones eran irreverentes y el lenguaje de su púlpito áspero; y que se permitía que las mujeres oraran en reuniones donde había hombres. Se acusaba al evangelista de adoptar medios tales como el cuarto de búsqueda en la oración, el poner ansiosos a los oyentes, y el repartir volantes o folletos para patrocinar su trabajo.

Mientras tales nubes ennegrecían su cielo, Finney sintió una urgencia divina de orar para que desaparecieran. No dijo nada, ni pública ni privadamente, acerca de las acusaciones, sino que sólo miró al Señor de quien esperaba dirección y guía. "Busqué a Dios con gran seriedad, día tras día, para que me dirigiera", dice el evangelista, "le pedía a Dios que me mostrara la senda del deber y me diera gracia para resistir bien la tormenta... "El Señor me hizo ver como en una visión lo que tenía por delante.

Se acercó tanto a mí mientras estuve en oración, que la carne me temblaba literalmente sobre los huesos. Me sacudía de la cabeza a los pies bajo el profundo sentimiento de la presencia de Dios. "Al principio, y durante algún tiempo, parecía estar más en la cima del Monte Sinaí, en medio de todo un estruendo, que en presencia de la cruz de Cristo. Nunca en mi vida sentí tan reverente temor, ni me humillé tanto delante del Señor, como entonces...

"Después de un tiempo de gran humillación delante de Él, vino un magnífico levantamiento. Dios me aseguró que estaría conmigo y me sostendría, que ninguna oposición prevalecería contra mi, y que no debía hacer nada en relación a aquel asunto, sino seguir con mi trabajo y esperar la salvación del Señor.

"El sentimiento de su presencia, y todo lo que sucedió entre mi alma y Dios en aquel tiempo, no lo podré describir nunca. Me guió a estar perfectamente confiado, a ser totalmente benévolo, y a no tener nada que no fueran los sentimientos más afectuosos hacia todos los hermanos que estaban engañados y se disponían contra mí en orden de batalla. Me sentía seguro de que todo terminaría bien, y de que el verdadero curso a seguir era dejarle todo al Señor y continuar mi trabajo. 

Cuando la tormenta cobró fuerza y la oposición aumentó, nunca, ni por un momento, dudé acerca del resultado. Jamás pasé una hora en vela pensando en aquello, a pesar de que según toda apariencia externa, era como si las iglesias del país en su totalidad se fueran a poner de acuerdo para excluirme de sus púlpitos".

Sólo con aquella seguridad pudo Finney predicar la libertad de Cristo a los encadenados por el pecado. Las nubes tormentosas crecieron mientras trabajaba en Auburn y Troy, llegaron a alcanzar toda su fuerza cuando estaba evangelizando en Nuevo Líbano.

Es curioso que de toda la gente, fueran los ministros quienes hubieran de llevar la bandera de la oposición. Sin embargo, así sucedió en aquel caso, aunque de ninguna manera trataba Finney de hacerles la competencia en sus iglesias, ya que su deseo principal era trabajar allí donde otros no irían.

[...]y entre los ministros que juzgarían la obra de Finney había muchos nombres importantes, nombres que hoy pesan bien poco, pero que entonces tenían gran importancia en círculos religiosos.

Nettleton y Beecher atacaron sin ambages el tipo de avivamiento de Finney, y Beecher se mostró en cierto modo quisquilloso cuando se le hicieron algunas preguntas acerca de sus creencias, cuando contestó: "No hemos venido aquí para que se nos catequice, y nuestra dignidad espiritual nos prohibe responder a preguntas semejantes". 

Los dos bostonianos trataron incluso que Finney y sus asociados no testificaran en su propio favor, pero el moderador y el resto de los ministros congregados no estaban dispuestos a que tan vergonzosa acción constara en sus actas. Así que complacidamente escucharon el lado de aquellos que creían en el avivamiento.

Hubo un verdadero revuelo mientras aquello tenía lugar. Cuanta más evidencia se acumulaba a favor de la conducta de Charles en los avivamientos, tanto más nervioso y agitado se ponía Nettleton. Este reconocía que él y Beecher estaban perdiendo terreno, y aparte del irritado pastor Weeks, la multitud estaba de parte del evangelista y de sus esfuerzos por salvar almas.

La primera resolución adoptada afirmaba una esperanza de que mayores avivamientos sucederían, y a lo largo de toda ella, hasta el final, predominaba la nota evangelística y se hacía justicia a Finney.

En las Memorias de Nettleton, este menciona específicamente algunas de las medidas de Finney a las que objetaba, tales como:

el orar por personas llamándolas por su nombre, animar a las mujeres a orar y a exhortar en asambleas de hombres y mujeres, hacer llamamientos a la gente para que pasaran al frente por oración, o a que se levantaran en la congregación para dar a entender que habían entregado sus corazones a Dios o que estaban resueltos a prestar atención a la religión.

Tales disputas parecen indignas de grandes hombres hoy; sin embargo, fueron medios para probar la resistencia del alma de Finney, y en lugar de desanimarlo, lo llevaron en realidad a refugiarse más aún bajo las alas del Altísimo. A lo largo de todo aquel período, el evangelista estuvo poseído de una tranquila actitud, y ninguna de aquellas acusaciones perturbó su santo reposo en Dios.

"He trabajado extensamente en este país y en la Gran Bretaña", escribe años más tarde, "y no he hecho ninguna excepción en cuanto emplear a mis medidas... siempre y en todo lugar he utilizado las que usaba en aquellos avivamientos... De poder vivir otra vez mi vida, pienso que con la experiencia de más de cuarenta años de trabajo en avivamientos, y bajo las mismas circunstancias, pondría en práctica básicamente las mismas medidas que entonces".

En todo aquello fue humilde y dio la gloria a Dios por su éxito, afirmando: "No era mi propia sabiduría la que me dirigía; se me hizo sentir mi ignorancia y dependencia, que me condujo a esperar continuamente la guía de Dios. No tenía ninguna duda entonces, ni la he tenido nunca, de que Dios me guió por su Espíritu Santo a tomar el rumbo que tomé... Nunca dudé, ni tampoco pude, de que era dirigido divinamente. 

"Bendigo al Señor por haber sido guardado de distraerme de mi trabajo a causa de la oposición de ellos, y porque nunca me preocupé acerca de la misma; Dios me dio la seguridad de que anularía todo antagonismo. Con esta certeza divina, seguí adelante con un solo propósito en mi mente y un espíritu confiado".

Cuando Beecher volvió a su púlpito de Boston, señaló acerca del viaje a la región de los bosques: "Cruzamos las montañas pues esperábamos encontrarnos con una compañía de muchachos, pero resultaron ser hombres hechos y derechos".

El tema de aquellas discusiones surgió de nuevo en la Asamblea General Presbiteriana de mayo de 1828 en Filadelfia, donde se firmó un armisticio que cancelaba cualquier publicación ulterior de panfletos y toda discusión a favor y en contra del asunto. Tanto Beecher como Finney la firmaron, aunque este último dice que no recuerda haber rubricado ningún papel semejante. Sin embargo, su firma está incuestionablemente en dicho documento.

Aquella Convención, planeada para arruinar, o como diríamos para "cortarle la cabeza" a Finney, sólo sirvió para extender su fama hacia más amplios e importantes campos de servicio, y le abrió las puertas de par en par para predicar en las ciudades más grandes de la nación.

domingo, 6 de octubre de 2024

Ana Hudson - Una Vida de Abnegación

“Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, 
 Aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra” 
(Salmo 139:9-10). 

Ana Judson nació en un hogar Congregacional en Bradford, Massachusetts, poquito antes de Navidad en 1789. La filosofía de vida en su hogar era que uno debe buscar ser feliz y disfrutar de la vida en toda su plenitud. Por eso, esta chica excepcionalmente inteligente y alegre era muy popular entre sus amistades, y por lo general, el centro de atención en las reuniones y los eventos sociales. Aunque era la menor de cinco hermanos, ninguno de ellos le podía hacer sombra.

Dondequiera que se encontraba, nadie podía estar triste o infeliz. Aunque asistía a la iglesia con fidelidad y mantenía la costumbre de orar, su interés principal eran sus amistades y su vida social. Luego, en el verano de 1805, cuando Ana tenía dieciséis años, hubo un avivamiento en su tranquilo pueblo de Nueva Inglaterra.

 Resulta que a la Academia Bradford llegó un maestro nuevo. Empezó a hablar acerca de la salvación, el cielo, el infierno y la necesidad de una conversión personal. Muchos se fueron convirtiendo. Los padres, hermanos y la hermana de Ana se convirtieron, al igual que una de sus amigas más cercanas, llamada Harriet Atwood. ¡Y Ana también se convirtió a Cristo! 

Escribió en su diario que aunque se había educado con un fuerte fundamento moral, rara vez había sentido ninguna impresión seria del Espíritu Santo. Había creído que siendo buena y de buena moral, podía escapar del infierno. Aunque en ocasiones sentía culpabilidad por sus pecados, la ignoraba. Llenaba su vida de placeres y diversiones, hasta que un día leyó el versículo: “Pero la que se entrega a los placeres, viviendo está muerta” (1 Timoteo 5:6). 

Luego leyó El Progreso del Peregrino y decidió vivir una vida religiosa, pensando que iba camino al cielo. Así siguió titubeando entre renunciar a los placeres y las diversiones, y volver a sus fiestas y esparcimientos. Incluso lloraba, consciente de sus pecados, para luego volver a las diversiones de su vida social. Esto siguió igual por unos cuantos meses hasta que visitó a una tía quien le preguntó acerca de su condición espiritual. La tía le advirtió en contra de tomar a la ligera la obra del Espíritu Santo en su vida. No obstante, siguió titubeando y hasta llegó a sentir antipatía por un Dios santo, quizá porque él se interponía para impedir que continuara su manera de vivir. 

Finalmente, mientras leía True Religion (Religión verdadera), por Bellamy, comprendió la verdad acerca del carácter de Dios y la pecaminosidad de su propio corazón, y se convirtió a Cristo. Ahora su vida había cambiado al convertirse en seguidora de Dios y su Palabra, y poseedora de la verdadera felicidad basada en la obra de Cristo a favor de ella, no basada en un fundamento falso de placeres del mundo. Comenzó a demostrar comprensión y habilidad para expresar las verdades más profundas de la teología. Empezó a orar pidiendo que el Señor preparara su corazón para la obra que él quería que ella realizara para él.

Después de su conversión, Ana comenzó a sentir el anhelo de que otros comprendieran los grandes atributos de su Dios grande. Tomó la resolución de continuar su constante lucha contra sus pecados a fin de poder cumplir plenamente la voluntad del Señor. Leyó a todos los grandes escritores teológicos de su época, aun a Jonathan Edwards. 

Fue maestra de escuela por varios años en Salem, Haverhill, y Newbury, trabajo que se tomaba muy en serio. Oraba por la conversión de sus alumnos, y en su diario comenzó a mostrar evidencias de un anhelo incontenible de que Dios fuera glorificado por medio de conversiones en otros países. Al leer la vida de David Brainerd, se sintió muy compungida al igual que entusiasmada por vivir una vida santa ante un Dios santo. 

Luego, el 28 de junio de 1810, cuando tenía veintiún años, cuatro estudiantes que se habían entregado para ir como misioneros a otros países, visitaron su iglesia y se hospedaron con la familia Hasseltine. Uno de esos jóvenes era Adoniram Judson. Por supuesto, Ana lo cautivó inmediatamente. No es de sorprender que él se preguntara si ella sería la respuesta a una de sus oraciones. No solo le cautivó su belleza, sino de mayor importancia, su profundo espíritu de consagración; y, sí, también su profunda preocupación por la obra misionera. 

Él le escribió un mes después preguntando si sería posible iniciar un noviazgo. Ella contestó que él le tendría que preguntarle a su padre. Esto eventualmente resultó en que él le escribiera la siguiente carta al papá de ella, pidiendo su mano: 

Ahora tengo que preguntar si consentiría en separarse de su hija a principios 
de la próxima primavera para no volver a verla en este mundo; 
si consentiría en que ella partiera a un país pagano y se sujetara 
a las pruebas y sufrimientos de una vida misionera; 
si consentiría en que se expusiera a los peligros del océano 
y la influencia fatal del clima del sur de India y a toda clase de 
carencias y angustias y situaciones degradantes, insultos, 
persecución y quizá una muerte violenta. 
¿Puede consentir a todo esto por Aquel quien dejó su hogar celestial y murió por ella, 
y por las almas perdidas que perecen, por Sión y la gloria de Dios? 
¿Puede consentir a todo esto con la esperanza de encontrarse pronto con su hija 
en la gloria, con una corona de justicia iluminada por las aclamaciones 
de alabanza al Salvador, de los paganos salvados de una condenación 
y perdición eterna, gracias a ella como instrumento del Señor? 

Juan y Rebecca Hasseltine dejaron que su hija menor tomara su propia decisión. Durante el tiempo de decisión, Ana tuvo una profunda lucha espiritual al examinarse a sí misma, al contar todo el costo que requería encontrar una respuesta. Muchos se oponían rotundamente. Después de todo, ¡sería la primera mujer de Norteamérica en ir a otro país como misionera! Pero una vez que tomó su decisión, nadie podía disuadirla de su propósito de responder al llamado de Dios sobre su vida. 

En la primavera de 1811, su amiga Harriet Atwood tomó la misma decisión cuando decidió casarse con Samuel Newell, que también había sido uno de los cuatro visitantes. El Día de Año Nuevo de 1811, Adoniram Judson escribió: 

 Sea este año uno en que tu andar sea cerca del Señor, 
tu estado de ánimo tranquilo y sereno. Sea este un año en que te eleves 
por encima de las cosas terrenales y estés dispuesta a hacer en este mundo 
lo que sea la voluntad de Dios. A medida que cada momento del año 
te vaya acercando más al final de tu peregrinaje, que te acerque más y más a Dios 
y estés más preparada para dar la bienvenida al mensajero de la muerte 
como un libertador y un amigo. Sea este año cuando cambies tu nombre, 
cuando te despidas de tus familiares y tu patria, 
y cuando cruces el ancho océano y vivas al otro lado del mundo entre un pueblo pagano. 
Qué cambio tan grande probablemente suceda este año en nuestra vida.

El 5 de febrero de 1812 se casaron y se despidieron con emoción y lágrimas de sus familiares y amigos. El 6 de febrero se realizó el culto de ordenación de Adoniram Judson y Samuel Newell, y partieron para la India el 18 de febrero de 1812, llegando a Calcuta el 18 de junio del mismo año, listos para servir a su Señor del modo como él quisiera. ¡Poco se imaginaban por qué rumbo les llevaría esa senda!


Fuente: Publicado por Chapel Library • 2603 West Wright St. • Pensacola, Florida 32505 USA 
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miércoles, 26 de junio de 2024

La Fragancia De Cristo - Helen Ewan

Por James A. Stewart

Cuando me salvé, durante un movimiento poderoso del Espíritu de Dios en Glasgow, Escocia, también se salvó una joven. Se llamaba Helen Ewan. Era muy delgada, pero en el umbral de su nueva vida en Cristo, ella lo coronó como Señor absoluto, y se llenó del Espíritu – una experiencia definitiva.
Los ríos del agua viviente fluían simplemente de la vida de esa joven (Juan 7:37-39). Cuando se murió a la edad de 22 años, toda Escocia lloró. Sé que cientos de misioneros por todo el mundo lloraron y estuvieron de luto por ella.

Ella había dominado el idioma ruso y esperaba laborar para Dios en Europa. No poseía personalidad sobresaliente; nunca había escrito un libro, ni compuesto un himno; no era predicadora, y nunca viajaba más de 200 millas de su casa. Pero cuando se murió, la gente comenzó a escribir la historia de su vida. Aunque se murió tan temprano en la vida, ella le llevó a una gran multitud a Jesucristo.

Se levantaba temprano todas las mañanas alrededor de las cinco para estudiar la Palabra de Dios, para tener comunión, y para orar. Ella oraba por cientos de misioneros. Su madre me mostró su diario – uno de sus diarios – y había por lo menos trescientos diferentes misioneros para quienes oraba. Demostró como Dios le había puesto el cargo en aquel corazón joven de un ministerio de oración. Ella tenía la fecha cuando comenzó a orar por un pedido y luego la fecha cuando le contestó Dios la petición. Ella tenía una vida de oración dinámica que movía a Dios y movía al hombre.

Yo hablaba un día con dos académicos de la Universidad en la Ciudad de Londres. Hablábamos del cristianismo dinámico, cuando uno de ellos de repente dijo, «Hermano Stewart, quiero contarle una historia.» Y me contó que en la Universidad de Glasgow había una joven increíble que dondequiera que fuera en el campus, dejaba una fragancia de Cristo detrás de ella.

Por ejemplo, si los estudiantes contaban cuentos sucios, alguien diría, «Shhh! – viene Helen – cállate.» Y entonces pasaba y sin saber, dejaba el poder tras ella. El profesor de la Universidad me contó cómo siempre percibían cuando entraba esta joven en la sala durante sus reuniones de oración. Ni hacía falta que participara ella en las oraciones. El momento en que entraba en la sala, la esencia de la reunión se revolucionó por el gran poder de Dios.

«Y,» dijo el profesor, «ella le llevaba a muchos de aquellos estudiantes a Jesucristo.» Ella era el poder más grande para Dios que él jamás había conocido en su vida.
Dije yo, «Señor, esa podía ser sola una persona. Esa era Helen Ewan.» Dijo que aquel fue el nombre de la joven.

He estado en las calles de Glasgow a la medianoche, en la noche terriblemente fría del invierno, repartiendo tratados y haciendo el evangelismo personal, y camino a casa, he visto a Helen Ewan con sus brazos alrededor de una pobre prostituta borracha, y contándole de Jesús y de Su amor.

Amigos, ella le llevaba una gran multitud a Jesucristo. Y cuando fui, muchos años después al lugar de su entierro, uno de los sepulteros dijo, «Predicador, nunca me olvidaré cuando se sepultó a esa joven allí. Cuando sepultaba el cuerpo, sentí la presencia de Dios sobre todo este lugar.»

Una vez pasábamos una tarde junto a unos jóvenes regocijándonos en el Señor, y divirtiéndonos, cuando mi esposa dijo, «¿Es esa la fotografía de Helen Ewan en la repisa?»
De repente hubo un silencio de muerte, y dijo ella, «Jim, ¿dije algo malo?» Toda risa paró, y uno por uno, sin decir palabra ninguna, nos arrodillamos y comenzamos a orar. Piénsalo, años después que ella se había ido a casa al Cielo, su nombre era tan poderoso. ¡Oh, amigos, creo que esta vida espiritual es para cada hijo de Dios!

«Sed llenos del Espíritu» (Efesios 5:18).


lunes, 18 de marzo de 2024

Un Mar Tempestuoso

Compartimos un extracto del diario de David Brainerd, que escribiera el célebre predicador Jonathan Edwards. 


Las muchas decepciones, las grandes aflicciones y perplejidades que experimenté, me dejaban en una horrenda disposición de conflicto con el Todopoderoso; y con vehemencia y hostilidad interiores hallaba fallas en sus maneras de tratar con la humanidad. Mi corazón inicuo, por muchas veces, deseaba algún otro camino de salvación que no fuera por Jesucristo. Al igual que un mar tempestuoso, con mis pensamientos confusos, solía planear maneras de escapar de la ira de Dios por algunos otros medios. Yo trazaba proyectos extraños, repletos de ateísmo, planeando decepcionar los designios y decretos divinos a mi respecto; o de escapar de su atención y ocultarme de Él.

Pero al reflexionar, vi que estos proyectos eran vanos y no me servirían; y que yo no podía crear nada para mi propio alivio. A eso jugaba mi mente en la más horrenda actitud, deseando que Dios no existiera; o deseando que hubiera algún otro dios que pudiera controlarlo. Tales pensamientos y deseos eran las inclinaciones secretas de mi corazón; muchas veces actuando antes de que pudiera darme cuenta de ellas. Desgraciadamente, sin embargo, eran mías; aunque quedara aterrorizado cuando meditaba acerca de ellas. Y cuando reflexionaba, me afligía pensar que mi corazón estaba tan lleno de enemistad contra Dios, y temblaba; temiendo que su venganza de repente cayera sobre mí.

Antes, solía imaginar que mi corazón no era tan malo como las Escrituras, y algunos otros libros, lo describían. A veces me esforzaba dolorosamente para moldear una buena disposición, una disposición humilde y sumisa; y esperaba que hubiera alguna bondad en mí. Pero, de repente, la idea de la rigidez de la ley o de la soberanía de Dios irritaba tanto la corrupción de mi corazón, el cual yo tanto vigilaba y esperaba haber traído a una buena disposición; que tal corrupción rompía todas las ataduras y explotaba por todos lados, como diluvios de aguas cuando desmoronan una represa.

Sensible a la necesidad de profunda humillación, a fin de tener una aproximación salvadora, me empeñaba en producir en mi propio corazón las convicciones exigidas por tal humillación, como por ejemplo, la convicción de que Dios sería justo si me rechazara para siempre; y que si Él me concediera misericordia a mí, sería por pura gracia, aunque primero tuviera que estar afligido por muchos años y muy atareado en mi deber, y que Dios de ninguna manera estaba obligado a tener piedad de mí por todas mis obras, clamores y lágrimas pasadas.

Me esforzaba al máximo para traerme a una firme creencia en esas cosas, y a un asentimiento de ellas de todo corazón. Y esperaba que ahora yo estuviera libre de mí mismo, verdaderamente humillado, y postrado ante la soberanía divina. Estaba inclinado a decir a Dios, en mis oraciones, que ahora tenía exactamente esas disposiciones de alma que Él requería, sobre la base de las cuales Él había mostrado misericordia hacia otros; y fundado en esto implorar y abogar misericordia para mí. Pero cuando no encontraba alivio y seguía oprimido por el pecado y los temores de la ira, mi alma entraba en tumulto, y mi corazón se rebelaba contra Dios; como si Él me tratara duramente.

Entonces mi conciencia se rebelaba, recordándome mi última confesión a Dios de que Él era justo al condenarme. Y eso, dándome una buena visión de la maldad de mi corazón, me echaba de nuevo en aflicción. Deseaba haber vigilado más de cerca mi corazón, impidiéndole rebelarse contra la manera como Dios me estaba tratando. E incluso llegaba a desear no haber pedido misericordia sobre la base de mi humillación; porque de ese modo había perdido toda mi aparente bondad. Así, a menudo, inútilmente imaginaba que estaba humillado y preparado para la misericordia salvadora.

[...] Así pues, aplazaba el entregarme a las manos de Dios, y buscaba mejores circunstancias para hacerlo, tales como: si yo leyese uno o dos pasajes bíblicos, u orase primero, o hiciera algo de esa naturaleza; o después aplazar mi sumisión a Dios con una objeción, diciendo que no sabía cómo someterme a Él. Pero la verdad era que no percibía ninguna seguridad en arrojarme en las manos de Dios, ni podía reclamar nada mejor que la condena.

Después de un tiempo considerable, pasado en ejercicios y aflicciones similares, una mañana mientras caminaba en un lugar solitario, de repente vi que todas mis artimañas y proyectos para realizar o buscar liberación y salvación por mí mismo eran cosas enteramente inútiles. Y fui traído a una posición en la que me hallaba totalmente perdido. Muchas veces, antes, había pensado que las dificultades en mi camino eran muy grandes; pero ahora percibía, bajo otra y muy distinta luz, que para siempre me sería imposible hacer cualquier cosa que me ayudara o liberase. Entonces pensé en acusarme a mí mismo, en el sentido de que no había hecho más, no haberme comprometido más mientras tuve oportunidad -pues ahora me parecía como si la oportunidad de hacer algo hubiera terminado e ido para siempre- pero de pronto percibí que haber hecho más de lo que yo ya había hecho, en nada me habría ayudado. Porque había hecho todas las súplicas que jamás podría haber hecho por toda la eternidad, y todas fueron vanas.

Mientras permanecí en ese estado, mis nociones sobre mis deberes eran muy diferentes de lo que me había imaginado en tiempos pasados. Antes, cuanto más cumplía mis deberes, más difícil creía que sería para Dios rechazarme; aunque al mismo tiempo, confesara y pensara el no haber ninguna bondad o mérito en mis deberes. Ahora, sin embargo, cuanto más oraba o hacía cualquier deber, más bien sentía que estaba endeudado con Dios; por permitirme pedir por misericordia. Porque observaba que el egocentrismo me había llevado a orar, y que nunca había orado una vez ni siquiera motivado por cualquier respeto hacia la gloria de Dios.

Ahora percibía que no había ninguna conexión necesaria entre mis oraciones y la concesión de la misericordia divina; que no ponían sobre Dios la mínima obligación de conferirme su gracia; y que no había más virtud o bondad en ellas que en intentar remar con las manos (la comparación que en aquel momento tenía en mente). Y eso, porque no se hacían motivadas por cualquier amor o consideración hacia Dios. Me di cuenta de que venía acumulando mis devociones ante Dios, ayunando, orando, etc., fingiendo, o algunas veces realmente pensando que apuntaba hacia la gloria de Dios; cuando de hecho yo no la buscaba, sino sólo mi propia felicidad.

Vi que como nunca había hecho nada por Dios, no tenía reivindicación alguna en cualquier cosa de Él; sino la perdición por cuenta de mi hipocresía y escarnio. ¡Oh, cuán diferentes parecían ahora mis deberes de lo que solían parecer! Mas cuando vi claramente que nada consideraba, a no ser mis propios intereses, entonces mis deberes me parecieron un vil escarnio de Dios, una auto-adoración; y un camino revestido de mentiras. He notado que algo peor que meras distracciones había acompañado mis deberes; porque todo no pasaba de auto-adoración, y un horrendo abuso de Dios.

Continué en ese estado mental desde el viernes por la mañana hasta la noche del sábado siguiente, 12 de julio de 1739, cuando yo de nuevo caminaba en aquel mismo lugar solitario donde fui llevado a verme como perdido y desamparado. Allí, en un lamentable estado melancólico, estaba tratando de orar, pero descubrí que mi corazón no quería involucrarse en oración o cumplir cualquier otro deber. Ahora había desaparecido mi preocupación anterior, mis ejercicios y afectos religiosos. Pensé que el Espíritu de Dios me había dejado totalmente. Pero yo no me sentía angustiado, sino desconsolado, como si nada en el cielo y en la tierra me pudiera hacer feliz.

Estando en ese estado me esforcé a orar por casi media hora, aunque como pensé, eso era muy estúpido e insensato. Entonces, cuando caminaba en un bosque espeso y oscuro, una gloria indecible pareció abrirse a los ojos y a la comprensión de mi alma. No estoy hablando de ningún esplendor externo, porque no he visto tal cosa, ni ninguna imaginación de un cuerpo de luz, o cualquier cosa de esa naturaleza; pero era una nueva percepción interior o visión que yo tenía de Dios, tal como nunca tuve antes.

Me quedé quieto y admirado. Sabía que nunca antes había visto algo comparable a ello por excelencia y belleza; era muy diferente de todas las concepciones que alguna vez tuve de Dios, o de las cosas divinas.

No recibí comprensión particular de cualquiera de las personas de la Trinidad, tanto del Padre, el Hijo o el Espíritu Santo; pero me parecía estar contemplando la gloria divina. Mi alma se regocijó con una alegría indecible, por contemplar tal Dios, un tal divino y glorioso Ser. E interiormente me sentía deleitado y satisfecho, por el hecho de que Él sería Dios sobre todo y para todo, siempre. Mi alma estaba tan cautivada y deleitada con la excelencia, la amabilidad, la grandeza y otras perfecciones de Dios; y estaba tan absorto en Él que yo no pensaba, como recuerdo, acerca de mi propia salvación; que al principio me asusté que hubiese una criatura como yo.

Fue así como Dios me trajo a una disposición de todo corazón de exaltarlo, de entronizarlo y de, suprema y finalmente, apuntar a su honor y gloria como Rey del universo.

Continué en ese estado de alegría, paz y admiración hasta casi oscurecerse, sin ningún sensible abatimiento. Entonces empecé a pensar y a examinar lo que yo había percibido; me sentí dulcemente sereno toda la noche siguiente. Me sentía en un mundo nuevo y todo a mi alrededor aparecía con un aspecto diferente de lo que había aparecido antes. 

Fue en ese tiempo que se abrió para mí el camino de la salvación, con tal sabiduría, conveniencia y excelencia infinitas, que llegué a admirarme de haber pensado de cualquier otra manera acerca de la salvación. Y me sorprendió que no hubiera desistido más temprano de mis propias astucias, y hubiese accedido antes a ese bendito y excelente camino. Si yo hubiera podido ser salvo a través de mis propios deberes, o por cualquier otro medio que hubiera inventado antes, ahora toda mi alma habría rechazado tales medios. Me preguntaba por qué el mundo entero no percibía ni accedía al verdadero camino de la salvación totalmente basado en los méritos de Cristo.

Fuente:https://diariosdeavivamientos.files.wordpress.com/2018/10/el-diario-de-david-brainerd-la-vida-de-david-brainerd-diarios-de-avivamientos-2018.pdf

martes, 12 de septiembre de 2023

El “Hombre Leopardo”

 África 

Un aullido rompió el silencio de la oscura noche africana: era el aullido de un leopardo al acecho. Produjo escalofríos en las figuras oscuras alrededor de la fogata, y se acercaron más a su luz.
Los nativos temían a los leopardos, pero había algo que temían mucho más: ¡a los “Hombres leopardo”! ¿Quién sabía cuándo uno podría aparecer saltando desde la oscuridad fuera del círculo de luz de la fogata para clavarle los dientes, que eran como garras de hierro, en el cuello de una víctima para llevársela arrastrando a una muerte terrible?
En épocas pasadas en el nordeste del Congo Belga se oían frecuentes historias de “Hombres leopardo” que eran miembros de una sociedad caníbal secreta llamada “Banyota.” Pero aún en la actualidad es un nombre temido, y ocasionalmente se escuchan reportes de actos malvados que se adjudican a los “Hombres leopardo.”
Nadie sabía quién podía ser un “Hombre leopardo”, ¡quizá lo era el hombre en la choza de al lado! Cuando se acercaban sigilosamente a su víctima lo hacían cubiertos de una piel de leopardo, y llevaban como arma un palo con afilados dientes de hierro, moldeados y espaciados de manera que dejaban sus marcas en el cuello igual que las de un leopardo de verdad.
Los miembros estaban obligados a mantenerse en secreto, y cumplían sus acciones malvadas, en parte, en un frenesí religioso pagano y, en parte, con un odio vengativo, y con frecuencia por su hambre por la carne humana, ¡porque siempre se comían a sus víctimas!
La luna brillaba con esplendor, pero no podía penetrar las oscuras sombras nocturnas de la selva. Los niños y las niñas se acurrucaban con sus mamás, ¡pero sus mamás también tenían miedo! Los ancianos indefensos miraban temerosos, por encima del hombro.
Cierto día un misionero estaba teniendo cultos evangélicos en la aldea de Mulele, y varios africanos pusieron su confianza en el Señor Jesús. Entre ellos había un anciano llamado Okalufu.
—¿Todos mis pecados están perdonados cuando confío en Cristo?—preguntó.
—¡La sangre de Jesucristo limpia de todo pecado!—contestó el misionero.
El rostro del hombre resplandecía de gozo por haber encontrado la salvación.
—He sido un terrible pecador—dijo,—porque, ¿sabe? ¡soy un “Hombre leopardo”!
¡El misionero no podía creer lo que estaba oyendo! Pero Okalufu le contó cómo, siendo un munyota, en su piel de leopardo había atacado y dado muerte a gente indefensa, ¡y luego había banqueteado comiéndoselas con sus compañeros en sus salvajes fiestas paganas!
—¿El Señor me perdonará?
El misionero se alegró porque podía contestar que aún para un pecador tan tremendo, había muerto Cristo; y en la seguridad de que sus pecados habían sido perdonados, Okalufu encontró paz en el Señor Jesucristo.
A la mañana siguiente, volvió Okalufu.
—Misionero, Dios ha sido bueno, me ha perdonado. ¡Pero anoche supe en mi corazón que tenía que ir al hombre del gobierno y decirle que soy un “Hombre leopardo,” un asesino y un caníbal!
—Dios te bendiga al hacer lo que tú sabes es lo correcto—contestó el misionero—. Estaremos orando por ti, Okalufu.
Entonces el anciano empaquetó unas pocas pertenencias, y comenzó su viaje de tres días por la selva hasta el puesto del gobierno. Al llegar, se presentó ante un asombrado oficial y declaró:
—¡Soy un caníbal, un munyota!
El sorprendido administrador no podía creer lo que oía, y exigió pruebas.
—¿Eres un “Hombre leopardo”? ¿Dónde está tu piel de leopardo y dónde está tu garra que usas como arma? Vé, búscalos, y tráemelos si esperas que te crea.
Así que de vuelta a casa por la larga senda en la selva anduvo durante tres días el anciano. Luego, de regreso al puesto para mostrárselos al atónito oficial.
—Pero, ¿por qué confiesas esto?—le preguntó a Okalufu—. ¿No sabes que la pena por el canibalismo es la muerte?
—Lo sé—admitió con tristeza el anciano—. Pero me ha sucedido algo. Por medio de las palabras de un misionero, he aprendido acerca del amor de Dios por mí, ¡y he recibido a Su Hijo como mi Salvador! Dios ha puesto un nuevo corazón dentro de mí. Tengo gozo y paz en el Señor Jesús. Aborrezco las costumbres de los “hombres leopardo” que antes amaba. He pecado contra Dios—siguió diciendo Okalufu—, y Dios me ha perdonado. Pero he pecado también contra las leyes del gobierno, y eso es lo que le confieso a usted ahora.
Conmovido por la sinceridad y el testimonio del anciano, el Buen Administrador puso a Okalufu en la cárcel por tres meses, acusándolo de un delito menor. En la cárcel, el harapiento Okalufu, que no sabía leer ni escribir, fue un testigo brillante para el Señor Jesús. Varios fueron salvos por su testimonio. De hecho, transformó la cárcel con su entusiasmo, y algunos hasta se alegraron cuando se cumplieron sus tres meses, y fue puesto en libertad.
Otra vez por la senda de la selva se fue Okalufu, gozándose en su libertad para poder extender las buenas nuevas de salvación por todas partes. En su aldea, Okalufu llegó a ser un testigo incansable en sus esfuerzos por ganar para el Señor a sus amigos y a todos los que encontraba. Rogaba de todo corazón a su pueblo que aceptara al Salvador que había enviado Dios, y descubriera la paz maravillosa que él había encontrado.
Pero Okalufu había hecho algo que nadie había oído que un “Hombre leopardo” hiciera: había confesado ser miembro de esa tenebrosa sociedad secreta, y se había apartado de ella. Los pecadores no pudieron resistir por mucho tiempo su testimonio que los reprendía y los obligaba a reflexionar.
Cierto día Okalufu se sentó a comer una comida sencilla. Al rato sintió un gran dolor, ¡y pronto se encontró en la presencia del Señor Jesús en quien había confiado como su Salvador!
Alguien, quizá uno de sus ex compañeros caníbales, le había puesto un veneno en la comida, y Okalufu murió, ¡como un mártir de su fe!
Hoy en África, hay cristianos felices, con rostros alegres, que conocieron al Señor por medio del testimonio del “Hombre leopardo” convertido. Muchos recuerdan maravillados y gozosos su testimonio.
Okalufu, el “Hombre leopardo” destruía vidas. Okalufu, el hombre nuevo en Cristo Jesús, por la maravillosa gracia de Dios ¡fue un instrumento para dar vida a muchos!

Fuente: https://bibletruthpublishers.com/el-hombre-leopardo-y-otras-historias-misioneras/margaret-jean-tuininga/lbd9935

domingo, 27 de noviembre de 2022

Cuatro Días En La Vida de David Brainerd

Extracto del libro: El Diario personal de David Brainerd

¡Oh, si pudiera ser una llama de fuego al servicio de mi Dios!

Martes 20 de abril. Estoy completando hoy veinticuatro años de edad. ¡Oh, cuánta misericordia recibí el año pasado! Con cuánta frecuencia Dios ha “hecho a su bondad pasar delante de mí”.

¡Y cuán pobremente he respondido a los votos hechos hace un año atrás, para ser totalmente del Señor, para ser dedicado para siempre a su servicio! Que en el futuro el Señor me ayude a vivir más para su gloria. Hoy ha sido un día dulce y feliz para mí; bendito sea Dios. Creo que mi alma nunca ha sido tan dilatada en la intercesión por otros como sucedió esta noche. He tenido una lucha fervorosa con el Señor en favor de mis enemigos; y difícilmente antes, he deseado tanto vivir para Dios, dedicarme totalmente a Él. Querría pasar mi vida en su servicio y para su gloria.

Miércoles 21 de abril. Sentí mucha calma y resignación; y Dios, una vez más, me capacitó para luchar por muchas almas, y me dio fervor en el dulce deber de la intercesión. De algún tiempo hasta aquí, he podido disfrutar más de la dulzura de la intercesión por el prójimo que de cualquier otro aspecto de la oración. Mi bendito Señor, de verdad, me ha permitido llegar más cerca de Él, a fin de hacerle mis peticiones.

Día del señor, 25 de abril. Hoy por la mañana pasé cerca de dos horas en deberes secretos de oración, y fui capacitado, más que nunca, a agonizar por las almas inmortales. Aunque era muy temprano por la mañana y el sol apenas brillaba, mi cuerpo estaba lleno de sudor. He sentido gran presión, como me ha ocurrido con frecuencia últimamente, para orar pidiendo la mansedumbre y calma del Cordero de Dios en mi alma; y por medio de su bondad divina sentí mucha esta mañana. ¡Oh, es una dulce disposición el perdonar de corazón todas las injurias que nos hacen, el desear bien a nuestros mayores enemigos, como si fuese a nuestras propias almas!

¡Bendito sea Jesús, haz que cada día sea conformado más y más a Ti! Por la noche yo estaba muy enternecido con el amor divino, y pude sentir algo de la bienaventuranza del mundo superior. Las palabras del Salmo 84.7 me arrebataron con mucha dulzura divina: “Irán de poder en poder; Verán a Dios en Sion”. Cómo Dios, una y otra vez, nos concede un acceso muy cerca de Él, en nuestros llamamientos a Él, esto bien puede ser llamado “aparecer delante de Dios”.

De hecho, así sucede en un verdadero sentido espiritual y en el más apacible sentido. Creo que en estos varios meses no he tenido tal poder de intercesión, tanto por los hijos de Dios y por los pecadores muertos, como tuve esta noche. He deseado y ansiado por la venida de mi querido Señor; deseé unirme a las huestes de ángeles en alabanzas, totalmente libre de la imperfección.

¡Oh, el bendito momento se acerca! Todo lo que quiero es ser más santo, más parecido a mi querido Señor. ¡Oh, por la santificación! Mi propia alma anhela por la completa restauración de la bendita imagen de mi Salvador, para que pueda ser apto para los benditos placeres y actividades del mundo celestial.


“Adiós, mundo vano, mi alma puede darte el adiós.

MI SALVADOR me enseñó a abandonarte.

Tus encantos pueden satisfacer una mente sensual;

Pero no pueden alegrar un alma destinada a Dios.

Reprime tu atracción; cesa de llamar a mi alma;

Está fijado por la gracia: mi Dios será mi TODO.

Mientras Él así me permita ver las glorias celestiales,

Tus bellezas se marchitan, no hay lugar para ti en mi corazón.”


El Señor me refrescó el alma con muchos extractos dulces de su Palabra. ¡Oh, la Nueva Jerusalén! Mi alma la desea mucho. ¡Oh, el cántico de Moisés y del Cordero! ¡Y ese cántico bendito que nadie puede aprender, excepto los que fueron “redimidos de la tierra”!

“Señor, soy aquí un extraño solitario;

La tierra ningún consuelo verdadero puede ofrecer;

Aunque ausente de mi más Querido,

Mi alma se complace en clamar: ¡Señor mío!

Jesús, mi Señor, mi único amor,

Posee mi alma y de allí no te apartes,

Concédeme amadas visitas, Paloma celestial:

Mi Dios tendrá entonces todo mi corazón.”


Lunes 26 de abril. Continué en un dulce estado de ánimo; pero en la tarde sentí algo de orgullo espiritual. Dios tuvo a bien hacer que fuese una sesión de humildad. ¡Mi alma anhela mucho ese bendito estado de perfección, de liberación de todo pecado! Por la noche, Dios me permitió entregar mi alma a Él para arrojarme sobre Él, para ser ordenado y dispuesto de acuerdo a su soberano placer; y yo gozaba de gran paz y consuelo al hacerlo. Mi alma se deleitaba en Dios, mis pensamientos se centraban libre y dulcemente en Él. ¡Oh, que pudiera pasar cada momento de mi vida para la gloria de Dios!


Fuente: Un extracto de la VIDA DE DAVID BRAINERD | Misionero a los indios

por Jonathan Edwards | Traducción y edición especial de Diarios de Avivamientos.

sábado, 8 de enero de 2022

William Borden

William Whiting Borden nació en Chicago, Illinois el 1o de Noviembre de 1887. William fue un millonario desde el día que nació. Después de graduarse del colegio, sus padres le regalaron un viaje alrededor del mundo el cual lo transformó, ya que se dio cuenta de la gran necesidad que había en el mundo, y, a raíz de esto, nace en él un profundo deseo de servir a Dios como misionero, siendo esto un parte aguas en su manera de vivir y pensar.

A su regreso, William comparte con sus amigos su inquietud, por lo que algunos de ellos se mofaron de él diciéndole que si lo hacía, tiraría su vida a la basura. Después de escuchar estas palabras,  William muy convencido, decide escribir en su Biblia “sin reservas.”

Más tarde, William Borden comienza su vida universitaria en  Yale, pero  con un propósito en mente:

Siempre di al yo “no” y a Jesús “sí”.

Los estudiantes de Yale decían que Borden estaba a un nivel espiritual por encima del resto. William se enfrentó con cosas en la universidad que lo decepcionaron, así que decidió hacer algo al respecto. Él y un amigo, comenzaron a tener un tiempo de oración y lectura bíblica antes del desayuno, y como resultado de esto, al final de su primer año, 150 estudiantes ya se estaban integrando  a estas reuniones con él y su amigo; para que finalmente en el último año de su carrera, 1,300 estudiantes estuvieran siendo parte de esas mañanas de estudio bíblico y oración. William realizó diversos ministerios durante su estancia en la universidad, entregó su vida a Jesús como él mismo lo había dicho: Sin reservas.

Una de sus pasiones fue buscar la rectitud. Él tenía en verdad el “hambre y sed de justicia” de la que nos habla Mateo 5:6.

Su vida de oración estaba llena de peticiones que lo demostraban y su manera de vivir también. En una ocasión caminando por las calles de Hyannisport, donde William, siendo niño, recordó que casi al final de sus vacaciones de verano, él había pedido al dueño de un pequeño negocio que le vendiera algo y que después se lo pagaría. El hombre accedió, sin embargo, William olvidó pagarlo, eran solo unos pocos centavos. Tiempo después, al caminar por las calles del pueblo lo recordó y sintió que lo correcto era buscar a aquel vendedor y saldar esa deuda, su intención era tener una vida recta frente a Dios y el mundo y dar testimonio de ello. Esta era su naturaleza. Si él se encontraba con algo que estuviera mal en su vida, hacía lo que fuera necesario para corregirlo.

Su vida espiritual afectó toda su forma de vida, tanto sus momentos de descanso y esparcimiento como sus actividades en su ministerio. Si venía a su mente alguna duda acerca de lo correcto de practicar algo en particular, él se alejaba de esa actividad de inmediato. Era ésta firme convicción por Jesús el rechazar por completo y abandonar todo aquello que lo pudiera apartar de esa vida en santidad que decidió tener.

El secreto del poder espiritual que él había aprendido era un secreto disponible para todos: El Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen” Hechos 5:32.

William Borden sabía que la voluntad de Dios era que fuera a predicar el evangelio a los musulmanes en China, y esa era su meta. Él inspiró a muchos de sus compañeros a que fuesen misioneros. Después de graduarse de la Universidad de Yale, William rechazó muchas ofertas de trabajo que le iban a dar grandes sumas de dinero y en su Biblia escribió: “no hay vuelta atrás”.

William Borden fue al seminario en Princeton para estudiar más. Después de graduarse, emprendió su camino hacia China. Heredero de la fabulosa fortuna de la leche Borden, donó un millón de dólares a las misiones partiendo él como misionero a Egipto, pero una estremecedora noticia estaría llegando un mes después, con  pocas semanas en el campo misionero contrajo meningitis y murió a la edad de 25 años.

Después de esto, cientos de jóvenes en Estados Unidos, rindieron su vida al campo misionero y vidas de cientos de personas fueron cambiadas. Cuando la Biblia de William llegó, encontraron dos palabras más debajo de “¨sin reservas¨ y ¨no hay vuelta atrás¨” y estas eran: “sin arrepentimiento”.

Fuente: https://tecnoiglesia.com/2015/08/william-borden-una-verdadera-vida-en-el-espiritu/

Fuente de las imágenes: https://biteproject.com/william-borden/

domingo, 24 de octubre de 2021

Juan Paton - Misionero a los antropófagos

Extracto del Libro: BIOGRAFÍAS DE GRANDES CRISTIANOS
Autor: Orlando S. Boyer | Tomos 1 y 2 | Pág. 70-76


Cerca de Dalswinton, en Escocia, vivía un matrimonio conocido en toda la región como los viejos Adán y Eva. A ese hogar llegó de visita, cierta vez, una sobrina, Janet Rogerson. Es de suponerse que no hubiese muchas cosas en aquella casa aislada de un par de ancianos, que pudiesen distraer a la joven siempre viva y alegre. Pero algo le atrajo su interés; cierto muchacho llamado Santiago Paton, entraba, día tras día, en el bosque próximo a la casa. Llevaba siempre un libro en la mano, como si él fuese allí con el propósito de estudiar y meditar. Cierto día, la jovencita, vencida por la curiosidad, entró furtivamente por entre los árboles y espió al muchacho que recitaba los Sonetos Evangélicos de Erskine. 
Su curiosidad se convirtió en una santa admiración cuando el joven, dejando el sombrero a un lado, en el suelo, se arrodilló debajo de un árbol para derramar su alma en oración ante Dios. Ella, con su espíritu juguetón, avanzó y le colgó el sombrero en una rama del árbol que estaba más próximo. En seguida se escondió en donde pudo, para presenciar cómo el muchacho, perplejo, iba a estar buscando su sombrero. Al día siguiente la escena se repitió. Pero el corazón de la muchacha se conmovió al ver la perturbación del joven, inmóvil por algunos minutos, con el sombrero en la mano. Fue así como él, al volver al día siguiente al lugar donde se arrodillaba diariamente, encontró una tarjeta prendida en el árbol. La tarjeta decía lo siguiente: "La persona que escondió su sombrero se confiesa sinceramente arrepentida de haberlo hecho y le pide que ore, rogando a Dios que la convierta en una creyente tan sincera como lo es usted."
El joven se quedó mirando por algún tiempo la tarjeta, olvidándose completamente de los Sonetos aquel día. Por fin, desprendió la tarjeta del árbol, y estaba reprochándose por no haberse dado cuenta de que era un ser humano quien le había escondido el sombrero en dos ocasiones, más tarde vio entre los árboles, una muchacha que llevaba un balde en la mano, cantando un himno escocés que pasaba frente a la casa del viejo Adán.
En aquel momento el muchacho, por instinto divino y en forma tan infalible como por cualquier voz que jamás hablara a un profeta de Dios, supo que la visita angélica que había invadido su retiro de oración, era la gentil y hábil sobrina de los viejos Adán y Eva. Santiago Paton todavía no conocía a Janet Rogerson, pero había oído hablar de sus extraordinarias cualidades intelectuales y espirituales.
Es probable que Santiago Paton comenzase a orar por ella — en un sentido diferente de aquel que ella le pidiera. De cualquier manera, la joven había hurtado, no solamente el sombrero del muchacho, sino también su leal corazón — un hurto que tuvo como resultado el casamiento de los dos.
Santiago Paton, fabricante de medias del condado de Dunfries y su esposa Janet, andaban, como Zacarías y Elizabeth en la antigüedad, en forma irreprensible delante del Señor. Cuando les nació el primogénito, le pusieron el nombre de Juan, dedicándolo solemnemente a Dios, en sus oraciones, para que fuese misionero a los pueblos que no tenían la oportunidad de conocer a Cristo.

Entre la casa propiamente dicha, en que vivía la familia Paton, y la parte que servía de fábrica, había un pequeño aposento. Acerca de ese cuarto, Juan Paton escribió lo siguiente: "Ese era el santuario de nuestra humilde casa. Varias veces al día, generalmente después de las comidas, nuestro padre entraba en aquel cuarto y, "cerrada la puerta", oraba. Nosotros, sus hijos, comprendíamos como por instinto espiritual, que esas oraciones eran por nosotros, como sucedía en la antigüedad cuando el sumo sacerdote entraba detrás del velo al Lugar Santísimo, para interceder en favor del pueblo. De vez en cuando se oía el eco de una voz, en un tono como de quien suplica por la vida; pasábamos delante de esa puerta de puntillas, a fin de no perturbar esa santa e íntima conversación. 
El mundo exterior no sabía de dónde provenía el gozo que resplandecía en el rostro de nuestro padre; pero nosotros, sus hijos, sí lo sabíamos; era el reflejo de la Presencia divina, la cual era siempre una realidad para él en la vida cotidiana. Nunca espero sentir, ni en el templo, ni en las sierras, ni en los valles, a Dios más cerca, más visible, andando y conversando más íntimamente con los hombres, que en aquella humilde casa cubierta de paja. Si, debido a una catástrofe indecible, todo cuanto pertenece a la religión fuese borrado de mi memoria, mi alma volvería de nuevo a los tiempos de mi mocedad: se encerraría en aquel santuario, y al oír nuevamente los ecos de aquellas súplicas a Dios, lanzaría lejos toda duda con este grito victorioso: Mi padre anduvo con Dios; ¿por qué no puedo andar yo también?"
En la autobiografía de Juan Paton se ve que sus luchas diarias eran grandes. Pero lo que leemos a continuación, revela cuál era la fuerza que operaba para que él siempre avanzase en la obra de Dios:
"Antes, sólo se celebraban cultos domésticos los domingos en la casa de mis abuelos: pero mi padre indujo a mi abuela primero, y luego a todos los miembros de la familia, para que orasen y leyesen un pasaje de la Biblia y cantasen un himno diariamente, por la mañana y por la noche. Fue así que mi padre comenzó, a los diecisiete años de edad, la bendita costumbre de celebrar cultos matinales y vespertinos en su casa; ésa fue una costumbre que observó, tal vez, sin ninguna excepción, hasta que se halló en el lecho de muerte, a los 78 años de edad; cuando aun en ese su último día de vida se leyó un pasaje de las Escrituras, y se oyó su voz mientras oraba. 
Ninguno de sus hijos se recuerda de un solo día que no hubiese sido así santificado; muchas veces había prisa por atender algún negocio; innúmeras veces llegaban amigos, disfrutábamos de momentos de gran gozo o de profunda tristeza; pero nada nos impedía que nos arrodillásemos alrededor del altar familiar, mientras el sumo sacerdote dirigía nuestras oraciones a Dios y se ofrecía a sí mismo y a sus hijos al mismo Señor. La luz de tal ejemplo era una bendición, tanto para el prójimo, como para nuestra familia. Muchos años después me contaron que la mujer más depravada de la villa, una mujer de la calle, pero que más tarde fue salvada y reformada por la gracia divina, declaró que la única cosa que evitó que cometiese suicidio fue que, encontrándose ella una noche obscura cerca de la ventana de la casa de mi padre, lo oyó implorando en el culto doméstico, que Dios convirtiese "al impío del error de su camino y lo hiciese lucir como una joya en la corona del Redentor". "Vi", dijo ella, "cómo yo era un gran peso sobre el corazón de ese buen hombre, y sabía que Dios respondería a sus súplicas. 
Fue por causa de esa seguridad que no entré al infierno y que encontré al único Salvador".
No es de admirarse que en tal ambiente, tres de los once hijos, Juan, Walter y Santiago, fuesen inducidos a entregar su vida a la obra más gloriosa, que es la de ganar almas. Creemos que este punto no estaría completo si no le añadiésemos un párrafo más de la misma autobiografía:
"Hasta qué punto fui impresionado en ese tiempo por las oraciones de mi padre, no lo puedo decir, ni nadie podría comprenderlo. Cuando todos nos encontrábamos arrodillados alrededor de él en el culto doméstico, y él, igualmente de rodillas, derramaba toda su alma en oración, con lágrimas, no sólo por todas las necesidades personales y domésticas, sino también por la conversión de aquella parte del mundo donde no había predicadores para servir a Jesús, nos sentíamos en la presencia del Salvador vivo y llegamos a conocerlo y amarlo como nuestro Amigo divino. Cuando nos levantábamos después de esas oraciones, yo acostumbraba quedarme contemplando la luz que reflejaba el rostro de mi padre y ansiaba tener el mismo espíritu; anhelaba, como respuesta a sus oraciones, tener la oportunidad de prepararme y salir, llevando el bendito evangelio a una parte del mundo que estuviese entonces sin misionero".
Acerca de la disciplina en el hogar, veremos aquí lo que él escribió:
"Si había algo realmente serio para corregir, mi padre se retiraba primeramente al cuarto de oración, y nosotros comprendíamos que él estaba llevando el caso ante Dios; ¡ésa era la parte más severa del castigo para mí! Yo estaba listo a encarar cualquier castigo, pero esto que él hacía penetraba en mi conciencia como un mensaje de Dios. Amábamos aún más a nuestro padre al ver cuánto tenía que sufrir para castigarnos, y, de hecho, tenía muy poco que castigar, pues nos dirigía a todos nosotros, sus once hijos, mucho más mediante el amor que mediante el temor".
Por fin llegó el día en que Juan tenía que dejar el hogar paterno. Sin tener dinero para el pasaje y con todo lo que poseía, incluyendo una Biblia, envuelta en un pañuelo, salió a pie para ir a trabajar y a estudiar en Glasgow. El padre lo acompañó durante una distancia de nueve kilómetros. Durante el último kilómetro, antes de separarse, los dos caminaron sin decirse una palabra — el hijo sabía por el movimiento de los labios de su padre, que él iba orando en su corazón, por él. Al llegar al lugar donde debían separarse uno del otro, el padre balbuceó:
"que Dios te bendiga hijo mío! ¡Que el Dios de tu padre te prospere y te guarde de todo mal!" Después de abrazarse mutuamente el hijo salió corriendo, mientras el padre de pie en medio del camino, inmóvil, con el sombrero en la mano y las lágrimas corriéndole por el rostro, continuaba orando con todo su corazón. Algunos años después el hijo confesó que esa escena se le había quedado grabada en su alma, y lo estimulaba como un fuego inextinguible a no desilusionar a su padre en lo que de él esperaba, es decir, que siguiese su bendito ejemplo de andar siempre con Dios.
Durante los tres años de estudios que pasó en Glasgow, a pesar de trabajar con sus propias manos para sustentarse, Juan Paton hizo, en el gozo del Espíritu Santo, una gran obra en la siega del Señor. No obstante, resonaba constantemente en sus oídos el clamor de los salvajes de las islas del Pacífico y ése fue el asunto que ocupó principalmente sus meditaciones y oraciones diarias. 
Había otros que podían continuar la obra que él hacía en Glasgow, pero ¡¿Quién deseaba llevar el evangelio a esos pobres bárbaros?!
Al declarar su resolución de ir a trabajar entre los antropófagos de las Nuevas Hébridas, casi todos los miembros de su iglesia se opusieron a su salida. Uno de los más estimados hermanos así se explicó:

"Entre los antropófagos! ¡Será comido por los antropófagos!" A eso Juan Paton respondió: "Usted hermano, es mucho mayor que yo, y en breve será sepultado y luego será comido por los gusanos; le digo a usted hermano, que si yo logro vivir y morir sirviendo y honrando al Señor Jesús, no me importará ser comido por los antropófagos o por los gusanos; en el gran día de la resurrección mi cuerpo se levantará tan bello como el suyo, a semejanza del Redentor resucitado".
En efecto, las Nuevas Hébridas habían sido bautizadas con sangre de mártires. Los dos misioneros Williams y Harris que habían sido enviados para evangelizar esas islas pocos años antes, fueron muertos a garrotazos, y sus cadáveres fueron cocidos y comidos. "Los pobres salvajes no sabían que habían asesinado a sus amigos más fieles; así pues, los creyentes de todos los lugares al recibir la noticia del martirio de los dos, oraron con lágrimas por esos pueblos despreciados".
Y Dios oyó sus súplicas llamando entre otros a Juan Paton.  Sin embargo, la oposición a su salida era tal que él resolvió escribir a sus padres. Mediante su respuesta llegó a saber que ellos lo habían dedicado para tal servicio el mismo día de su nacimiento. Desde ese momento, Juan Paton ya no tuvo más duda de que ésa era la voluntad de Dios, y decidió en su corazón emplear toda su vida sirviendo a los indígenas de las islas del Pacífico.
Nuestro héroe nos cuenta muchas cosas de interés acerca del largo viaje en barco de vela a las Nuevas Hébridas. Casi al fin del viaje se quebró el mástil del navío. Las aguas los llevaban lentamente para Tana, una isla de antropófagos, donde todo su equipaje habría sido saqueado y todos los de a bordo cocidos para ser comidos. Sin embargo, Dios oyó sus súplicas y alcanzaron otra isla. Unos meses después fueron a la misma isla de Tana, donde consiguieron comprar un terreno de los salvajes y edificar una casa. 
Resulta conmovedor leer que construyeron la casa sobre los mismos cimientos que había echado el misionero Turner quince años antes, y quien tuvo que huir de la isla para escapar de ser muerto y comido por los salvajes.
Acerca de su primera impresión sobre la gente, Paton escribió: "Estuve al borde de la mayor desesperación. Al ver su desnudez y miseria sentí tanto horror como piedad. ¿Había yo dejado la obra entre mis amados hermanos de Glasgow, obra en la que sentía un gran gozo para dedicarme a criaturas tan degeneradas como éstas? Me pregunté a mí mismo: '¿Será posible enseñarles a distinguir entre el bien y el mal, y llevarlos a Cristo, o aun civilizarlos?' Pero todo eso fue apenas un sentimiento pasajero. Luego sentí un deseo tan profundo de llevarlos al conocimiento y al amor de Jesús, como jamás había sentido antes cuando trabajaba en Glasgow".
Antes de que la casa donde irían a vivir los Paton estuviese terminada, hubo una batalla entre dos tribus.
Las mujeres y los niños huyeron hacia la playa, donde conversaban y reían ruidosamente, como si sus padres y hermanos estuviesen ocupados en algún trabajo pacífico. Pero mientras los salvajes gritaban y se empeñaban en conflictos sangrientos, los misioneros se entregaban a la oración por ellos. Los cadáveres de los muertos fueron llevados por los vencedores hasta una caldera de agua hirviendo, donde fueron cocinados y comidos. En la noche todavía se escuchaba el llanto y los gritos prolongados de las aldeas vecinas. Los misioneros fueron informados de que un guerrero, herido en la batalla, había acabado de morir en su casa. Su viuda fue estrangulada inmediatamente, conforme a la costumbre, para que su espíritu acompañase al espíritu del marido y continuase sirviéndole de esclava.
Los misioneros entonces, en ese ambiente de la más repugnante superstición, de la más baja crueldad y de la más flagrante inmoralidad, se esforzaron por aprender a usar todas las palabras posibles de ese pueblo que no conocía la Escritura. Anhelaban hablar de Jesús y del amor de Dios a esos seres que adoraban árboles, piedras, fuentes, riachos, insectos, espíritus de los hombres fallecidos, reliquias de cabellos y uñas, astros, volcanes, etc. etc.
La esposa de Paton era una colaboradora muy esforzada y en el espacio de pocas semanas reunió a ocho mujeres de la isla y las instruía diariamente. Tres meses después de la llegada de los misioneros a la isla, la esposa de Paton falleció de malaria y un mes después su hijito también murió. ¡Resulta imposible describir el inmenso pesar que sentía Paton durante los años que trabajó sin su colaboradora en Tana! A pesar de casi haber muerto también de malaria; a pesar de que los creyentes insistían en que volviese a su tierra; y a pesar de que los indígenas hacían un plan tras otro plan para matarlo y luego comérselo, ese héroe permaneció orando y trabajando fielmente en el puesto donde Dios lo había colocado.
Se construyó un templo y un buen número de indígenas se congregaba allí para oír el mensaje divino. Paton no solamente logró llevar la lengua de los tanianos a la forma escrita, sino que también tradujo a esa lengua una parte de las Escrituras, la cual imprimió, a pesar de no conocer el arte tipográfico. Acerca de esa gloriosa hazaña de imprimir el primer libro en taniano, él escribió lo siguiente: "Confieso que grité de alegría cuando la primera hoja salió de la prensa, con todas las páginas en orden adecuado; era entonces la una de la mañana. Yo era el único hombre blanco en la isla, y hacía horas que todos los nativos dormían. No obstante, tiré mi sombrero al aire y dancé como un chiquillo, durante algún tiempo, alrededor de la máquina impresora.
"¿Habré perdido la razón? ¿No debería yo, como misionero, estar de rodillas alabando a Dios, por esta nueva prueba de su gracia? ¡Creedme amigos, mi culto fue tan sincero como el de David, cuando danzó delante del Arca de su Dios! No debéis pensar que, después de que estuvo lista la primera página, yo no me arrodillé pidiendo al Todopoderoso que propagase la luz y la alegría de su santo Libro en los corazones entenebrecidos de los habitantes de aquella tierra inculta".
Luego, cuando Paton había pasado tres años en Tana, una pareja de misioneros que vivía en la isla vecina, Erromanga, fue martirizada bárbaramente a hachazos, en pleno día. Cuando se cumplieron cuatro años de estar viviendo en Tana, el odio de los indígenas de esa isla llegó al máximo. Diversas tribus acordaron matar al "indefenso" misionero y acabar de esa manera con la religión del Dios de amor en toda la isla.
Sin embargo, como él mismo se declaraba inmortal hasta acabar su obra en la tierra, eludía, en pleno campo, los innúmeros lanzazos, hachazos y porrazos que le dirigían los indígenas, y así, logró escapar a la isla de Aneitium. Entonces decidió ocuparse en la obra de traducción del resto de los Evangelios a la lengua taniana, mientras esperaba la oportunidad de volver a Tana. Con todo, se sintió dirigido a aceptar un llamado para ir a Australia. En el transcurso de unos meses, animó a las iglesias a que compraran una embarcación de vela para el servicio de los misioneros. También las instó a que contribuyesen liberalmente y que enviasen más misioneros para evangelizar todas las islas.

Acerca de su viaje a Escocia, después de haber pasado algunos años en las Nuevas Hébridas, él escribió: "Fui en tren a Dunfries, y allí encontré transporte para ir a mi querido hogar paterno donde fui acogido con muchas lágrimas. Solamente habían transcurrido cinco cortísimos años desde que yo había salido de ese santuario con mi joven esposa, y ahora, ¡ay de mí! madre e hijo yacían en su tumba en Tana, abrazados, hasta el día de la resurrección. . . No fue con menos gozo, a pesar de sentirme angustiado, que, pocos días después me encontré con los padres de mi querida y desaparecida esposa".
Antes de partir de Escocia en su nuevo viaje, Paton se casó con la hermana de otro misionero. Llamada por Dios a trabajar entre los naturales de las Nuevas Hébridas, sumergidos en las tinieblas, ella sirvió
como fiel compañera de su marido por muchos años.
"Lo último que hice en Escocia fue arrodillarme en el hogar paterno, durante el culto doméstico, mientras mi venerado padre, como sacerdote de cabellos blancos nos encomendaba, una vez más, 'a los cuidados y protección de Dios, Señor de las familias de Israel'. Yo sabía por cierto, cuando nos levantamos después de la oración y nos despedimos unos de otros, que no nos encontraríamos más con ellos antes del día de la resurrección. No obstante, mi padre y mi querida madre nos ofrecieron de nuevo al Señor con corazones alegres, para su servicio entre los salvajes. Más tarde mi querido hermano me escribió que la `espada' que traspasó el alma de mi madre fue demasiado aguda y que después de nuestra partida, ella estuvo por mucho tiempo como muerta en los brazos de mi padre".
De regreso a las islas, Paton fue constreñido por el voto de todos los misioneros a no volver a Tana, sino a iniciar la obra en la vecina isla de Aniwa. De esa manera, tuvo que aprender otra lengua y comenzar todo de nuevo. ¡Al preparar el terreno para la construcción de la casa, Paton llegó a juntar dos cestas de huesos humanos, provenientes de víctimas devoradas por los habitantes de la isla!
"Cuando esas pobres criaturas comenzaban a usar un pedacito de tela, o un faldón, era señal exterior de una transformación, a pesar de estar muy lejos de la civilización. Y cuando comenzaban a mirar hacia arriba a orar a Aquel a quien llamaban 'Padre, nuestro Padre', mi corazón se derretía en lágrimas de gozo; y sé por cierto que había un Corazón divino en los cielos que estaba regocijándose también". Con todo, igual que en Tana, Paton se consideraba inmortal hasta que completase la obra que le había sido designada por Dios. Innúmeras fueron las veces que evitó la muerte agarrando el arma levantada contra él por los salvajes para matarlo.
Por fin, la fuerza de las tinieblas unidas contra el Evangelio en Aniwa cedió. Eso tuvo lugar cuando él cavó un pozo en la isla. Para los indígenas el agua de coco era suficiente para satisfacer su sed, porque se bañaban en el mar; usaban un poco de agua para cocinar — ¡y ninguna para lavar la ropa! Pero para los misioneros la falta de agua dulce era el mayor sacrificio, y Paton resolvió cavar un pozo.

Al principio los indígenas lo ayudaron en esa obra, a pesar de que consideraban que el plan "de que el Dios del misionero proporcionara lluvia desde abajo", era la concepción de una mente extraviada. Pero después, amedrentados por la profundidad del pozo, dejaron que el misionero continuase cavando solo, día tras día, mientras lo contemplaban desde lejos, diciendo entre sí: "¡¿Quién oyó jamás hablar de una lluvia que venga desde abajo?! ¡Pobre misionero! ¡Pobrecito!" Cuando el misionero insistía en decirles que el abastecimiento de agua en muchos países provenía de pozos, ellos respondían: "Es así como suelen hablar los locos; nadie puede desviarlos de sus ideas fijas".
Después de muchos y largos días de trabajo fatigante, Paton alcanzó tierra húmeda. Confiaba en que Dios lo ayudaría a obtener agua dulce como respuesta a sus oraciones. A esa altura, sin embargo, al meditar sobre el efecto que causaría entre la gente si encontrase agua salada, se sentía casi horrorizado al pensar en ello. "Me sentí" escribió él, "tan conmovido, que quedé bañado en sudor y me temblaba todo el cuerpo cuando el agua comenzó a brotar de abajo y empezó a llenar el pozo.

Tomé un poco de agua en la mano y la llevé a la boca para probarla. ¡Era agua! ¡Era agua potable! ¡Era agua viva del pozo de Jehová!"
Los jefes indígenas acompañados de todos sus hombres asistieron a este acontecimiento. Era una repetición, en pequeña escala, de la escena de los israelitas que rodeaban a Moisés cuando éste hizo brotar agua de la roca. Después de pasar algún tiempo alabando a Dios, el misionero se sintió más tranquilo y bajó nuevamente al pozo, llenó un jarro con "la lluvia que Jehová Dios le daba mediante el pozo", y se lo entregó al jefe. Este sacudió el jarro para ver si realmente había agua en él; entonces tomó un poco de agua en la mano, y no satisfecho con eso, llevó a la boca un poco más. Después de revolver los ojos de alegría, la bebió y rompió en gritos: "¡Lluvia! ¡Lluvia! ¡Sí; es verdad, es lluvia! ¿Pero, cómo la conseguiste?" Paton respondió: "Fue Jehová, mi Dios, quien la dio de su tierra en respuesta a nuestra labor y nuestras oraciones. ¡Mirad y ved, por vosotros mismos, cómo brota el agua de la tierra!"
Entre toda esa gente no había un solo hombre que tuviese el valor de acercarse a la boca del pozo; entonces formaron una larga fila y asegurándose los unos a los otros con las manos, fueron avanzando hasta que el hombre que estaba al frente de la fila pudiese mirar dentro del pozo; Enseguida, el que había mirado, entonces pasaba al fin de la "cola", dejando que el segundo mirase para ver la "lluvia de Jehová, allí, bien abajo".
Después que todos hubieron mirado, uno por uno, el jefe se dirigió a Paton diciéndole: "¡Misionero, la obra de tu Dios, Jehová, es admirable, es maravillosa! Ninguno de los dioses de Aniwa jamás nos bendijo tan maravillosamente. Pero, misionero, ¿continuará El dándonos siempre esa lluvia en esa forma? o, ¿vendrá como la lluvia de las nubes?" El misionero explicó, para gozo inefable de todos, que esa bendición era permanente y para todos los aniwaianos.
Durante los años siguientes a este acontecimiento, los nativos trataron de cavar pozos en seis o siete de los lugares más probables, cerca de varias villas. Sin embargo, todas las veces que lo hicieron, o se encontraron con roca, o el pozo les daba agua salada. Entonces se decían: "Sabemos cavar, pero no sabemos orar como el misionero, y por lo tanto, ¡Jehová no nos da lluvia desde abajo!"
Un domingo, después que Paton había conseguido el agua de pozo, el jefe Namakei convocó a todo el pueblo de la isla. Haciendo ademanes con una hachita en la mano, se dirigió a los oyentes de la siguiente manera: "Amigos de Namakei, todos los poderes del mundo no podrían obligarnos a creer que fuese posible recibir la lluvia de las entrañas de la tierra, si no lo hubiésemos visto con nuestros propios ojos y probado con nuestra propia boca. . . Desde ahora, pueblo mío, debo adorar al Dios que nos abrió el pozo y nos da la lluvia desde abajo. 

Los dioses de Aniwa no pueden socorrernos como el Dios del misionero. De aquí en adelante, yo soy un seguidor del Dios Jehová. Todos vosotros, los que quisiéreis hacer lo mismo, tomad los ídolos de Aniwa, los dioses que nuestros padres temían, y lanzadlos a los pies del misionero...Vamos donde el misionero para que él nos enseñe cómo debemos servir a Jehová...Quien envió a su Hijo, Jesús, para morir por nosotros y llevarnos a los cielos".
Durante los días siguientes, grupo tras grupo de salvajes, algunos con lágrimas y sollozos, otros con gritos de alabanzas a Jehová, llevaron sus ídolos de palo y de piedra y los lanzaron en montones delante del misionero. Los ídolos de palo fueron quemados; los de piedra, enterrados en cuevas de 4 a 5 metros de profundidad, y algunos, de mayor superstición, fueron lanzados al fondo del mar, lejos de la tierra.
Uno de los primeros pasos en la vida cotidiana de la isla, después de que se destruyeron todos los ídolos, fue la invocación de la bendición del Señor en las comidas. El segundo paso, una sorpresa mayor y que también llenó al misionero de inmenso gozo, fue un acuerdo entre ellos de celebrar un culto doméstico por la mañana y otro por la noche. Sin duda esos cultos estaban mezclados, por algún tiempo, con muchas de las supersticiones del paganismo.
Pero Paton tradujo las Escrituras y las imprimió en la lengua aniwaiana, y enseñó al pueblo a leerlas. La transformación que sufrió el pueblo de esa isla fue una de las maravillas de los tiempos modernos. ¡Qué emoción tan grande se siente al leer acerca de la ternura que el misionero sentía por esos amados hijos en la fe, y del cariño que ellos, los otrora crueles salvajes que se comían los unos a los otros, mostraban para con el misionero!
¡Ojalá que nuestro corazón arda también en deseos de ver la misma transformación de los millones de habitantes primitivos que hay aún en tantas partes del mundo!
Paton describió la primera Cena del Señor que celebraron en Aniwa, con las siguientes palabras: "Al colocar el pan y el vino en las manos de esos ex antropófagos, otrora manchadas de sangre y ahora extendidas para recibir y participar de los emblemas del amor del Redentor, me anticipé al gozo de la gloria hasta el punto de que mi corazón parecía salírseme del pecho. ¡Yo creo que me sería imposible experimentar una delicia mayor que ésta, antes de poder contemplar el rostro glorificado del propio Jesucristo!"
Dios no solamente le concedió a nuestro héroe el inefable gozo de ver a los aniwaianos ir a evangelizar las islas vecinas, sino también el gozo de ver a su propio hijo, Frank Paton, y a su esposa, ir a vivir en la isla de Tana, para continuar la obra que él había comenzado con el mayor sacrificio.
Fue a la edad de 83 años que Juan G. Paton oyó la voz de su precioso Jesús, llamándolo para el hogar eterno. ¡Cuán grande ha sido su gozo, no solamente al reunirse con sus queridos hijos de las islas del sur del Pacífico, los cuales habían entrado al cielo antes que él, sino también al poder dar la bienvenida a los otros que van llegando allí, uno por uno! 

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