Extracto del libro: Esperando en Dios
Autor: Andrew Murray
Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová. (Lamentaciones 3:26.)
«Observa y guarda silencio; no temas ni te des-mayes.» «En quietud y en confianza será vuestra fortaleza.» Estas palabras nos revelan la estrecha relación que hay entre la quietud y la fe, y nos muestran la profunda necesidad que tenemos de quietud, un elemento del verdadero esperar en Dios. Si hemos de volver nuestro corazón enteramente a Dios, hemos de apartarlo de la criatura, de todo lo que nos ocupa e interesa, sea gozo o sufrimiento.
Dios es un ser de una grandeza y gloria infinitas, y nuestra naturaleza ha sido alienada de El hasta el punto de que se requiere todo nuestro corazón y deseo para poder, incluso en una medida ínfima, conocerle y recibirle. Todo lo que no es Dios, que provoca nuestro temor o estimula nuestros esfuerzos, o despierta nuestras esperanzas o nos da contento, estorba nuestro perfecto esperar en Él. El mensaje tiene un profundo significado: «Observa y guarda silencio»; «En quietud será vuestra fortaleza»; «Es bueno que el hombre espere en quietud».
Las Escrituras abundan en testimonios de que el pensamiento de Dios en su majestad y su santidad debe imponernos silencio:
«Jehová está en su santo templo: calle delante de Él toda la tierra» (Habacuc 2:20).
«Calla en la presencia de Jehová el Señor» (Sofonías 1:7).
«Calle toda carne delante de Jehová; porque él se ha levantado de su santa morada» (Zacarías 2: 13).
En tanto que el esperar en Dios es considerado principalmente como un fin hacia una oración más efectiva, y la obtención de nuestras peticiones, no se puede obtener este espíritu de perfecta quietud. Pero, cuando se ve que el esperar en Dios es en sí una bendición inefable, una de las formas más altas de comunión con el Santo de Israel, la adoración a Dios en su gloria humillará necesariamente al alma en una santa quietud, preparando el camino para que Dios hable y se revele a sí mismo. Entonces viene el cumplimiento de la preciosa promesa, la de que el yo y el esfuerzo del yo será humillado: «La altivez del hombre será rebajada, y sólo el Señor será exaltado en aquel día.»
Que todo aquel que quiera aprender el arte de esperar en Dios recuerde la lección: «Observa y guarda silencio»; «Es bueno que el hombre espere quietamente». Separa tiempo, aparte de tus amigos, deberes, cuidados y otros goces; tiempo para en quietud y silencio pasarlo delante de Dios. Separa el tiempo no sólo para asegurarte que no seas estorbado por el hombre y por el mundo, sino también por ti mismo y tu energía. Que la Palabra y la oración sean preciosas; pero recuerda, incluso éstas pueden dificultar la espera quieta.
La actividad de la mente en el estudio de la Palabra, o dando expresión a los pensamientos en la oración, las actividades del corazón, con sus deseos, esperanzas y temores, pueden ocuparnos de modo que no podamos alcanzar la quieta espera en el Eterno; todo nuestro ser postrado en silencio ante Él. Aunque al principio pueda parecer difícil saber esperar así en quietud, con las actividades de la mente y el corazón sometidas durante un tiempo, todo esfuerzo en esta dirección será recompensado. Encontraremos que cunde en nosotros, y que la
sesión de adoración en silencio nos trae una paz y un descanso que son una bendición no sólo en la hora de oración, sino todo el día.
«Es bueno que el hombre... espere quietamente la salvación del Señor.» Sí, es bueno. La quietud es una confesión de nuestra impotencia. No puede conseguirse con todos nuestros anhelos y esfuerzos, con nuestro pensar ni aun nuestro orar; debemos recibirlo de Dios. Es la confesión de nuestra confianza en que Dios vendrá a su tiempo en nuestra ayuda —el descanso silencioso sólo en El—. Es la confesión de nuestro deseo de anularnos, hundirnos, y dejar a Dios que obre y se revele a nosotros.
Esperemos quietamente. Que haya en la vida de cada día del alma que espera que Dios haga su maravillosa obra, una reverencia queda, un permanecer vigilando contra todo lo que sea envolvemos demasiado en este mundo, y todo el carácter pasará a llevar una hermosa marca: el esperar quietamente en la salvación de Dios.
¡Alma mía, espera sólo en Dios!

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